Diácono: mi vocación es el amor
El verano tiene algo especial. Quizá porque el ritmo se hace más pausado, quizá porque las obligaciones disminuyen, siempre encuentro unos días para volver a los libros que han dejado huella en mi vida. Este año sentía el deseo de releer Historia de un alma. Posiblemente sea el libro que más veces he leído, dejando aparte, naturalmente, el Libro de los libros, las Sagradas Escrituras.
La primera vez que cayó en mis manos fue hace ya veinte años. No lo compré yo. Me lo regaló quien me revistió el día de mi ordenación con la estola y la dalmática: el diácono cubano-español Orlando. Aquel regalo de ordenación fue mucho más que un detalle de amistad. Sin saberlo, me abrió una puerta a la espiritualidad de Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, aquella a la que Merton llamaba cariñosamente “la florecilla”. Desde entonces nació una admiración que con el paso de los años se ha convertido en cercanía, cariño y compañía espiritual.
También vuelve a mi memoria otro recuerdo imborrable. Cuando las reliquias de Santa Teresita peregrinaron por España, tuvimos la gracia de vivir un encuentro entrañable en el Carmelo de Ponzano, junto a las Misioneras de la Caridad de Santa Teresa de Calcuta. Presidía la celebración el padre José María Calderón, hoy director nacional de las Obras Misionales Pontificias, y Orlando quiso acompañarnos para compartir aquel momento de profunda emoción. Hay experiencias que no necesitan grandes explicaciones; basta con haberlas vivido para comprender que permanecen para siempre en el corazón.
Al volver ahora a Historia de un alma, me ha sorprendido descubrir hasta qué punto la espiritualidad de Teresa ilumina el ministerio del diácono. Quizá nunca escribió pensando en nosotros, pero, página tras página, parece hablarnos del alma del diaconado.
Una de las escenas que más me ha llamado la atención es aquella en la que relata la epidemia sufrida por la comunidad del Carmelo. Ante la enfermedad de las hermanas, Teresa tuvo que asumir durante un tiempo el cuidado de la sacristía y de todo lo relacionado con la liturgia. Al describir aquella experiencia escribe con sencillez: «Recordé muchas veces estas palabras dirigidas a un santo diácono: “Sed santos, vosotros los que tocáis los vasos del Señor”» (cf. Is 52,11).
No deja de ser significativo que, al pensar en ese humilde servicio litúrgico, Teresa evoque precisamente la figura de un diácono. Quienes hemos recibido este ministerio entendemos bien el peso de esas palabras. El diácono sirve en el altar, proclama el Evangelio y sostiene con sus manos los vasos sagrados. Pero, sobre todo, está llamado a que sus propias manos sean también santas, porque no basta con tocar el cáliz; es necesario dejar que Cristo transforme el corazón de quien lo sostiene.
Sin embargo, el pasaje de Historia de un alma que siempre me conmueve es aquel en el que Teresa busca su verdadera vocación. Su corazón parece no conformarse con una sola misión. Quisiera ser sacerdote, apóstol, guerrero, doctor de la Iglesia, mártir, misionera… Quiere serlo todo.
Confieso que, al releer esas páginas, no he podido evitar sonreír. También los diáconos tenemos, en cierto modo, una vida llena de vocaciones simultáneas. Somos esposos, padres y abuelos; desempeñamos una profesión civil; vivimos las preocupaciones de cualquier familia y, al mismo tiempo, somos ministros ordenados al servicio de la Iglesia. Nuestro ministerio se desarrolla precisamente en medio del mundo, allí donde la familia, el trabajo y la misión pastoral se entrelazan continuamente.
Teresa continúa buscando su lugar y encuentra otra figura que siempre admiró profundamente: san Francisco de Asís. Me impresiona recordar que el Poverello quiso permanecer diácono toda su vida. Pudo recibir el presbiterado, pero prefirió seguir siendo hermano menor, configurándose con Cristo servidor desde la humildad. No fue una renuncia, sino una elección profundamente evangélica. Tal vez nadie como san Francisco comprendió que la grandeza del ministerio consiste precisamente en no buscar grandeza alguna.
Y entonces llega el momento culminante del libro.
Buscando respuesta, Teresa recorre los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios. San Pablo compara la Iglesia con un cuerpo donde cada miembro tiene una misión distinta. Unos son ojos, otros manos, otros pies… Todos necesarios, todos diferentes.
Mientras leía esas páginas pensaba que también el diaconado encuentra ahí una hermosa imagen de su identidad. El diácono sirve a la Palabra cuando proclama el Evangelio (la boca de la Iglesia); sirve a la Liturgia cuando acompaña el sacrificio eucarístico y toca los vasos sagrados (las manos de la Iglesia); pero el propio Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes recuerda que existe un ámbito que caracteriza de manera específica su identidad: la diaconía de la caridad.
Y es precisamente ahí donde Teresa encuentra también su lugar.
Después de buscar entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo, descubre que la Iglesia tiene un corazón. Y comprende que ese corazón arde de amor. Entonces escribe una de las páginas más bellas de toda la literatura espiritual:
«En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor.»
Cada vez estoy más convencido de que esas palabras podrían convertirse también en el programa de vida de cualquier diácono. Porque nuestro ministerio no se define, en primer lugar, por las funciones que realizamos, sino por el amor con el que servimos. Podemos proclamar el Evangelio, bautizar, asistir al altar o presidir unas exequias; pero, si falta la caridad, todo ello pierde su verdadera identidad.
El Directorio insiste en que el rasgo propio del diácono es la diaconía de la caridad. No porque las otras dimensiones sean menos importantes, sino porque es el amor el que unifica la Palabra, la Liturgia y el Servicio. La caridad no es una actividad más del diácono; es el alma de todo su ministerio.
Quizá por eso, al cerrar una vez más Historia de un alma, he tenido la impresión de que Teresa había encontrado también las palabras para expresar la vocación más profunda del diaconado.
Ella escribió: «Mi vocación es el amor».
Y nosotros, los diáconos, podemos repetirlas con toda verdad.
Porque, al fin y al cabo, nuestra estola cruzada solo tiene sentido cuando conduce al servicio; nuestras manos solo cobran significado cuando se tienden hacia los demás; y nuestro ministerio solo alcanza su plenitud cuando, en el corazón de la Iglesia, hacemos visible el amor servidor de Cristo.
También nosotros podemos decir con Santa Teresita:
«Mi vocación es el amor».