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El cristianismo, mucho más que una religión,…

Lo que importa – 83

…desborda los límites católicos

Perdón

Enero es tiempo propicio para emplear nuestra mente y nuestro corazón en “lo que importa”. A la hora de hablar del cristianismo, mentalmente nos circunscribimos a hacerlo de una “religión” que incluso denominamos la “religión cristiana” frente a las otras muchas que hay en el mundo como formas diferentes de entablar relaciones con la divinidad. Ese achicamiento o reducción resulta aún más drástico si lo identificamos con la Iglesia católica. Viene esto muy a cuenta en un tiempo como este, tiempo de orar por la unidad de los cristianos, yendo mucho más allá de las “iglesias separadas”, para trascender incluso los credos confesionales y las prácticas sacramentales en el convencimiento arraigado de que tocdos los seres humanos somos hijos de Dios.

Precisemos que, sea cual sea nuestra actitud básica con relación a la dimensión religiosa de nuestra vida, aquí me refiero a nuestras relaciones con la “divinidad” en singular porque, aunque las religiones sean muchas, la divinidad, fundamento de todas y cada una de ellas, no puede ser más que una por intrínsecas exigencias inapelables de su propia condición. No importa que haya religiones que pueblen los cielos de dioses, por lo general menudillos e incluso de pacotilla, cuyos rasgos son solo, en definitiva, reflejos de las necesidades más acuciantes o perentorias de quienes los invocan.

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Si nos fijamos en el mismo Jesús, fuente de todo genuino cristianismo, es obvio que nos referimos a un predicador ambulante, incómodo, interpelante, una especie de mosca cojonera para el sentir religioso de su tiempo, que vivió en Palestina hace algo más de dos mil años y que tuvo a gala identificarse con los más vulnerables, tras decapitar con valentía y coraje el orgullo de los encumbrados de su tiempo. No hay duda de que fue seguramente el más facineroso y revoltoso de cuantos seres humanos se han planteado como tema clave de sus vidas la mejora de la vida de sus semejantes. Removió la ley, esclareció el rol profético, reajustó los mandamientos y, yendo a lo esencial, exigió que todo ser humano sea valorado, en cuanto hijo amado de Dios, como un quehacer ante el que sus discípulos, es decir, los que estuvieran dispuestos a seguir sus pasos y sus enseñanzas, tenían que despojarse de todo, también de sí mismos e incluso de su vida. Hablo de un ser humano, profesado y alabado como hijo de Dios, que todo lo hizo bien, razón por la que podemos valorarlo como el mejor modelo de humanidad al que debe conducirnos todo progreso que se precie en cualquiera de las numerosas dimensiones humanas de que aquí venimos hablando. ¿Cómo ser hombre hoy? Justo como lo fue Jesús, que no tuvo como menoscabo ocultar su condición divina para emplearse a fondo en el servicio a sus hermanos hasta dar su vida por ellos.

Sinceramente, ese es el cristianismo en el que yo creo, el que me alimenta y alienta y en el que, a mi criterio, merece la pena creer incluso en nuestro tiempo, cuando al hombre actual, a pesar de haber dado pasos de gigante mediante el desarrollo de medios técnicos increíbles en el dominio de las fuerzas y virtualidades de este mundo, parece que no le bastan los cortos horizontes que es capaz de ofrecerse a sí mismo como perspectiva vital. Subrayemos con trazos muy negros para destacarlo aún más que no se puede ser cristiano sin estar dispuesto a vaciarse de sí mismo en beneficio de los demás, sin transustanciarse en eucaristía, quiero decir sin convertirse metafóricamente en pan que se parte y se comparte al estilo de lo que sacramentalmente nos enseñó y nos propuso el mismo Jesús la noche en que fue entregado. En la perspectiva de transformarse en eucaristía no hay líneas rojas que retrasen o impidan la acción benefactora de un cristianismo que nos obliga a meter en danza no solo nuestra alma, sino también nuestro cuerpo, nuestro quehacer, nuestro tiempo y, en suma, todo nuestro particular potencial.

juicio final

No se es cristiano por estar bautizado; por recitar un credo; por ir a misa los domingos y comulgar de cuando en cuando; por santiguarse al entrar en el templo o al iniciar la misa; por hincar la rodilla ante un poco de pan sacramentalmente transustanciado; por dar limosna a menesterosos; por no blasfemar cuando nos vienen mal dadas o por otras muchas cosas o actitudes parecidas. Se es cristiano de arriba abajo, de derecha a izquierda, de cuerpo entero y todo el tiempo que dura la vida, pues nunca se deja de ser miembro de un único cuerpo a cuya vida se contribuye desde la vocación o carisma recibidos como regalo.

