Daniel Palau: “Los cristianos no somos hombres y mujeres de modas, sino de principios”
El obispo de Lleida reflexiona sobre la misión, la sinodalidad y los desafíos de la Iglesia seis meses después de su toma de posesión
Daniel Palau (Barcelona, 1972) cumple esta semana sus primeros seis meses como obispo de Lleida. Fue nombrado por el papa León XIV el 21 de mayo de 2025 en sustitución de Salvador Giménez. El 19 de julio siguiente recibió la ordenación episcopal y tomó posesión del cargo en la Catedral de Lleida. Fue el primer obispo designado por el papa americano para Cataluña y España. “Siempre me acompañará esta etiqueta”, reconoce al inicio de esta conversación con Flama en la residencia episcopal de la capital del Segrià.
Pregunta.¿Cómo han sido los primeros meses de pontificado? ¿Ha podido tomarle el pulso a la diócesis?
Respuesta. Estos primeros meses me han servido para conocer, lo que quiere decir escuchar y observar de cerca la realidad geográfica y social del territorio diocesano. He intentado e intento estar lo más cerca posible de la gente y de sus situaciones, algunas más punzantes y complejas, y otras más alejadas. En todos los encuentros que he tenido, la feligresía, el clero y la vida religiosa han podido exponer sus preocupaciones pastorales. Me he acercado a ellos con el deseo de escuchar, acoger e impregnarme de una realidad que he ido conociendo por capas. Ha sido un proceso emocionante.
R. La gente, al sentirse escuchada, se siente respetada, dignificada y amada. Y no solo escucho yo, sino que ellos también me escuchan a mí. Es un proceso bidireccional que permite conocer y conocerse a uno mismo. La escucha mutua genera un verdadero sentido de estima, aceptando una realidad que a menudo es pobre, sencilla y frágil, pero que revela la presencia de Dios en tantas historias. Se trata de llevar adelante un descubrimiento que permita integrarse en una historia más grande para construir una nueva etapa de la diócesis de Lleida, un futuro común y compartido.
P.¿Hay algún tema que le preocupe especialmente de esta “realidad por capas” que ha ido conociendo?
R. Ha habido tres elementos relevantes. En primer lugar, la realidad de la pobreza, la inmigración, la soledad de los ancianos, las enfermedades crónicas, los problemas de salud mental, las situaciones de vulnerabilidad, la fragilidad y el dolor, no solo en el mundo de la inmigración, sino también en el de las prisiones o los hospitales. Existe un ámbito social marginal doloroso y patente que nos exige no encerrarnos en nuestro pequeño mundo.
R. En segundo lugar, destacaría el potencial positivo de la juventud, que es algo que llena de esperanza. En el territorio se producen 3.000 matrículas académicas nuevas cada año. Esto incluye la Universidad de Lleida, pero también las escuelas cristianas de la diócesis, el personal educativo, profesores, docentes, especialistas. Todo ello nos hace soñar con una pastoral con jóvenes muy relevante. Estamos en los inicios. Además, el mundo del ocio educativo de los más pequeños nos lleva a vincularnos con las familias, de modo que hay un potencial que debemos tener en cuenta.
R. Finalmente, otro tema importante es el envejecimiento y la escasez del clero. Tenemos pocos sacerdotes, pero son auténticos héroes en los pueblos de la diócesis. Son a la vez monjes, ermitaños, profesores, animadores sociales, párrocos que llevan a Jesús a través de una presencia humilde y discreta, pero alentadora para estos pueblos diminutos con comunidades pequeñas y también envejecidas.
P.¿Tienen sacerdotes ocupándose de varias parroquias?
R. Efectivamente, como ocurre en la mayoría de las diócesis rurales. No hay sacerdotes para todos los pueblos. Por eso vamos hacia un modelo que tendrá que conjugar armónicamente el clero con el laicado. En las ciudades es diferente, porque están mejor cubiertas. Pero en los pueblos es necesario conjugar una figura clásica del presbiterio entregado al cien por cien con realidades pequeñas y potenciar al mismo tiempo el papel de los laicos.
R. Tradicionalmente, los territorios de misión de la Iglesia han sido América Latina, Asia y África, pero actualmente parece que Europa también lo es. Decía el papa Francisco que para ser misionero no hace falta viajar a países extranjeros, sino que todos los cristianos estamos llamados a ello.
R. Totalmente de acuerdo. No solo tenemos una misión, sino que somos misión. Decía el papa Francisco en Evangelii Gaudium que todos somos misioneros en lugares diversos, desde posiciones diferentes. La misión para nosotros no es una anécdota, sino algo que nos estructura. En la Hoja Dominical suelo hablar de la misión cada domingo. Es esta nueva conciencia que Francisco reveló con su primera exhortación apostólica, que es continuidad de Evangelii Nuntiandi, de Pablo VI.
