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Acción de gracias por XX años como diácono

Ordenación

Hoy cumplo veinte años de mi ordenación diaconal y de mis labios solo puede salir una exclamación: ¡gracias!

Y es que este ministerio ha sido para mí un regalo inmenso, absolutamente inmerecido. Cuando miro hacia atrás y contemplo todo lo vivido durante estas dos décadas, solo puedo dar gracias al Señor por haberme llamado a servirle como diácono de su Iglesia.

Fue un 10 de junio de 2006, en la capilla del Seminario Conciliar de Madrid. Allí estaba junto a mi mujer, Belén, muy embarazada de nuestra hija Inmaculada, que nacería antes de que transcurriera un mes. También estaban mis hijas Teresa y Clara, compartiendo conmigo aquel día tan especial que marcó para siempre mi vida y la de mi familia. Años después nacería Belén y mis nietos Maravillas, Juan Pablo y Gonzalo.

En aquella celebración, por delegación del entonces arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco Varela, fue el Obispo auxiliar, don César Augusto Franco quien, mediante la imposición de sus manos sobre mi cabeza y la posterior oración consecratoria, me agregó al número de los diáconos de la Iglesia. Todavía hoy me impresiona pensarlo. Nada más y nada menos que diácono de Jesucristo.

Han pasado veinte años y sigo sintiendo el mismo asombro.

Letanias de los santos

Hoy he comenzado el día en la misa de mi parroquia de San Fulgencio y San Bernardo. Mi hermano sacerdote Iñaki Martín ha celebrado como acción de gracias por ello utilizando la misa propia de los ministros de la Iglesia. Ha sido un regalo inmenso para comenzar esta jornada tan significativa.

Gracias, Iñaki.

Pero es que el Señor nunca deja de sorprendernos.

En el Bernabeu con Leon XIV

Este junio de 2026 está siendo especialmente intenso. Veinte años después de aquel junio de 2006 hemos tenido la visita de nada menos que nuestro querido Papa León XIV. Y hace apenas dos días nos encontrábamos mi mujer y las dos hijas que aún viven en casa en el estadio Santiago Bernabéu. Disfrutamos muchísimo desde la zona más alta, lo que popularmente se conoce como “el gallinero”. Y aunque el Papa estaba lejos y de espaldas, allí estábamos los cuatro juntos, viviendo un acontecimiento histórico en familia. Y aquello fue también un regalo inmenso. Porque mi familia sabe bien que nunca me tienen a su lado en las misas, ya que los diáconos, cuando acudimos a cualquier eucaristía siempre estamos llamados a ejercer nuestro ministerio. Sin embargo, aquella tarde me correspondía simplemente ser diácono esposo y padre, y compartir con ellas una experiencia que recordaremos siempre.

Hoy, en la misa de la parroquia, un día más, he prestado mis labios a Jesucristo proclamando palabras que no son mías, sino las que el Señor dirige a su pueblo a través del Evangelio.

Hoy he elevado en la doxología final de la plegaria eucarística el cáliz lleno de la gloriosa Sangre de Cristo, nuestro Redentor, la Copa de la Salvación, dando gracias por estos veinte años que repito sinceramente siento no merecer.

Y esta noche todavía me espera otro gran regalo. La pasaré con los enfermos terminales VIH del hogar de las Misioneras de la Caridad de Santa Teresa de Calcuta. Allí, como tantas otras veces, volveré a descubrir el rostro de Cristo en quienes más sufren y más necesitan ser acompañados.

Letanias

Cuántos recuerdos caben en veinte años.

Cuántos momentos de alegría.

Cuántas personas encontradas en el camino.

Cuántas celebraciones, bautizos, matrimonios, funerales, visitas a enfermos y encuentros que han ido tejiendo la historia de este ministerio.

Y también, por qué no decirlo, algunos momentos de incomprensión hacia una vocación que sigue siendo bastante desconocida. Un ministerio discreto, muchas veces oculto, pero profundamente necesario para la Iglesia del siglo XXI. Un ministerio encarnado en hombres que viven inmersos en el mundo, en sus trabajos, en sus matrimonios, en sus familias, en sus vecindarios, intentando llevar a todos la alegría del Evangelio y el rostro cercano de Jesucristo.

Como si todo esto fuera poco, este mismo mes de junio de 2026 voy a recibir otra enorme alegría con la publicación, por parte de la Editorial Palabra, de mi libro Estola Cruzada, con prólogo de del cardenal José Cobo, que ya se encuentra en imprenta. Espero de corazón que pueda servir para dar a conocer y promover este ministerio que ha llenado mi vida durante estos veinte años.

También por ello doy gracias al Señor.

Belén embarazada

Y una gratitud muy especial para mi mujer, Belén, compañera inseparable en este camino. Gracias por aquel «sí» que pronunciaste cuando la Iglesia te preguntó si dabas tu consentimiento para que yo fuera ordenado diácono, del mismo modo que años antes habías pronunciado tu «sí» para recibirme como esposo. Sin tu generosidad, tu apoyo constante y tu fidelidad durante estos veinte años, este ministerio jamás habría sido posible.

Y así llego al final de esta jornada tan especial con una única palabra en el corazón.

Gracias.

Gracias por la llamada.

Gracias por la Iglesia.

Gracias por mi familia.

Gracias por los hermanos obispos, sacerdotes y diáconos.

Gracias por los pobres y los enfermos.

Gracias por estos veinte años de servicio.

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la Copa de la Salvación invocando el nombre del Señor”.

Veinte años y mientras Él quiera, seguiré intentando servirle como diácono de Jesucristo.

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