Situándonos en la perspectiva de la responsabilidad sobre la que ya hemos hablado en este blog, se es cristiano, en definitiva, cuando se trabaja, relacionándose con los seres en todas y cada una de las dimensiones vitales a las que tantas veces hemos aludido en este blog, es decir, cuando se encauza el caudal de fuerza propia a la conquista de valores, a enriquecer y mejorar nuestra forma de vida, poniendo freno a los contravalores que la deterioran y que tanto nos tientan. Así, pues, se es cristiano a la hora de comer y beber para mantener la vida y disfrutar de ella; al trabajar para producir lo necesario para vivir uno mismo y los demás; al estudiar para aprender y agrandar las propias virtualidades; al empaparse de belleza para situarse mejor en el escenario del mundo en que vivimos; al esforzarse por ser mejor persona como forma eficaz de mejorar el conjunto de la sociedad; al jugar honestamente para entretenerse y entretener a los demás, sea ganando, perdiendo o empatando; al llevar una vida de buena vecindad en una comunidad fraternal, y, finalmente, al relacionarse con el único Dios, nuestro Abba fiel, en una oración o charla que será, sin duda alguna, la acción más hermosa y reconfortante que un ser humano puede hacer cada día. Obviamente, no hay cabida en este esquema para quienes cifran su vida en hincar la rodilla en tierra o darse golpes de pecho ante imágenes idolatradas o se limitan a decir “¡señor, señor!” para volver a zambullirse en sus mezquindades y egoísmos ramplones de cada día.

En definitiva, no hay nada humano que pueda escabullirse de lo cristiano, pues el cristianismo, entendido a fondo y sin intereses espurios, es claramente el más logrado fruto y el esplendor más aquilatado de lo humano. Dicho con lenguaje más recurrente, el cristianismo es la encarnación de lo divino en lo humano. Nuestro Dios-hombre Jesús es paradigma y resumen de la interacción más profunda entre ambos polos. En la alcoba matrimonial y en el altar litúrgico; en la orientación sexual de cada individuo; en los quehaceres de los poderosos, sean depredadores o auténticos servidores del pueblo; en los sufrimientos de los menesterosos; en lo femenino y lo masculino; en el trabajo y el ocio; en los hospitales y los estadios de fútbol; en las guerras y los demás infiernos creados por el hombre; en la trata de blancas y la drogadicción; en lo europeo y lo asiático; en los blancos y negros; en la más ominosa degradación y en la más sublime contemplación mística, y, en suma, en cuanto somos y hacemos está presente el cristianismo como invitación permanente a la reconversión y como fuerza para mejorar nuestra vida aquí y ahora con la impresionante fuerza que dimana del perdón y de la gracia que ofrece.

altar

Por ello, no se puede ser cristiano de domingos, de bautizos y primeras comuniones, de determinadas fiestas, de funerales y entierros. Es preciso serlo en todos y cada uno de los momentos de la vida, en cada relación que entablemos con los seres. Lo hemos dicho hasta la saciedad e insistiremos todavía un poco más en ello: el cristianismo no consiste en confesar un credo y practicar unos sacramentos, ni siquiera en deshacerse en elogios y alabanzas cultuales de la divinidad, sino en llevar una forma de vida ajustada a los evangelios, vida de arrepentimiento y regeneración en lo que se refiere a uno mismo, y de perdón y servicio en lo que a los demás, siendo conscientes de que el hombre, cualquier hombre concreto, es el más hermoso y fructífero sacramento de Dios. El proyecto de mejora que anima toda vida pasa por achicar contravalores y fomentar valores en todas las dimensiones de la vida, cada una de las cuales es realmente un gran campo de operatividad para transitar, si se prefiere esa forma de hablar, del pecado a la gracia, de lo perjudicial a lo beneficioso. Fundamentalmente, el cristianismo es humanidad (un Dios que se hace hombre), es decir, un proyecto de continua mejora como laudable retorno de lo creado a su Creador. Ahora bien, ningún hombre con sentido común puede negarse jamás a mejorar, poderosa razón para que ningún hombre estando en su sano juicio se cuestione su esencial e inalienable condición de cristiano.

Que bajo la égida del cristianismo hayan surgido innumerables iglesias y confesiones, incluida la Iglesia católica, no deja de ser más que producto o fruto de un cúmulo de acontecimientos que, incluso teniendo como fundamento la forma de vida que delinean las consignas evangélicas, mete en danza otros muchos elementos meramente circunstanciales que nada tienen que ver de suyo con sus postulados fundacionales. Claro que, más allá o al margen de esos mismos postulados, han surgido infinidad de religiones que abordan parcialmente la vida humana a la hora de catapultarla o encaminarla hacia deidades imaginarias. Toda religión que se precie no puede menos de tener como mínimo denominador común el hombre al que se propone servir como factor de desarrollo y mejora de su vida, a imitación de la conducta del mismo Jesús.

Ahora bien, como el cristianismo cifra su esencia en ese meollo, podemos decir que en él se contienen potencialmente todos los demás intentos de los seres humanos por acercarse a la divinidad. De ahí el título de nuestra reflexión de hoy, que refleja un cristianismo que es mucho más que la Iglesia católica o que cualquier otra religión determinada. ¿Es mejorable la forma actual de vida de los asiáticos, de los europeos, de los americanos, de los oceánicos y de los africanos? Si obviamente lo es, se puede afirmar abiertamente que en cualquier rincón de la tierra hay cancha, también en nuestro tiempo, para predicar, sembrar y hacer que crezca el cristianismo como el más preciado de los bienes comunes, lo que no puede menos de involucrar a fondo no solo al tecnificado hombre de nuestro tiempo sino también a cualquier otro tipo de hombre que pueda darse en el futuro.

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