R. La Iglesia no puede vivir encerrada en una burbuja, sino que debe ser valiente y a la vez humilde para abrir las puertas, aceptar un contexto que a veces se ha alejado por falta de paciencia a la hora de escuchar las preocupaciones y acompañar procesos de búsquedas personales. Es momento de emocionarse de nuevo con las cosas pequeñas, con las cosas sencillas, con la piedad popular, con la vida compartida de personas frágiles. Somos misioneros.
P.Una de sus primeras celebraciones como obispo fue en unas barracas de Soses, con temporeros colombianos en situación de gran precariedad. ¿Cómo vivió la experiencia?
R. Soses es un municipio a 15 minutos de Lleida. Fui con toda mi buena intención y deseo de compartir la fe. Fue una misa sencilla, al aire libre, compartida por ellos en directo en sus redes sociales para que llegara a sus familiares al otro lado del Atlántico. Debemos estar cerca de las personas de toda clase y condición. Jesús no vino a hacer una selección de personal, sino que aceptó la realidad tal como se le presentaba. Impacta observar la diferencia de imagen entre las grandes ceremonias episcopales, que están bien en determinados momentos del año y que no negamos, sino que cuidamos, pero no debemos dejar pasar la oportunidad de llegar al corazón de estas personas que están aquí temporalmente.
P.Los obispos tienen la misión de impulsar el plan trienal para implementar en las diócesis el documento final del Sínodo. Usted ha vivido la sinodalidad como párroco y ahora deberá hacerlo como obispo. ¿En qué medida le ha servido la experiencia sinodal en la parroquia?
R. Espero que la sinodalidad nos ayude no solo a hacernos creíbles ante la sociedad, sino también a profundizar en el Evangelio y en el seguimiento de Jesús. Durante los últimos tres o cuatro años hemos estado aprendiendo y hemos entendido que la sinodalidad no es una cuestión anecdótica o superficial, sino un ejercicio de conversión verdadero y necesario, tanto desde el punto de vista personal como eclesial. Por tanto, seguiremos trabajando y situando la figura de la autoridad en relación con el pueblo de Dios de modo que sea una oportunidad para descubrirnos como familia y que juntos vivamos y cuidemos el don de la comunión. La sinodalidad no quedará en el olvido.
R. El papa Francisco decía que el obispo debe caminar delante, en medio y detrás del pueblo, allí donde sea necesario. Debe ser como un buen cirineo que ayude a llevar la cruz y ayude a todos a fortalecer su fe en Jesucristo. Por tanto, esto es lo que queremos vivir y proponer: que todos nos unamos al estilo y a la manera de hacer de Jesús, que era alguien que respetaba la libertad y el camino de cada uno, pero recordando la necesidad de caminar juntos, apoyándonos y reconociéndonos como pueblo. Dios no quiere salvar a unos pocos, sino a toda la humanidad. Como Iglesia, somos un pequeño signo que anuncia esta salvación universal.
P.¿Qué debe caracterizar a los sacerdotes y obispos de una Iglesia sinodal?
R. La primera característica que valoramos de un ministerio sinodal es la proximidad. No puede ser forzada, sino que debe ser cultivada, como se cultivan la oración, la parte intelectual, la parte pastoral y mística. Esta proximidad tiene mucho que ver con lo que decía el papa Francisco en un discurso sobre sus recuerdos como sacerdote: proximidad a Dios, a los hermanos sacerdotes y al obispo. Esto debe cuidarse; no puede ser algo añadido o externo, como si fueran propuestas extrañas dentro de la vida de un ministerio. Esto se traduce tanto en el sacerdote como en el obispo.
P.¿Y cómo se consigue esta proximidad?
R. Se consigue favoreciendo los equipos, los grupos de revisión de vida o de oración, los consejos pastorales. La complementariedad entre el sacerdocio común y el ministerial es cada vez más necesaria y requerida. La sinodalidad tiene mucho que ver con el aspecto misionero. La Iglesia es por naturaleza misionera. No esconde su alegría, la comparte, la ofrece. La sinodalidad, desde el diálogo, intenta implicar a todos en una participación activa y generosa. Esto implica abrir espacios o mantener los existentes para que el diálogo no sea algo anecdótico, sino que forme parte de nuestro arte pastoral. La proximidad es un telón de fondo y después hay que crear relaciones para compartir el camino.
P.Fue nombrado obispo de Lleida cuatro meses después de ser elegido decano de la Facultad de Teología del Ateneo Sant Pacià. ¿Se quedó con la miel en los labios?
