La Iglesia denuncia explotación y hacinamiento de trabajadores migrantes de Almería
La reciente visita a los asentamientos de Almería y el encuentro con quienes sufren la precariedad laboral más extrema ha sido un acicate para reforzar el compromiso de la Iglesia en la defensa de la dignidad humana de todas las personas
(Jose Luis Palacios/Noticias Obreras).- Los departamentos de Pastoral del Trabajo y Pastoral de Migraciones de la Conferencia Episcopal se han desplazado hasta el mar de plásticos de la diócesis almeriense, en lo que ha sido una inmersión en la dura realidad de los trabajadores sin papeles de origen extranjero.
El obispo responsable de Trabajo, Abilio Martínez, reconoce que ha sido toda una “experiencia”, un “gran impacto”. “Nos ha permitido mejorar, por un lado, el conocimiento de esta realidad de precariedad en el trabajo de muchas personas y, por otro, valorar el esfuerzo de las entidades eclesiales y sociales”, apunta.
“Estremece escuchar las dificultades que se encontraron para llegar a España; la explotación, engaños y maltrato que han experimentado contrastaba con lo agradecidos que están a España por la oportunidad de construir una vida con dignidad”, añade el director del departamento de Pastoral del Trabajo, Antonio J. Aranda.
Para Fernando Redondo, miembro de Pastoral de Migraciones, la experiencia ha puesto de manifiesto la capacidad de colaboración entre departamentos eclesiales y la implicación fundamental de organizaciones de la diócesis.
Gracias a los testimonios personales y al recorrido por asentamientos como Atochares, se pudo palpar el impacto del acompañamiento social en distintas fases del proceso migratorio. Redondo considera trascendental poder “poner rostro y humanidad a la realidad”, y evitar que la pastoral se centre únicamente en cifras.
La imposibilidad de acceder a un contrato, la precariedad en la vivienda, los problemas de empadronamiento y la situación generalizada de vulnerabilidad quedaron patentes en la reunión celebrada con una veintena de entidades sociales, sindicales y religiosas.
La Iglesia junto a las personas pobres
En medio de las dificultades, destaca el obispo de Ciudad Real: “La Iglesia no solo está presente, sino que se preocupa por los pobres”. De hecho, ha podido descubrir “la fuerza y capacidad de resistencia de estas personas en condiciones tan difíciles”.
Eso sí, no puede evitar verse apenado ante el sufrimiento de tantas personas que han de vivir en chabolas, con una única fuente de agua, con un vertedero donde dejan la basura y del que nadie se ocupa.
Con todo, Martínez nota también una “gran preocupación por cómo solucionar la situación de los asentamientos”, porque “todas las personas merecen una vivienda decente por dignidad humana”.
Por su parte, Redondo subraya que la implicación social es notable: “Ha sido muy positivo ver cómo tantas entidades están realmente trabajando y sensibilizadas con esta realidad”.
Frente al “ruido mediático” que sitúa el foco en discursos de odio, hay también un reconocimiento de la aportación real que estas personas hacen al territorio y a la economía, señala.
El director de Pastoral de Trabajo, Antonio Aranda, también pone el foco en que, en realidad, “somos más los que vemos en el migrante a un igual, a un hermano, que aquellos que los rechazan”.
Acoger, proteger e integrar
Tiene claro que “es necesario ganar el relato visibilizando la realidad de las personas migrantes, posibilitándoles que su voz se oiga, denunciando las estructuras que impiden acogerlos y protegerlos, favorecer su promoción e integración en igualdad y con plenos derechos”.
En opinión del obispo Martínez, “hay una labor importante que puede hacer, y ya está haciendo la Iglesia, como es concienciar a la sociedad e implicarse en dar una respuesta junto con diversas entidades para superar la precariedad”.
Además, destaca la labor de las comunidades religiosas que “acogen y asesoran” ante realidades que incluso la Administración desatiende; y “la coordinación entre diferentes áreas pastorales”.
Durante el recorrido por el asentamiento de Atochares, donde mal viven cerca de 600 personas en “chabolas hechas de restos de materiales de los invernaderos y de derribos de obras”, Aranda pudo ver cómo los religiosos conocían a los habitantes de este asentamiento, cómo los saludaban por sus nombres, cómo se preocupaban por su situación laboral, por el trabajo, las familias que habían dejado en sus países de origen… etc.
