El diácono y papa San Gregorio Magno
Hay santos cuya vida parece contener una enseñanza destinada especialmente a una determinada vocación. San Gregorio Magno es, sin duda, uno de ellos. Su figura ha quedado vinculada para siempre al pontificado romano, a la organización de la Iglesia, a la evangelización de los pueblos, a la teología, a la liturgia y al canto que lleva su nombre. Pero antes de ser Papa, antes incluso de ser el obispo de Roma que la historia recordaría como «Magno», Gregorio fue diácono.
Y no fue un diácono que desempeñara un papel meramente secundario o transitorio. Gregorio recibió la ordenación diaconal hacia el año 578 y permaneció en el orden de los diáconos prácticamente hasta su elección como obispo de Roma, en el año 590. Durante esos años, el diaconado no fue para él una simple etapa de paso, sino una verdadera escuela de servicio, de responsabilidad, de gobierno, de caridad, de diplomacia y de cercanía a las necesidades concretas de la Iglesia y de los hombres.
Precisamente por eso, para quienes hoy vivimos o contemplamos el diaconado, la figura de san Gregorio adquiere una fuerza extraordinaria. Su vida permite descubrir que el diaconado no puede entenderse simplemente como un paso previo hacia otra realidad. En Gregorio encontramos a un hombre que, siendo diácono, recibió responsabilidades de enorme importancia y llegó a ejercerlas con una profundidad espiritual que después marcaría toda su manera de entender el ministerio episcopal y el servicio a la Iglesia.
Gregorio nació en Roma hacia el año 540, en el seno de una familia de gran posición social y profundamente cristiana. Recibió una excelente formación y desarrolló una brillante carrera en la administración civil. Llegó a ser prefecto de Roma, uno de los cargos civiles más importantes de la ciudad, cuando apenas tenía unos treinta años. Aquella experiencia administrativa, lejos de ser un episodio sin relación con su posterior vocación, resultaría providencial. Gregorio aprendió a conocer las necesidades de la ciudad, la complejidad de la administración, la responsabilidad de tomar decisiones y, sobre todo, el sufrimiento concreto de una población que vivía tiempos de profunda inestabilidad.
Sin embargo, experimentó que aquella vida no era su verdadera vocación. Tras la muerte de su padre, renunció a su carrera y abrazó la vida monástica. Transformó la casa familiar del Monte Celio en el monasterio de San Andrés y fundó además otros monasterios en las propiedades familiares de Sicilia. Allí descubrió la fuerza de la oración, del silencio, del estudio de la Sagrada Escritura y de la vida comunitaria. Aquella experiencia monástica permanecería siempre en él. Incluso cuando las responsabilidades del gobierno de la Iglesia se hicieron insoportables, Gregorio conservaría la nostalgia de aquel tiempo de recogimiento y de intimidad con Dios.
Desde el comienzo aparece ya una tensión que lo acompañaría durante toda su vida: la necesidad de unir contemplación y acción. Gregorio no entendió la vida espiritual como una huida definitiva de las responsabilidades del mundo, ni la actividad pública como una sustitución de la oración. Ambas dimensiones debían permanecer unidas. El hombre llamado a servir a la Iglesia tendría que ser, ante todo, un hombre de Dios.
Dios no permitió que Gregorio permaneciera definitivamente retirado del mundo. La situación de Roma y de la Iglesia exigía hombres capaces de unir competencia, fe y espíritu de servicio. El papa Pelagio II lo llamó y lo ordenó diácono hacia el año 578, incorporándolo al grupo de los siete diáconos regionales de Roma. Poco después lo envió a Constantinopla como apocrisario, es decir, como representante del Papa ante la corte imperial.
Es importante detenerse en este dato. Gregorio no fue enviado a Constantinopla como un funcionario cualquiera, sino como diácono de la Iglesia de Roma. Su misión diplomática formaba parte de su servicio diaconal. En la Iglesia romana de aquel tiempo, los diáconos estaban asociados a importantes responsabilidades de servicio al obispo y a la comunidad. Podían desempeñar funciones administrativas, representar al obispo ante las autoridades y atender las necesidades de los pobres y de la comunidad. El diaconado tenía, por tanto, una dimensión litúrgica, pastoral, administrativa, caritativa y pública.
Gregorio recibió así una misión que iba mucho más allá de la mera asistencia litúrgica. Fue enviado a una de las grandes capitales del mundo para representar a la Iglesia de Roma y defender sus intereses ante el emperador. El diácono Gregorio tuvo que poner sus conocimientos, su capacidad de diálogo, su experiencia administrativa y su formación teológica al servicio de la Iglesia.