R. Por supuesto que me habría gustado continuar más tiempo en aquella institución que me ha acompañado toda la vida, pero cuando Dios te pide que vayas a ocupar un lugar donde quizá eres más necesario, hay que hacer un sacrificio. Sea como sea, el ámbito académico es importante: necesitamos encontrar interlocutores y espacios donde poder hablar, plantear buenas preguntas y repensar respuestas necesarias. Aún nos escuchamos poco en el mundo de los intelectuales, de los científicos, de los profesionales, de los políticos, de los eclesiásticos. La parte intelectual es fundamental no solo para comprender el mundo y el misterio de la fe, sino para ser hábiles en el diálogo, que forma parte del aspecto misionero de la vida.
P.El papa León XIV, en sus primeros meses de pontificado, se ha mostrado algo más permisivo que Francisco con sectores partidarios de la misa según el rito anterior al Concilio Vaticano II. ¿Estas celebraciones deberían tener cabida en la Iglesia actual?
R. Lo más importante es, ante todo, aceptar el Concilio Vaticano II. La liturgia y sus expresiones han sido diversas a lo largo de la historia. Nos hemos aproximado al misterio de formas distintas, desde situaciones históricas y sociológicas diversas. Ha habido variedad de familias litúrgicas y las hemos aceptado. Pero también hemos descubierto que hay formas visuales de la liturgia que crean un cierto distanciamiento de lo que el Concilio propuso. Los padres conciliares entendieron la Iglesia en un marco de comunión sin contradecir a los otros concilios.
R. Existe la sospecha de que ciertas expresiones externas dificultan la vivencia de la comunión, no solo con Dios, sino con toda la humanidad, destinada a la Salvación. La Salvación no es una cuestión exclusivista; por eso la Iglesia debe ser inclusiva. Hay formas externas litúrgicas que expresan mejor la inclusividad y el misterio de la comunión que otras. Y esto debemos poder decirlo. Dime cómo celebras la misa y te diré cómo vives tu relación con Dios.
R. Estas otras formas litúrgicas pueden entenderse en el contexto de una sana y legítima pluralidad, pero no para incurrir, juzgar o dañar el sentido de comunión. Hay formas que distan mucho de esto y lo que hacen es ensuciar y crear dificultades para entender la comunión como algo vivido. La fe no puede ser algo que ofrecemos sin más y que cada uno se las apañe; hay que acompañarla.
P.El papa cerró el 6 de enero el Jubileo de la Esperanza invitando a todos a preguntarse si “hay vida en nuestra Iglesia”. ¿La hay?
R. Hay vida cuando hay diálogo y momentos para compartir. Las formalidades pueden caer en el peligro del distanciamiento, de la abstracción, de las sentencias frías y algo rigurosas. Y eso provoca ausencia de vida. Lo que cuida la vida y la manifiesta es quien te acoge y te reconoce por lo que eres y no por lo que tienes, porque tienes un nombre concreto, una historia con luces y sombras. Tenemos un gran regalo, que es el perdón de Dios, que nos ayuda a levantarnos, crecer y seguir nuestro camino. Sin perdón, sin amor, sin poder compartir una mesa, no hay vida.
R. La pregunta del papa es buena. Podemos hacerlo todo bien y ser una gran multinacional, con orden, pero sin vida. No significa que estemos a favor del desorden, en absoluto. No podemos caer en discursos simplistas. En nuestra sociedad falta sentido de la historia, de la justicia, de la verdad. Hemos entrado en procesos de decadencia y relativismo tan grandes que creemos que todo es opinable y producto de la subjetividad, cuando en realidad hemos destruido incluso al propio sujeto, ignorando qué piensa y qué no piensa. Necesitamos una buena formación y capacidad de temple pastoral para no caer en simplificaciones y entender que todas las personas son importantes, tienen su proceso y tienen cabida en la Iglesia siempre que haya un deseo claro de conversión, vivencia y adhesión a la propuesta de Jesús.
P.¿Qué debe encontrar alguien que entra a formar parte de la Iglesia?
R. Debe encontrar una familia, un grupo de amistad que le ayude y acompañe. Primero es el grupo que te introduce, te reconoce, te dignifica, te valora y te respeta. Después vienen otras cuestiones más personales, si se quiere. Entramos a formar parte de la Iglesia por el camino de la amistad, y no porque tengamos una ciencia infusa que nos obligue a vivir según una cierta normativa. La inquietud por ser amado y valorado es esencial, como también lo es descubrir que este camino eclesial está guiado por el criterio de Jesús, que nunca nos abandona.