“Se les iluminaba la cara al sentirse reconocidos en su humanidad y dignidad”, subraya Aranda.
Acceso al ejercicio pleno de derechos
“Tener trabajo es importante, pero también lo es tener papeles, con los que se les reconocen más derechos, no solo dentro de las empresas o de cara a la Seguridad Social, sino también a la educación para los menores”, explicita el obispo de la Pastoral del Trabajo.
“Tener trabajo y papeles es fundamental”, enfatiza. También aboga por “establecer puentes con las asociaciones de migrantes y las diversas realidades en las que están como trabajadores que son”.
Su departamento se ha propuesto este año “cuidar a los trabajadores más vulnerables, entre los que se encuentran los migrantes, sobre todo los que no tienen papeles, los jóvenes y las mujeres, especialmente las que prestan el servicio como internas en los domicilios”.
“La pastoral del trabajo tiene mucho que hacer también aquí, empezando con la sensibilización dentro y fuera de la Iglesia, contando con los medios que tiene, los movimientos obreros y las organizaciones que participan en ella y la participación de las diversas regiones eclesiásticas”, resume.
Tras jornadas completas en los invernaderos, “lo que se les ofrece es una chabola de cartón y plástico, sin agua ni recursos mínimos para una vida digna”, lamentó Redondo, quien destaca que se trata de personas “que contribuyen al bienestar económico de nuestro país”.
Se trata de personas que contribuyen al bienestar económico de nuestro país
Aranda resalta la importancia de ofrecer una “respuesta integral como Iglesia a las personas migrantes, respuesta complementada por lo especifico de cada entidad”, así como “la necesidad de articular alguna coordinación entre las entidades eclesiales y sociales”.
De cara al futuro, piensa ya en cómo hacer llegar esta experiencia a todas las diócesis y estamentos de la Iglesia y en explorar la posibilidad de convocar un encuentro entre varias diócesis dónde se viva una situación similar, con el concurso de Pastoral de Migraciones y Pastoral del Trabajo para analizar cómo mejorar la respuesta a estas realidades.
La desatención de las Administraciones Públicas
Ginés Parra, miembro de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) en Almería, ayuda a contextualizar lo visto sobre el terreno con datos y situaciones que describen una crisis humanitaria sostenida en el tiempo.
En Níjar, de una población total de 33.000 habitantes, 15.000 son personas extranjeras, muchas de ellas viviendo y trabajando en condiciones extremas, sin los servicios ni la atención social que competen a las Administraciones Públicas
La víspera del encuentro se produjo un desalojo exprés en uno de los asentamientos, que dejó a medio centenar de trabajadores en la calle, sin alternativa habitacional y sin posibilidad de recoger sus pertenencias.
La situación no es mejor en algunos barrios de Roquetas de Mar, donde se está produciendo degradación acelerada: falta de mantenimiento municipal, carencia de servicios básicos, problemas de seguridad, episodios de prostitución y una absoluta insuficiencia de vivienda digna para miles de personas.
Las mujeres, en el epicentro de la vulnerabilidad
En este contexto, Parra apuntó a la situación de las mujeres migrantes, que definió como “las grandes víctimas”. Muchas trabajan por salarios que oscilan entre 600 y 700 euros, sin protección laboral y sometidas, en demasiados casos, a explotación sexual o a situaciones límite de vulnerabilidad. “Es la cara más dolorosa de todo esto”, explica.
Muchos empresarios que incumplen derechos básicos son católicos y participan en procesiones
La aportación de Ginés Parra incluye también una reflexión que abre un debate profundo. “Muchos empresarios que incumplen derechos básicos son católicos y participan en procesiones”, denuncia.
Un dato que genera indignación entre quienes acompañan a los trabajadores más pobres y que revela una contradicción dolorosa entre fe y vida. De hecho, confiesa que “hay muchos católicos escandalizados por la regularización, y los tenemos dentro y fuera de la Iglesia”.
Todavía hace falta, opina, más pedagogía, más testimonio y más formación social dentro de las comunidades cristianas.