Constantinopla supuso para él una auténtica escuela. Allí tuvo que desenvolverse en un ambiente político, cultural y religioso extraordinariamente complejo. Su misión consistía, entre otras cosas, en buscar el apoyo del emperador frente a la presión de los lombardos y afrontar cuestiones relacionadas con las controversias teológicas de aquel tiempo. No se trataba simplemente de negociar. Gregorio tuvo que aprender a escuchar, dialogar, discernir, esperar, insistir y, cuando era necesario, defender con firmeza la verdad que consideraba esencial.
Y hay algo especialmente hermoso en esta etapa: Gregorio no permitió que el ejercicio de una importante misión diplomática le hiciera abandonar su identidad espiritual. En Constantinopla volvió a vivir acompañado de monjes y mantuvo, en la medida de lo posible, su estilo de vida monástico. El hombre que representaba al Papa ante el emperador seguía necesitando ser, ante todo, un hombre de Dios.
Esta experiencia contiene una enseñanza muy actual para el diácono. El servicio cristiano puede desarrollarse en ambientes muy diferentes. El diácono puede encontrarse ante un altar, en una parroquia, junto a una familia, ante una persona enferma, en una situación de pobreza o en medio de responsabilidades profesionales y sociales. Pero en todos esos lugares debe conservar una misma identidad: la de aquel que pertenece a Cristo y está llamado a servir.
Gregorio aprendió también que no siempre el esfuerzo humano obtiene inmediatamente el resultado esperado. Su misión en Constantinopla no consiguió todo aquello que Roma esperaba. El Imperio tenía sus propios problemas y prioridades. Gregorio tuvo que experimentar los límites de la diplomacia y de la capacidad humana. Aquello, sin embargo, le preparó para una de las grandes responsabilidades que tendría que asumir después: gobernar una Iglesia que no podía esperar que las soluciones vinieran siempre de fuera.
Cuando regresó a Roma, Pelagio II lo incorporó estrechamente a su gobierno y lo nombró su secretario. Gregorio volvió así a ponerse al servicio directo del Papa. Desde esa posición conoció de cerca los problemas de la Iglesia, recibió responsabilidades, redactó cartas, participó en cuestiones doctrinales y administrativas y pudo contemplar desde dentro la complejidad del gobierno eclesial. El diácono que había aprendido a representar al Papa ante el emperador se convirtió ahora en uno de sus principales colaboradores.
Durante todo este tiempo, Gregorio siguió siendo diácono. Esta continuidad es fundamental para comprender su vida. No fue primero un diácono y después, durante muchos años, un presbítero antes de llegar al episcopado. La documentación histórica permite afirmar con mayor seguridad que permaneció en el orden de los diáconos hasta su elección como obispo de Roma. Por eso, cuando hablamos de Gregorio como diácono, no estamos recordando únicamente una etapa inicial de su vida, sino el ministerio que ejerció prácticamente hasta el momento en que fue llamado a ocupar la cátedra de Pedro.
El momento decisivo llegaría en el año 590. Roma estaba atravesando una situación dramática. Las inundaciones habían provocado graves problemas, la escasez de alimentos afectaba a la población y finalmente apareció la peste. El propio papa Pelagio II murió víctima de la epidemia. En aquella situación, el clero, el pueblo y el senado de Roma eligieron como sucesor precisamente a Gregorio. Él intentó resistirse e incluso trató de huir, pero finalmente tuvo que aceptar lo que interpretó como voluntad de Dios. El 3 de septiembre del año 590 fue consagrado obispo de Roma y comenzó su pontificado.
Aquí aparece uno de los aspectos más fascinantes de su vida: Gregorio llegó al episcopado romano después de haber vivido intensamente el diaconado. Y esto tiene una enorme importancia. No podemos comprender al Papa Gregorio sin comprender al diácono Gregorio.
Todo lo que había aprendido como diácono apareció después en su forma de ejercer el pontificado. Había aprendido a administrar y administró los bienes de la Iglesia. Había aprendido a mirar las necesidades de la ciudad y convirtió la atención a los pobres en una de las prioridades de su gobierno. Había aprendido a dialogar con las autoridades y desarrolló una intensa actividad diplomática. Había aprendido a vivir en medio de la tensión y de la incertidumbre y tuvo que gobernar una Roma amenazada por la guerra, el hambre y la enfermedad.
Había aprendido, sobre todo, que la autoridad cristiana no es dominio, sino servicio.
