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Predicar, servir, entregar la vida: san Vicente diácono y su obispo san Valero

San Vicente y San Valero

La relación entre san Valero y san Vicente constituye uno de los testimonios más elocuentes y, al mismo tiempo, más discretos de la eclesiología de comunión en los primeros siglos del cristianismo. No se trata únicamente de una amistad personal ni de una coincidencia histórica marcada por la persecución, sino de una relación ministerial profunda, en la que el obispo y el diácono aparecen unidos por una misma misión, una misma palabra y, finalmente, un mismo destino confesante, aunque solo uno de ellos alcance la palma del martirio.

San Valero era obispo de Zaragoza y san Vicente su diácono. La tradición antigua, recogida por diversas fuentes patrísticas, señala que Valero tenía serias dificultades en el habla, posiblemente una tartamudez o algún tipo de limitación que dificultaba la proclamación pública. Esta circunstancia, lejos de convertirse en un obstáculo para la vida de la Iglesia, dio lugar a una colaboración singular: Vicente se convirtió en la voz de su obispo. No hablaba por iniciativa propia ni desde un protagonismo personal, sino como expresión fiel del ministerio episcopal al que estaba vinculado. Vicente predicaba en nombre de Valero, hacía audible la palabra que el obispo custodiaba y discernía, y lo hacía con una autoridad que no era usurpada, sino conferida por la comunión.

San Valero y San Vicente en cautividad

Este dato, aparentemente anecdótico, encierra una profundidad teológica notable. La Iglesia no se resiente cuando uno de sus ministros es frágil; al contrario, se fortalece cuando otro asume esa fragilidad como lugar de servicio. La voz del diácono no sustituye al obispo, sino que lo hace presente. Vicente no eclipsa a Valero; lo prolonga. En esta dinámica se revela ya una comprensión muy madura del ministerio diaconal como servicio a la misión del obispo y no como escalón intermedio o función subordinada sin identidad propia.

Durante la persecución de Diocleciano, Valero y Vicente fueron apresados y conducidos a Valencia. El camino hacia el martirio no fue, por tanto, un itinerario individual, sino compartido. Ambos fueron juzgados, ambos interrogados, ambos puestos a prueba. Sin embargo, una vez más, fue Vicente quien habló. En el cautiverio, ante el tribunal, el diácono volvió a ser la voz del obispo. Habló por él y con él. Defendió la fe, proclamó a Cristo y confesó la esperanza cristiana con una valentía que la tradición ha calificado de audaz, incluso de provocadora para el poder imperial.

Ese discurso tuvo consecuencias irreversibles. Vicente pagó con su vida el haber hablado por ambos. Fue él quien sufrió el martirio, quien soportó la tortura y quien selló con su sangre la fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Valero, en cambio, parece haber sido desterrado y salvó la vida. Este desenlace, que podría prestarse a lecturas superficiales o incluso injustas, revela en realidad una lógica evangélica profunda: el diácono entrega su vida por su obispo, no como un gesto romántico ni heroico en sentido humano, sino como culminación coherente de un servicio asumido hasta el extremo.

La Iglesia ha reconocido a san Vicente como mártir, pero no ha olvidado a san Valero. Ambos permanecen unidos en la memoria eclesial porque su testimonio es inseparable. El martirio de Vicente no se comprende sin su comunión con Valero, y la figura de Valero no se entiende plenamente sin la entrega de su diácono. Aquí se manifiesta con claridad que la fecundidad del ministerio no se mide por el protagonismo ni por la visibilidad, sino por la fidelidad a la misión recibida.

San Vicente antes del martirio

En san Vicente se hace patente que el diácono está llamado a ser la voz del obispo. No una voz autónoma, no una voz paralela, sino una voz en comunión. Vicente no habló para destacar, sino para servir. No habló para imponerse, sino para confesar. No habló para salvarse, sino para ser fiel. En este sentido, su martirio no es solo un testimonio de fe, sino también un testimonio del diaconado vivido en plenitud. El diácono no se limita a asistir; se implica. No se reserva; se entrega. No busca seguridad; asume el riesgo del Evangelio.

Las traducciones más recientes y rigurosas de las actas y de los textos antiguos ayudan a matizar aún más esta relación. En ellas se percibe con mayor claridad que el obispo es quien dirige, quien discierne y quien preside, mientras que el diácono aparece como su colaborador inmediato, su lugarteniente, aquel en quien el obispo confía para hacer presente su autoridad pastoral allí donde él no puede llegar. No se trata de una delegación funcional, sino de una comunión ministerial que hace visible la estructura misma de la Iglesia.

Este modelo resulta especialmente iluminador para la comprensión actual del diaconado. En un tiempo en el que existe el riesgo de diluir su identidad o de reducirla a una suma de tareas, la figura de san Vicente recuerda que el diácono es, ante todo, hombre de comunión, hombre de palabra y hombre de entrega. Su misión no nace de sí mismo, sino del vínculo sacramental con el obispo. Y ese vínculo, cuando es auténtico, puede llegar hasta el don total de la vida.

No es una intuición solo de la Iglesia antigua. En un retiro dirigido a diáconos, el entonces arzobispo de Pamplona-Tudela, don Francisco Pérez, lo expresó con una claridad evangélica desarmante: «Vosotros, los diáconos, tenéis como misión recordarnos a los obispos que no nos olvidemos de los pobres». En esa afirmación se condensa, de forma sencilla y directa, una verdad profundamente eclesial: el diácono no solo presta un servicio, sino que ejerce una memoria viva dentro de la Iglesia, recordando constantemente a sus pastores el lugar privilegiado de los últimos.

El obispo Francisco y el diácono Fernando

La relación entre san Valero y san Vicente no fue una relación de dependencia psicológica ni de simple obediencia administrativa. Fue una relación profundamente eclesial. Vicente no fue mártir a pesar de ser diácono, sino precisamente como diácono. Su martirio es diaconal porque brota del servicio, de la mediación y de la fidelidad a una palabra que no era solo suya. Al hablar por su obispo, habló por la Iglesia. Al morir por esa palabra, murió como testigo de Cristo y como servidor de la comunión.

En esta historia antigua resuena una llamada siempre actual. La Iglesia necesita obispos que confíen y diáconos que se entreguen. Necesita ministros que no compitan entre sí, sino que se sostengan mutuamente. Necesita voces que no se apropien del mensaje, sino que lo transmitan con valentía, aun cuando el precio sea alto. San Vicente y san Valero, unidos por la misión y separados solo por el destino final del martirio, siguen recordando que la Iglesia se edifica allí donde el ministerio se vive como servicio y la palabra se pronuncia desde la comunión.

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