Prudencias cansinas...frente a audaces retos urgentes
Podría decirse que en cada una de las líneas y las palabras que llevo publicadas en las reflexiones que vengo haciendo en este medio aflora un grito permanente que postula cambios radicales, de perspectiva y contenido, a fin de conseguir algo que, en el fondo, todos anhelamos con buena voluntad y generoso corazón: que el mensaje de salvación de Jesús, el Evangelio cristiano, cale hondo también en la cultura y en la vida de los hombres de nuestro tiempo.
Lo que nos pasa es que, frente a esa descomunal tarea, chocamos contra el gran muro que hemos construido nosotros mismos, muro intocable por dogmático, al que incluso calificamos como “depósito de la fe”, valorado como incuestionable en el seno de una humanidad que no rocosa, sino fluctuante y líquida. Buscamos patológicamente la seguridad de supuestas verdades intocables, eternas, frente a la única valiosa, la que dimana de la fuerza del amor que nos constituye y de la esperanza que nos anima. Mientras la verdad encuadrada o encorsetada paraliza e incluso mata, la esperanza y el amor redimen y avivan.
Y así, nos entretenemos hablando de mil y una cosas que a nada conducen y a nada comprometen y que, en el fondo, solo son entretenimientos circunstanciales de egos enjaulados, mientras nos hacemos trampas en el juego de la cruz, nuestro pan de cada, que solo parece jugarse en serio en aquellos lugares en que dar de comer al hambriento, curar al enfermo, asistir al desvalido, consolar al triste y permitir que los espíritus puedan volar pone en riesgo la vida. Así, hablamos de cómo es o deja de ser un papa, de si dijo o dejó de decir o de si es o no un gran teólogo; de si tal obispo es realmente una eminencia portentosa, una nulidad intelectual o un mero charlatán encubridor; de si unos van y otros vienen; de si nos alineamos a un lado o al otro; o, en fin, de si decir “todos” en vez de “muchos” en la consagración del cáliz cambia la esencia de una misa que no deja de ser, de suyo, un “totum revolutum” de vida supuestamente cristiana en vez de una auténtica “cena del Señor”.
Conozco conspicuos pensadores y hombres de iglesia, muy conscientes de que forman un gremio o una secta que se han erigido en los auténticos y legítimos detentadores del poder de perdonar o condenar y en jueces de verdades arrojadizas como jabalinas, que te preguntan a bocajarro, para calibrar si realmente eres católico o no, si crees que Jesús es Dios y que está realmente presente en la eucaristía; que los muertos resucitarán en carne mortal; que María fue virgen toda su vida y que el papa es infalible. Confieso que yo ni siquiera me fijo en cuestiones a las que cabe responder afirmativamente sin sentirse interpelado, razón por la que no me parecen prioritarias frente a la inmensa tarea que nos urge realizar hoy a los seguidores de Jesús.
¿Tenemos acaso los católicos libertad para cuestionarnos el credo, la jerarquía eclesial y las prácticas sacramentales? La respuesta es un rotundo no, por más que se nos asegure que somos libres y que la diferencia de opiniones es enriquecedora. Sin embargo, deberíamos reconocer que también el credo, la jerarquía eclesial y la práctica sacramental son constructos humanos que pueden mejorar, por más que confesemos que han sido llevados a efecto bajo la atenta mirada y la inspiración del Espíritu Santo, siguiendo los mandatos y las consignas de Jesús tal como aparecen en los Evangelios canónicos.
Lo anterior viene a cuento de que, si queremos que el mensaje evangélico penetre a fondo en la cultura actual, es decir, que “se encarne” en la vida de los hombres de nuestro tiempo, los cristianos debemos tener el coraje de plantearnos seriamente qué les proponemos creer y qué podemos compartir con ellos para lograr que también su vida sea realmente sana y salvada, una vida cristiana. No debería extrañarnos que nos ninguneen y nos desprecien como vulgares fanáticos si pretendemos descargar sobre sus espaldas el pesado fardo de los contenidos que arrastramos, cual caracoles, tras nuestra densa historia de adoradores de la cruz, pero también de fabricantes de cruces para los muchos crucificados que vamos dejando atrás, en abierta disonancia con el Evangelio de Jesús.