Gregorio no entendió los bienes de la Iglesia como una propiedad destinada a la comodidad de quienes los administraban, sino como instrumentos para cumplir su misión. El patrimonio eclesiástico debía servir a la evangelización, pero también a la atención de quienes sufrían. Su gobierno estuvo marcado por una intensa preocupación por los pobres y por la administración responsable de los bienes de la Iglesia. En una Roma debilitada y empobrecida, la Iglesia debía ser una presencia concreta de misericordia.
Esta convicción no era un aspecto secundario de su pontificado, sino una expresión directa de su comprensión del diaconado. Gregorio había aprendido que los bienes de la Iglesia no pertenecen a quienes los gestionan, sino que están destinados a Cristo y, de manera especial, a los pobres. Por eso, como Papa, organizó la administración del patrimonio eclesiástico para sostener la misión evangelizadora, atender a los necesitados, alimentar a la población y socorrer a quienes sufrían las consecuencias de la guerra, el hambre y las enfermedades.
En Gregorio se hizo visible una convicción profundamente evangélica: el pobre no es un problema externo a la Iglesia, sino una presencia ante la cual la Iglesia debe reconocer al propio Cristo. El Papa no podía gobernar desde la distancia ni limitarse a emitir instrucciones. Tenía que acercarse a las heridas concretas de su pueblo.
Por eso, una de las expresiones que mejor puede resumir su actitud pastoral es la de «pobre entre los pobres». Gregorio había nacido en una familia rica y había conocido el prestigio de la administración civil. Sin embargo, al recibir la responsabilidad de la Iglesia de Roma, no se aferró a sus privilegios ni utilizó su autoridad para vivir por encima de los demás. Se hizo servidor de los necesitados y quiso que la Iglesia estuviera junto a ellos.
Ser «pobre entre los pobres» no significaba únicamente renunciar a una vida cómoda. Significaba mirar la realidad desde el lugar de quienes sufrían, compartir sus preocupaciones y poner los recursos de la Iglesia a su servicio. Gregorio entendió que el Papa debía ser el primero en la responsabilidad y el último en los privilegios. Su autoridad debía expresarse en la cercanía, en la compasión y en la entrega.
Esta actitud hundía sus raíces en su experiencia como diácono. El diácono es aquel que está llamado a mantener un vínculo vivo entre la celebración de la fe y las necesidades de la comunidad. Gregorio llevó esa conciencia al ejercicio del pontificado. No separó la liturgia de la caridad, ni la doctrina de la atención a los pobres, ni el gobierno de la Iglesia de la responsabilidad de cuidar a los más vulnerables.
También su acción evangelizadora estuvo marcada por esta mentalidad. Gregorio fue un Papa profundamente preocupado por anunciar el Evangelio a los pueblos que se encontraban fuera de la plena comunión con la Iglesia. Impulsó la misión que llevó a Agustín de Canterbury y a los monjes romanos a evangelizar Inglaterra. Se preocupó asimismo por los lombardos, por los visigodos y por otros pueblos de Europa. No contemplaba a aquellos pueblos únicamente como un problema político o militar. Los contemplaba como personas que necesitaban conocer a Cristo.
Su experiencia como diácono le había enseñado que servir no consiste solamente en administrar problemas, sino en acercarse a las personas para conducirlas hacia el bien y hacia la verdad. Por eso, su acción evangelizadora estuvo unida a la búsqueda de la paz, al diálogo con los pueblos y a la preocupación por sus condiciones concretas de vida.
Quizá por eso uno de los títulos que mejor expresa su concepción del ministerio sea precisamente aquel que quedó asociado a los sucesores de Pedro: «Siervo de los siervos de Dios» —Servus servorum Dei—. En Gregorio esta expresión no era una simple fórmula protocolaria. Era toda una concepción del ministerio.
El que ocupa el lugar más alto debe recordar que está llamado a servir. El que tiene mayor responsabilidad no puede olvidar que su autoridad nace del Evangelio. El que gobierna debe hacerlo buscando el bien de aquellos que le han sido confiados.
La palabra griega diakonos está vinculada precisamente al servicio. Gregorio, que había sido diácono prácticamente hasta su elección como Papa, llevó consigo hasta el corazón del pontificado la conciencia de que la grandeza cristiana no consiste en ser servido, sino en servir. Su título de «Siervo de los siervos de Dios» puede entenderse como la prolongación natural de aquella identidad diaconal.
