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San Juan Bosco, diácono

San Juan Bosco diacono

Hablar de san Juan Bosco como diácono puede parecer, a primera vista, una afirmación extraña o meramente simbólica. Sin embargo, si se comprende el diaconado no solo como un grado transitorio hacia el presbiterado, sino como una dimensión permanente del ministerio ordenado, la afirmación cobra una profundidad notable. Es cierto que el sacerdote, aun habiendo sido ordenado presbítero, no deja de ser diácono. La ordenación no anula lo recibido, sino que lo integra y lo eleva. En este sentido, el presbítero don Bosco fue siempre, inseparablemente, el diácono don Bosco. Y quizá ahí radica una de las claves más fecundas para comprender su vida, su espiritualidad y su obra: una existencia marcada radicalmente por el servicio.

El diaconado es, ante todo, servicio. Servicio a Dios, servicio a la Iglesia y servicio a los hombres, especialmente a los más pobres y necesitados. En san Juan Bosco este rasgo aparece con una claridad deslumbrante. Toda su vida estuvo orientada a darse, a gastarse, a no reservarse nada para sí. Para él, la felicidad no se encontraba en la acumulación ni en el reconocimiento, sino en el don. Por eso insistía en que la alegría verdadera se cultiva más en el dar que en el recibir. Su consejo es revelador: “Nunca digas: ‘no me toca’; di más bien: ‘si no voy yo…’”. En estas palabras se transparenta un corazón auténticamente diaconal, siempre disponible, siempre atento a no perder ninguna ocasión de servir. No se trata de un activismo vacío, sino de un servicio vivido con espíritu evangélico, porque, como él mismo afirmaba, “haciéndolo con alegría y de corazón se ama más a Dios”.

El diaconado no es solo una función, es una manera de situarse ante la vida. Es comprender que la propia existencia tiene sentido cuando se convierte en respuesta a las necesidades concretas de los demás. Don Bosco encarnó este estilo con naturalidad. Su servicio no fue distante ni abstracto; fue cercano, cotidiano, profundamente humano. Fue un hombre con los pies en la tierra, plenamente insertado en la sociedad de su tiempo, atento a sus problemas reales y comprometido con las personas concretas que Dios ponía en su camino, especialmente los jóvenes más pobres y abandonados. Esta cercanía es también un rasgo esencial del ministerio diaconal: vivir en medio del mundo, compartiendo sus gozos y esperanzas, sus angustias y heridas.

En este contexto, la importancia que don Bosco concedía a las relaciones humanas resulta especialmente significativa. Para él, los amigos, los “de al lado”, no eran un elemento accesorio, sino un factor decisivo en la vida de las personas. Llegó a afirmar que las amistades pueden ser una causa tanto de felicidad como de infelicidad. De ahí su consejo tan sencillo como exigente: “Procura que quien converse contigo se vaya siendo tu amigo”. Esta actitud revela un corazón abierto, acogedor, capaz de generar comunión, otra de las notas propias del diaconado. El diácono está llamado a ser puente, a crear vínculos, a acercar a las personas entre sí y a Dios.

Sin embargo, don Bosco no fue ingenuo. Con la misma claridad con la que exaltaba el valor de la amistad, advertía también sobre aquellas relaciones que no construyen, que roban la paz interior o alejan del bien. Señalaba que no todas las amistades convienen, especialmente cuando después de estar con ellas uno se siente triste y abatido, cuando se alimenta la murmuración o cuando se debilita la relación con Dios y el sentido del deber. Este discernimiento sereno, profundamente realista, muestra de nuevo a un hombre muy consciente de la complejidad de la vida, capaz de acompañar sin idealismos falsos, como corresponde a quien ejerce un auténtico ministerio de servicio.

Juan Bosco diac.

El servicio diaconal implica también desprendimiento. Servir de verdad supone no buscar nada a cambio, no esperar recompensas ni seguridades humanas. En esto, san Juan Bosco fue un testimonio elocuente. Vivió en una constante pobreza evangélica, confiando más en la Providencia que en los cálculos humanos. En una sociedad tan marcada por el materialismo como la actual —y no menos que la de su tiempo— resulta fácil dejarse seducir por la ilusión de que el dinero y la acumulación de bienes garantizan la felicidad. Don Bosco fue muy claro al respecto: “El dinero no puede satisfacer el corazón del hombre; solo el buen uso que de él se hace produce la verdadera satisfacción”. No es lo que se posee lo que da sentido a la vida, sino el bien que se es capaz de realizar con lo que se tiene. Esta convicción atraviesa toda su obra y la convierte en una referencia especialmente luminosa para el ministerio diaconal en el mundo de hoy.

Para san Juan Bosco, la caridad no era una idea abstracta ni un simple sentimiento piadoso; era el principio vital de la existencia cristiana. Tenía la certeza de que donde reina la caridad, ahí está la felicidad. Y, en consecuencia, la ausencia de caridad es siempre un signo de infelicidad. Desde esta perspectiva, puede afirmarse que la diaconía más profunda es la que conduce a la verdadera alegría. Quien vive en la caridad vive bien y obra bien. Por eso, cuando la caridad parece apagarse en el corazón, la respuesta no es la resignación, sino la súplica confiada: pedir a Dios el don de amar, porque donde hay caridad y amor, allí está Dios, fuente de toda felicidad.

Esta visión teológica y profundamente humana lleva a don Bosco a una afirmación radical: es una locura buscar la felicidad lejos de Dios. No se trata de huir del mundo ni de despreciar la realidad concreta, sino de vivirla con sentido. Su propuesta es clara y equilibrada: vivir con los pies firmemente apoyados en la tierra, pero con la mirada y el corazón orientados al cielo. Esta tensión fecunda define también la identidad del diácono, ministro ordenado que vive en medio del mundo, compartiendo su realidad, sin perder nunca la referencia última a Dios.

En este horizonte, san Juan Bosco insiste en la importancia de discernir la propia vocación. Dios llama de manera concreta y personal, y esa llamada deja en el corazón un anhelo profundo que no puede ser ignorado. Escuchar ese anhelo es escuchar a Dios mismo. Solo así se encuentra la verdadera felicidad, realizando aquello para lo que uno ha sido creado. En el caso del diaconado, se trata de una vocación al servicio, a la entrega humilde y constante, a una vida hecha don. Don Bosco, aun siendo presbítero, vivió esta vocación con una coherencia admirable, mostrando que el diaconado no es solo un grado en el camino del ministerio, sino una actitud permanente que configura toda la existencia.

Mirar a san Juan Bosco desde esta clave diaconal no es un ejercicio forzado ni una simple reinterpretación devocional. Es reconocer en él a un ministro que hizo del servicio el eje de su vida, que supo unir caridad y alegría, realismo y esperanza, cercanía humana y profunda vida de fe. En su ejemplo, el diaconado aparece no como un ministerio de segunda fila, sino como una forma eminente de vivir el Evangelio en medio del mundo. Por eso, san Juan Bosco, diácono, sigue siendo hoy una referencia viva y provocadora para cuantos han sido llamados a la vocación del servicio, a la vocación del diácono.

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