Quiero jugar
Más y mejor - 15
Jugar creciendo
Damos hoy un paso más en algo tan esencial como el conocimiento de nuestras dimensiones vitales humanas, de cuyo juego, a favor o en contra (valores-contravalores), depende, ni más ni menos, que seamos o dejemos de ser. He dicho “juego” intencionadamente porque hoy nos toca detenernos en la “dimensión lúdica”. Y lo hacemos, como en las anteriores, de la mano del gran maestro Eladio Chávarri. Ya en la infancia, la atracción por el juego se manifiesta de forma casi irresistible, abarcando desde el entretenimiento y la relajación hasta la competición, la tensión del espectáculo y la emoción de la victoria o la derrota. Y esa es una tensión que no nos abandonará hasta la misma muerte, dando verosimilitud a algo así como que nacemos para jugar y morimos jugando.
Reflexionar sobre el juego no es un ejercicio menor ni meramente anecdótico. Como bien señala Chávarri, en el juego, cuando se juega debidamente, se despliega una caudalosa revelación de ser y de vida (valores) o, por el contrario, de desintegración (contravalores) cuando se hace con trampas.
Dos caras de una misma moneda: las reglas y la acción viva
Para comprender con profundidad el fenómeno lúdico, Chávarri distingue con claridad entre aquello que constituye el propio juego (su estructura normativa) y el hecho de jugar el juego (la vivencia dinámica).
Por un lado, el ámbito lúdico se sostiene sobre el reglamento y la figura imprescindible del juez. Pocas actividades humanas exigen un control tan preciso de lo lícito y lo ilícito. El reglamento delimita el terreno de juego, marca los límites y establece cuándo se gana o se pierde. Sin embargo, el reglamento sin jueces carece de eficacia; de ahí la autoridad que se les confiere para velar por la justicia interna de la competición.
Por otro lado, en jugar el juego es donde verdaderamente cobra vida la dimensión antropológica. Quien juega entra en una compleja red de relaciones: es compañero de equipo, competidor frente al rival, está sometido a la mirada del juez y, con frecuencia, actúa ante la expectación de una multitud. El jugador se adentra en un proceso de incertidumbre y, sobre todo, se sumerge en la pura actividad. Es aquí donde la flexibilidad de los movimientos humanos alcanza cotas admirables gracias a la intuición, la imaginación o el razonamiento instantáneo.
Las grandes variaciones lúdicas: del cuerpo al tablero y al esférico
Chávarri clasifica las manifestaciones lúdicas en tres grandes variaciones que muestran la creatividad inagotable del ser humano:
La variación de únicamente acción: aquellos juegos que se despliegan exclusivamente mediante modulaciones del propio cuerpo y sus movimientos naturales, sin artificios externos —como correr, saltar, nadar, esconderse o las diversas formas de gimnasia y expresión corporal—.
La variación de tablero: aquella donde las acciones visibles (como mover fichas, barajar naipes o lanzar dardos) se entrelazan con un vasto mundo de acciones invisibles y sicológicas: la estrategia, el cálculo, el disimulo, la sorpresa, la táctica y la decisión compartida.
La variación de pelota: los deportes y juegos dinámicos centrados en el dominio de un esférico (fútbol, tenis, baloncesto, balonmano, etc.), que movilizan enormes energías físicas, comunitarias y afectivas.
Todo este despliegue genera un inmenso aumento de "ser" en nuestras sociedades: infraestructuras, campos, clubes, campeonatos, medios de comunicación y una gigantesca ampliación de la convivencia social y la actualización de las vitalidades humanas.
Del homo ludens al Evangelio: la gratuidad de la vida cristiana
Cuando contemplamos esta panorámica del juego desde una perspectiva teológica y espiritual, descubrimos que la dimensión lúdica guarda una sintonía profunda y sorprendente con la más genuina forma de vida cristiana.
En una sociedad hiperfuncional, tecnificada y obsesionada con la productividad —el hombre productor-consumidor de nuestro tiempo de cuya espectacular forma de vida parte Chávarri en su indagación de otra mejor posible—, el juego introduce una categoría teológica fundamental: la gratuidad. Se juega porque sí, por el placer de la comunión, del encuentro y de la celebración, no por una utilidad económica inmediata, aunque el productor-consumidor que somos haya convertido muchos juegos en fábrica de billetes.
De manera semejante, el núcleo del Evangelio no es un conjunto de contraprestaciones mercantiles o de méritos humanos contabilizados, sino el don gratuito del amor de Dios. La gracia divina es, en su sentido más sublime, radicalmente "lúdica": se nos regala la salvación sin que podamos merecerla ni comprarla, invitándonos a habitar la existencia como una fiesta de hijos y no como una cadena de esclavos laborales.
Además, vivir cristianamente implica asumir las "reglas del juego" del Reino de Dios —que el Evangelio nos revela— y reconocer la presencia del Juez justo y misericordioso, cuyas normas no buscan oprimir la libertad, sino garantizar la fraternidad y el respeto mutuo. El creyente, al igual que el buen jugador, sabe que compite con pasión y entrega, pero entendiendo que el otro no es un enemigo mortal al que hay que batir (aniquilar), sino un compañero de equipo en la gran aventura de la historia humana.
La seriedad de la alegría pascual
El juego cristiano tiene también una dimensión escatológica. Jugar exige respetar las reglas, aceptar las derrotas con deportividad y celebrar las victorias con generosidad. En la vida espiritual, esto se traduce en una confianza radical: sabernos en las manos de Dios nos libera del peso asfixiante de tener que controlarlo absolutamente todo.
La fe cristiana, en su expresión más genuina, destila una profunda alegría pascual que se emparenta con el espíritu del juego: la capacidad de maravillarse, de celebrar la creación, de reír y de vivir con la ligereza de quien sabe que la última palabra de la existencia no la tiene la tragedia, sino el triunfo de la vida sobre la muerte. Entroncar la dimensión lúdica de la que habla Eladio Chávarri con la espiritualidad del Evangelio nos rescata del puritanismo triste y nos devuelve a la gran verdad de los hijos de Dios: la vida humana, vivida desde la fe, es también una llamada a participar con gratuidad, entrega y gozo en el gran juego del amor divino, cuyo único y más esplendoroso trofeo no puede ser más que, a la finalización del partido, Dios lo será todo en todos.