Muchos siglos después, santa Teresa de Calcuta vivió una intuición profundamente semejante. También ella comprendió que la grandeza cristiana se encuentra en el servicio humilde y concreto a los más pobres. En su caso, esta entrega quedó expresada de manera particular en el cuarto voto de las Misioneras de la Caridad: servir a los «pobres de los pobres» con todo el corazón y gratuitamente. No se trataba solamente de ayudar a los necesitados, sino de reconocer en ellos el rostro de Cristo y ponerse a su servicio con una entrega total.
Entre Gregorio Magno y Teresa de Calcuta median muchos siglos y circunstancias muy diferentes. Sin embargo, ambos testimonian una misma lógica evangélica: quien ocupa una posición de responsabilidad en la Iglesia no debe alejarse de los pequeños, sino acercarse a ellos; no debe buscar ser servido, sino convertirse en servidor; no debe utilizar la autoridad para elevarse, sino para ponerse al lado de quienes más sufren. El «Siervo de los siervos de Dios» y quien sirve a los «pobres de los pobres» expresan, desde contextos distintos, una misma convicción: en Cristo, la verdadera grandeza se manifiesta en la humildad y en la entrega.
Por eso resulta tan sugerente contemplar a Gregorio desde el diaconado. Su historia permite comprender que el servicio no es una etapa que se supera cuando llega una responsabilidad mayor. El servicio es la esencia misma del ministerio cristiano. Gregorio no dejó de ser servidor cuando se convirtió en obispo de Roma. Al contrario: cuanto mayor fue su responsabilidad, mayor fue también la conciencia de que debía ponerse al servicio de todos.
Esta es una de las grandes lecciones que san Gregorio puede ofrecer hoy a los diáconos permanentes. El diaconado no consiste simplemente en realizar determinadas funciones durante la celebración litúrgica. Tampoco consiste en convertirse en una especie de «ayudante» del sacerdote. El diaconado expresa sacramentalmente una Iglesia que quiere ponerse al servicio del mundo, especialmente allí donde existen heridas, sufrimiento, pobreza, soledad y necesidad de esperanza.
El diácono es el hombre que, desde la liturgia, es enviado hacia la vida. Proclama el Evangelio y después está llamado a hacerlo visible en las obras. Sirve en el altar, pero también debe reconocer el altar que se encuentra en el rostro del pobre, del enfermo, del anciano, del preso, del inmigrante, de la familia que atraviesa dificultades o de quien vive en soledad.
San Gregorio comprendió profundamente esa unidad. Para él, la preocupación por la liturgia, la defensa de la fe, la organización de la Iglesia y la atención a los pobres no eran compartimentos separados. Todo formaba parte de una misma misión: servir a Cristo sirviendo a su Iglesia y a los hombres.
Gregorio fue un hombre capaz de pasar de la administración civil al monasterio, del monasterio al diaconado, del diaconado a la misión diplomática, de la diplomacia al servicio directo del Papa y finalmente al episcopado romano. En cada etapa fue acumulando una experiencia que después puso al servicio de la Iglesia. Pero el diaconado fue el punto de unión entre todas ellas. Como diácono aprendió a servir en la liturgia, a administrar con responsabilidad, a representar a la Iglesia, a dialogar con las autoridades, a atender a los pobres y a discernir las necesidades concretas de una comunidad herida.
Quizá lo más importante es que nunca separó la acción de la contemplación. El hombre que tenía que tomar decisiones políticas era también el monje que buscaba a Dios. El administrador era un hombre de oración. El diplomático era un hombre que estudiaba la Escritura. El gobernante era consciente de su condición de servidor.
Su famosa Regla Pastoral expresa precisamente esta preocupación por el modo en que debe ejercerse la autoridad en la Iglesia. El pastor no puede considerarse dueño del rebaño. Debe conocer a las personas, comprender sus circunstancias, adaptarse a sus necesidades y conducirlas hacia Cristo. La autoridad pastoral, para Gregorio, está inseparablemente unida a la responsabilidad y al servicio.
Y quizá ahí encontremos una de las claves más profundas de su vida: antes de aprender a gobernar, Gregorio aprendió a servir como diácono.
Aprendió a servir cuando abandonó una carrera que podía haberle proporcionado prestigio. Aprendió a servir en el monasterio, oculto a los ojos del mundo. Aprendió a servir como diácono en Roma. Aprendió a servir representando al Papa en Constantinopla. Aprendió a servir como colaborador de Pelagio II. Aprendió a servir a los pobres y a administrar los bienes de la Iglesia como bienes destinados a los necesitados. Y finalmente tuvo que aprender a servir desde la cátedra de Pedro.
La historia quiso llamarlo «Magno», grande. Pero él prefirió definirse como servidor. Y precisamente ahí está su grandeza.