P.¿Qué opina de la búsqueda espiritual, tan en auge en el debate público a partir de la cantante Rosalía? ¿Pasa algo? ¿Existe un “giro católico”, como ha dicho el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello?
R. Muchas personas se han cansado de sus propias propuestas de felicidad y autosatisfacción. Muchas realidades humanas están agotadas y no siempre logran entender hacia dónde van sus vidas. Por eso siguen preguntándose por su origen y su destino. La pregunta siempre ha existido, pero ahora, gracias a las redes sociales y a artistas influyentes, se hace de una manera más desinhibida, libre y espontánea. Quizá sea una moda, pero bienvenida sea si sirve para acercarnos a Dios.
R. Otra cuestión será descubrir que no todas las respuestas son válidas. No todo se conjuga con el Evangelio. La mundanidad, como denunciaba el papa Francisco, no puede colarse, porque no es un criterio para vivir el Evangelio. Crecemos a través de preguntas y fracasos: nos preguntamos, intentamos responder, nos desencantamos… y la pregunta permanece, así como el deseo de encontrar respuestas. Al final, se trata de ser libres aceptando a Jesús desde nuestra fragilidad.
P.Además de hablar del “giro católico”, el arzobispo Argüello también ha sido noticia en los últimos meses por pedir elecciones anticipadas en España, lo que se ha interpretado como una petición explícita de dimisión al gobierno de Pedro Sánchez. ¿Cuál debe ser la relación de la Iglesia con la vida política?
R. La Iglesia debe relacionarse con todos, porque tiene un pensamiento político, para la polis, para la ciudad y los ciudadanos. No podemos descartar esta dimensión social, pero tampoco identificarnos con un solo discurso político. Hay muchos cristianos en muchos partidos y debemos intentar que sean cada vez más y que estén mejor acompañados. Jesús tenía un proyecto político, que era el Reino de Dios, en el que los más sencillos y pobres estaban llamados a vivir las Bienaventuranzas. Nosotros también estamos llamados a ello. Quizá no pueda ser aquí y haya que esperar a la otra vida, de acuerdo, pero tenemos un sueño, que es vivir la felicidad entre nosotros. Y eso implica cuidar el bien común, respetar la dignidad de la vida en todas sus fases, desde la procreación hasta la vejez y la muerte.
P.Entonces, ¿hay pensamiento político en la Iglesia?
R. La respuesta es evidente: sí, como también hay inquietudes y formas diversas de concretarlo. Pero lo que no hacemos es definirnos en un solo partido, porque dentro de los partidos se da libertad a los individuos para que puedan hacer un uso libre y responsable de su inteligencia y conciencia.
Hay pensamiento político en la Iglesia, como también hay inquietudes y formas diversas de concretarlo
P.Antes de subir a verle, en la recepción del obispado hojeé La Vanguardia. En la contraportada había una entrevista a una señora que practica el poliamor. El titular decía: “Ahora tengo dos novios además de mi marido, y todo va bien”. ¿Qué piensa de estas nuevas realidades emergentes en la sociedad?
R. Veo caos, desorden, un mundo de afectos desordenados, desubicados. Observo un efecto más de la dispersión en la que vivimos. Lo queremos todo, y todo no se puede. No puedes estar aquí y al mismo tiempo en otro lugar. De la misma manera que no puedes estar entregado a un proyecto y tener otros, llevar vidas paralelas. Eso te empequeñece, te hace estar en varios lugares y al final fracasas en todos.
R. Si hay un valor precioso en la humanidad, es el valor de la fidelidad. Es lo que remitimos a Dios: Dios es fiel, no alguien que nos ama de vez en cuando, sino siempre. Cuando estamos tan decadentes en nuestra vida moral, personal, familiar o en nuestras asociaciones, eso se nota en todo. Llegamos a aceptar como normales cosas que en realidad son decadentes. Es como en el mito de Platón: no logramos salir de la cueva porque pensamos que las sombras que vemos son la realidad. La libertad es aceptar que puedes amar a toda la humanidad a través de una sola persona. Porque la amarás. Amándonos hacemos la gran propuesta que solo es posible gracias a Jesús.
R. El hombre es egoísta por naturaleza: tú amas a tus hijos, lo das todo por ellos, y aunque algún día te decepcionen o no actúen de acuerdo con lo que esperas, los seguirás amando. Y todo porque Jesús te da la fuerza para hacerlo. El problema es que hoy la decadencia llega a justificar el poliamor como “una opción más” e incluso buena. Y aquí entran también en juego factores como la información, la moda… ¿Debemos los cristianos seguir todas las modas? No. No somos hombres y mujeres de modas, sino de principios.