Tengo la impresión de haber repetido hasta la saciedad que, para ver a Dios, resulta inaudito mirarle a los ojos, como si pudiéramos aguantar su mirada, o extasiarnos frente a un trozo de pan cuya única función es servirnos de alimento. Francamente, no tenemos capacidad para mirar a Dios a los ojos, valga la metáfora. Para entrever solo un atisbo de su auténtica figura, debemos cambiar de perspectiva y fijarnos de lleno en el ajado rostro de los hombres. Mirar a Dios no deja de ser pura ilusión. Pero, si miramos en serio al hombre, si nos preocupamos a fondo de él, Dios mismo nos sale al paso, pues el hombre es siempre un mágico espejo suyo. Conforme a las más genuinas enseñanzas de Jesús, el hombre es el gran sacramento de Dios, la materia sensible que significa la gracia de su propia encarnación.
Por ello, los cristianos podemos hablar de que Dios vive realmente entre nosotros y nos acompaña en los distintos avatares de la vida, en los gozosos y también en los dramáticos. Observemos de paso que la presencia de Dios en el hombre es mucho más importante que la de la eucaristía, pues, mientras la primera es personal, la segunda es solo sacramental. El hombre es, pues, nuestro quehacer y el destinatario del amor que debemos a Dios conforme al primer mandamiento de su ley. De entender debidamente los sacramentos, veremos que acompañan la trayectoria humana desde el nacimiento a la muerte. Es reamente el hombre el que aporta el elemento material significante de la gracia divina que vehicula cada uno de ellos.
Por ello, llevo denunciando mucho tiempo la equivocación tremenda de quienes, especulando sin miramientos y por claros intereses circunstanciales, niegan el pan y la sal a las mujeres al afrontar la encarnación de lo cristiano en lo humano. No hay absolutamente ninguna razón evangélica, teológica o de tradición para excluir a las mujeres del desempeño de cualquiera de las funciones necesarias para predicar e implantar el Evangelio de Jesús en la vida de los seres humanos de nuestro tiempo. Realmente solo un soterrado interés descaradamente machista está impidiendo que también ellas puedan ser diáconos, sacerdotes, obispos, cardenales e incluso papas.
El lector observará que he hablado de “funciones”, no de “ministerios sagrados”, pues lo sagrado es algo que compete directamente a Dios. Frente al sacerdocio instrumental (ministerial) del clero, importa el sacerdocio real (constitutivo) de los fieles. ¡No, por favor, que no nos sigan contando cuentos chinos a la hora de justificar lo injustificable! Son tales las anteojeras con que la varonía eclesial mira esta cuestión que será preciso que las mismas mujeres se levanten algún día en armas para tomar por asalto lo que les pertenece y les otorga su condición de seres humanos. Hablo, naturalmente, de un “asalto metafórico”, pero que bien podría arrastrarlas a una auténtica huelga de culto y de colaboración misional.
Es obvio que, como en tantas otras, también en estas cuestiones se lleva la penitencia en el pecado. Al excluir a las mujeres de los distintos ministerios sagrados, la Iglesia desaprovecha su mayor fuerza de predicación e implantación del Reino de Dios, como demuestra el hecho fehaciente de que ellas son mayoría en lo referente a la participación en el culto y a la recepción de los sacramentos. Mirando a Jesús, perspectiva que no debemos perder nunca, por mucho que se acentúe el rol eclesial de los apóstoles, no debemos olvidar que ya entonces las mujeres fueron columna vertebral en el desarrollo de todo el fenómeno Jesús, especialmente en cuanto se refiere a su predicación, a su muerte y a su resurrección.