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Fernando Vidal: “Los cristianos debemos impedir la civilización del odio”

El sociólogo alerta sobre las amenazas a la democracia y defiende un compromiso activo de los laicos en la vida pública, basado en el amor y la gratuidad

Fernando Vidal. | Archivo

Fernando Vidal fue el ponente principal de la XI Jornada de Apostolado Laico de las diócesis con sede en Cataluña, celebrada este pasado sábado en Lleida bajo el lema “¡Llamados a salir al mundo!”. Sociólogo y profesor de la Universidad Pontificia Comillas, ofreció una reflexión profunda sobre la presencia de los laicos en la vida pública en un contexto que considera marcado por una “ola oscura de autoritarismo”.

Pregunta.¿Cuál era el mensaje fundamental de su ponencia?

Respuesta. El mensaje fundamental es de esperanza y de implicación en la transformación del mundo, pero no hacerlo desde las dinámicas del poder, sino desde el impoder. El impoder es aquello que solo se puede lograr mediante el amor, la esperanza, la paz, la cooperación, la gratitud, el perdón, la entrega, la tolerancia o la compasión.

P.¿Por qué considera que estas actitudes son hoy más decisivas que las lógicas del poder?

R. La Biblia nos revela que son las fuerzas más grandes de transformación que existen, y la historia nos ha mostrado una y otra vez que es lo único que verdaderamente construye el Reino de Dios y hace posibles y sostenibles las instituciones humanas. El Cantar de los Cantares nos dice que el amor es más fuerte que la muerte, y continuamente la Palabra insiste en que el amor es más poderoso que cualquier poder.

R. La sociedad actual se encuentra asediada por una gran ola oscura de autoritarismo, desesperanza y nihilismo. La singularidad del cristianismo es la esperanza absoluta en el Amor, no solo como escatología, sino como vía práctica, útil y sólida para la construcción cotidiana del mundo y de todas sus instituciones.

“La esperanza, la paz, la cooperación, la gratitud, el perdón, la entrega, la tolerancia y la compasión son las fuerzas más grandes de transformación”, defiende el sociólogo. | Archivo

R. Ya san Pablo VI, en la Navidad de 1975, llamó a hacer realidad lo que denominó la Civilización del Amor. Cincuenta años después nos encontramos con una amenaza global a la Civilización de los Derechos Humanos y la Democracia, que es el modelo que más se ha acercado en la historia a esa civilización del amor. En cambio, fuerzas oscuras, autoritarias y populistas han proclamado una civilización del odio. Es urgente que los cristianos nos comprometamos para que ese odio no sea posible, y lo hacemos amando a todos, incluso a quienes odian, porque a menudo el odio nace de una experiencia de abandono social y de miedo.

P.¿Cómo se concreta este impoder en la vida real?

R. La acción práctica fundamental del impoder se demuestra cada día en todas partes. El mundo se sostiene porque cientos de millones de familias se levantan cada mañana y entregan su vida a los hijos, a los mayores y a otras personas dependientes. Y lo hacen con el máximo amor y alegría, superando adversidades y guiados por la gratitud y la admiración por el otro.

R. Aunque a menudo se quiera presentar mediáticamente un conflicto entre cristianismo e islam en las sociedades europeas, el tejido interno de la sociedad muestra que la convivencia es cotidiana, que existe encuentro y diálogo, que hay admiración por lo mejor de unos y otros, y una voluntad clara de forjar una convivencia creativa.

R. Desde la perspectiva del poder se contagian lógicas de dominio, pero el impoder comienza transformando nuestro corazón y nuestra mirada. Mirar desde el impoder nos permite reconocer que lo único que es útil, productivo y que sostiene realmente la realidad es el amor.

P.¿Y en el ámbito institucional y político?

R. También hay ejemplos claros a una escala institucional más alta. Cualquier desafío que sea afrontado solo desde un sector está hoy condenado al fracaso. Solo la cooperación activa y con una cultura compartida entre ámbitos institucionales —el Estado, los bienes y servicios públicos de titularidad social, la sociedad profesional, la comunidad vecinal o las familias— permitirá afrontar de verdad los grandes problemas y aprovechar las oportunidades de nuestro tiempo.

R. Las fórmulas de mesas comunes, asociaciones o alianzas están generando avances en sectores como la educación, la innovación, las respuestas a la soledad o a los problemas de salud mental, la sostenibilidad ecológica, la atención hospitalaria o el mundo del arte y la cultura.

La sinodalidad es una respuesta concreta y un marco muy esperanzador", sostiene. | Archivo

R. Cuando los retos se enfocan desde la pregunta “¿quién manda?”, no se avanza mucho. Hay que preguntarse “¿a quién servimos?” y que la atención al destinatario esté en el centro, marque la escala de la acción y organice la metodología y la arquitectura de las instituciones implicadas. Estas son las lógicas del impoder. Y el impoder no es buenismo ni utopía, sino lo que ya está resultando más fructífero, justo y sostenible.

P.¿En qué momento se encuentra la Iglesia en este proceso de presencia pública del laicado?

R. El proceso iniciado con el Congreso de Laicos de 2020 y la profundización conciliar en la cultura de la sinodalidad es uno de los procesos más prometedores de la Iglesia española del siglo XXI.

P.¿Qué aporta concretamente la sinodalidad a esta presencia pública?

R. La sinodalidad es una respuesta concreta y un marco muy esperanzador no solo para la comunión interna de la Iglesia, sino también como vía de renovación de la cultura y la práctica de la democracia en una época en que es cuestionada y necesita profundizar en sus fundamentos y en su transmisión intergeneracional.

R. La democracia sinodal es una vía privilegiada para profundizar en la civilización de los derechos humanos a escala mundial, nacional y local, y para superar las polarizaciones e ideologizaciones que han prescindido de la dimensión de la sabiduría. Cuanto más profundizamos en la Iglesia sinodal, más podremos comunicar formas concretas y principios profundos para mejorar nuestros sistemas de gobernanza y la manera de ser pueblo.

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