San Gregorio Magno murió en Roma el 12 de marzo del año 604, después de casi catorce años de pontificado. La Iglesia lo reconoció como Padre y Doctor de la Iglesia. Su influencia en la teología, la espiritualidad, la pastoral, la organización eclesial y la liturgia fue enorme. Su nombre quedó también unido al canto gregoriano, aunque la atribución directa de todo el repertorio a su persona pertenece más a la tradición posterior que a la historia estrictamente documentada.
Para un diácono del siglo XXI, mirar a san Gregorio Magno significa contemplar a un hombre que vivió prácticamente todo su ministerio ordenado como diácono y que, al ser elegido Papa, no abandonó esa identidad de servicio. Su vida recuerda que la Iglesia necesita ministros capaces de unir altar y calle, oración y acción, doctrina y caridad, contemplación y compromiso.
Gregorio fue diácono en una época de crisis. Nosotros vivimos también nuestras propias crisis. Él conoció una Roma golpeada por la enfermedad, el hambre, las inundaciones, la inseguridad y la división. Y, sin embargo, no se refugió en la desesperanza. Puso su inteligencia, sus conocimientos, su capacidad de organización y, sobre todo, su fe al servicio de los demás.
Fue pobre entre los pobres porque no permitió que su dignidad, su autoridad o su posición lo separaran de quienes sufrían. Fue siervo de los siervos de Dios porque entendió que el ministerio cristiano no consiste en elevarse sobre los demás, sino en ponerse a sus pies. Y, muchos siglos después, santa Teresa de Calcuta mostró una entrega semejante al servir a los pobres de los pobres, recordando que en ellos se encuentra el mismo Cristo. Ambos nos enseñan que la autoridad y la santidad solo alcanzan su verdad cuando se convierten en servicio concreto, humilde y gratuito.
Por eso san Gregorio Magno puede ser presentado como un verdadero referente espiritual para una manera de entender el diaconado: un diaconado que no se limita al templo, que no se encierra en la sacristía, que no busca protagonismo, que no compite con otros ministerios, sino que sale al encuentro de las personas.
El diácono está llamado a ser hombre de frontera: entre el altar y la vida, entre la Iglesia y el mundo, entre la comunidad y quienes se encuentran alejados, entre la celebración y la caridad. Gregorio supo vivir muchas de esas fronteras y, como Papa, convirtió esa experiencia diaconal en una forma concreta de gobernar, evangelizar y cuidar.
Y cuando finalmente recibió la responsabilidad suprema de la Iglesia de Roma, no olvidó la lección fundamental que había aprendido siendo diácono. Su autoridad no consistiría en elevarse sobre los demás, sino en ponerse al servicio de todos. Su pontificado sería la prolongación de su diaconado: administrar para los pobres, negociar para proteger a los débiles, evangelizar para llevar a Cristo a los pueblos y gobernar para cuidar a la Iglesia.
Quizá por eso, al contemplar su vida, podamos cambiar ligeramente la pregunta. No se trata solamente de preguntarnos cómo llegó un diácono a ser Papa. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿cómo llegó un diácono a ser un Papa que entendió que la autoridad cristiana solo alcanza su verdadera grandeza cuando se convierte en servicio?
La respuesta está en toda su vida. Gregorio no dejó atrás al diácono cuando recibió el episcopado. Lo llevó consigo. Y aquel diácono que había aprendido a servir a la Iglesia de Roma, a representar al Papa, a atender las necesidades de los hombres, a administrar los bienes en favor de los pobres y a buscar a Dios en la oración, terminó sentado en la cátedra de Pedro con una convicción que sigue siendo plenamente actual: en la Iglesia, cuanto mayor es la responsabilidad, mayor debe ser el servicio.
San Gregorio Magno nos enseña así que el verdadero camino hacia la grandeza cristiana no pasa por buscar el poder, el reconocimiento o los honores. Pasa por aprender a servir. Santa Teresa de Calcuta, con su entrega a los pobres de los pobres, confirmó muchos siglos después esa misma verdad evangélica. Por eso, quizá la mejor manera de comprender al Papa Gregorio sea volver la mirada al diácono Gregorio y, junto a él, contemplar a quienes han hecho del servicio humilde una forma de santidad.
El hombre que llegó a ser llamado «Magno» quiso ser, ante todo, siervo.
Y en esa palabra —siervo— se encuentra quizá la mejor definición de su vida y una de las más hermosas claves para comprender el sentido profundo del diaconado en la Iglesia de hoy.