Dogmas caducados
English and other languages below. (Es/En/Fr/PtBr/De)
En un tiempo como el que estamos, en el que una de las quejas más reiteradas contra el cristianismo, es que usa un lenguaje obsoleto que ya no entienden las personas de hoy, este comienzo de año, en torno a la fiesta litúrgica de Santa María «Madre de Dios», es una buena ocasión para que los que pensamos que esas quejas llevan mucha razón, en un acto de coherencia señalemos uno de esos dogmas caducados. Hablar de María como «Madre de Dios» es un lenguaje inapropiado, por no pocas razones, que trataré de apuntar sencillamente.
Es un dogma antiguo, viejo, y envejecido, porque la Iglesia no se preocupa por su rehabilitación: cuando una decisión doctrinal gana por unos votos, se ha considerado que pasa a ser dogma infalible, e intocable. Así nos lo enseñaron, hemos de reconocerlo. Y se sigue repitiéndolo igual, con las mismas palabras con que lo concibieron en este caso cristianos de hace dieciséis siglos, que tenían una cosmovisión y una filosofía totalmente distintas de la nuestra. La Iglesia ha mantenido y repitido sus «símbolos de fe» al pie de la letra, sin sentir la mínima obligación de hablar a las personas de hoy, de hablar claro, de no confundir, y de reconocer lo que ya perdió su sentido original.
La letra de la formulación de este «dogma» hoy día es inaceptable, de entrada, antes de retorcer las palabras: Dios, sea Él o Ella, no puede tener madre, por definición. Basta entender lo que las palabras dicen. Si una fórmula hay que entenderla al margen de lo que dicen sus palabras, o hay que salvar la impresión de absurdo que da buscando tres pies al gato (filosófico en este caso, félix clausus), entonces se trata de una fórmula equívoca, una expresión ambigua que, saltando por encima de su significado absurdo directo, ocultaría otro sentido sólo accesible para expertos en sofisticados debates de filosofía griega.
Que Dios –sea lo que sea– no puede tener madre, padre, ni hermanos ni primos... es una obviedad para el sentido común culto de nuestra sociedad actual, indiscutiblemente. Aunque sabemos que no era así en la antigüedad. Sin ir más lejos, en Éfeso (actual Turquía), en el concilio del año 451, mientras los participantes debatían, el pueblo sencillo rodeaba el local coreando: «Theotokos, ¡madre de Dios!», para presionar a los deliberantes. Éfeso guardaba en su memoria ancestral el culto a Rea, la Madre de los dioses, hija de Gea (la Tierra) y Urano (el Cieo), que se casó con su hermano Crono y juntos tuvieron a los a los seis dioses olímpicos originales, entre ellos Zeus. El pueblo reunido reclamaba que en su nueva religión recién impuesta, también la madre de Jesús fuera elevada a la máxima dignidad femenina de culto. Como sabemos, los dioses primitivos se casaban, tenían hijos, cometían adulterios... eran muy humanos... demasiado humanos. En la teología mitológica, el concepto de Dios permitía relaciones familiares de los dioses: padres, hijos, hermanos, sin que les resultase absurdo a sus devotos; era entonces algo natural, muy natural, puro antropomorfismo.
Ocurre además que el contenido de este dogma es más complicado que lo que «madre de Dios» nos sugiere desapercibidamente. Todo necesitó un encaje filosófico muy elaborado: al ser María era la madre humana de Jesús, sin concurso de varón pero bajo la «sombra del Espíritu que cubrió a María», ello permitía a la segunda persona de la Trinidad saltar por encima y unir a sí al Jesús nacido de María, vinculándolo ontológico-metafísicamente al Logos mismo. A partir de ese supuesto, ya no sabían precisar si Jesús empezó a existir a partir del seno de María o si quizá sería preexistente desde la eternidad... Ese nuevo debate necesitaría varios siglos más para aclararse. La fe popular y la devoción de los conciliares llevaron a la asamblea de Éfeso al maximalismo: como ya Nicea había dicho que Jesús mismo sería Dios, creyeron lícito concluir que la madre de Jesús sería «Madre del Dios», del mismo Dios que era Jesús... en un silogismo obviamente forzado.
Ahí hay un grave tropiezo filosófico escondido, porque, aunque muchos no se suelen acordar de ello, hay que recordar que, técnicamente, en la teología oficial Jesús no es una «persona humana»... Suena fuerte, pero así es. Dogmáticamente, Jesús no es una persona humana, no es una persona como nosotros. No. Es una «persona divina». Sí: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Ni más ni menos. Según la filosofía griega del credo, en Jesús no hay dos personas, una humana y otra divina, sino sólo una, la persona Divina, la Segunda de la Trinidad. (Muchos recordarán que en el catecismo nos enseñaron que en Jesús hay dos naturalezas, una persona, dos voluntades, un alma...).
Si el lector/a se ha hecho un lío con lo que voy diciendo, no sufra; es verdad, tiene razón: es un lío. Ni más ni menos que porque esa filosofía griega parte de unos paradigmas y una metafísica que nosotros, hombres y mujeres de hoy, con todo derecho, no compartimos, y por eso mismo, no entendemos. Los estudiantes universitarios actuales lo empiezan a entender si estudian filosofía griega, muy recomendable, por cierto. Pero nuestra sociedad, en la calle, en la ciencia, en los medios y en la vida diaria, es una sociedad post-metafísica. No sabe, no entiende, todos esos conceptos metafísicos. No puede entender que se hable, como si nada, de la «madre de Dios». No sólo resulta demasiado fuerte, sino absurdo en primera instancia. Ese lenguaje ya no sirve hoy.
Por decirlo muy brevemente y acabar con ello: la explicación sería que la hipóstasis del Logos, o Segunda Persona, cierra la sustancia ontológica de Jesús y constituye con él y con el mismo Logos una sola hipóstasis, es decir una sola persona. ¿No se entiende? Es lo más probable, porque no es nuestro lenguaje, ni nuestra mentalidad, ni nuestra filosofía, ni nuestros conceptos. No entra dentro de lo «pensable disponible para nosotros», como decía Paul Ricoeur.
No se preocupe el lector si es creyente, incluso si es creyente amante de la tradición dogmática: si lo pensamos bien, resulta obvio que la filosofía, las mil filosofías, son obra humana, construcciones humanas, muy diversas... Y somos libres de aceptar la que nos convenza. Hablando teísticamente, es obvio que Dios no pudo revelar filosofías... Y que ni la Biblia ni los evangelios incluyen filosofía como contenido a creer (sino contenido a discernir y separar). Un creyente no tiene por qué aceptar una filosofía determinada; es libre de criticarla, y de rechazarla. El cristianismo no tiene una filosofía propia, como no tiene unas matemáticas o una medicina o una astronomía propias. Y no nos puede imponer ninguna filosofía -¡aunque lo haya hecho tantas veces!-. Pero he aquí que estamos en un nuevo ciclo, a sesenta años ya del Vaticano II, en la época Prevost, y ensayando un reseteo del Xmo (cristianismo), hacia el Xmo 2.0.
Es más largo de hablar. En lo aquí dicho, tan condensado, no faltan matizaciones necesarias, disculpe el lector. Tiempo al tiempo. Sigamos la aventura de atrevernos a pensar y a «salir de la caja» (thinking out of the box). Como Chesterton: nos quitamos el sombrero, con mucho respeto, pero no nos quitamos la cabeza. En tiempos de sinodalidad, qué menos que tener derecho a pensar, a ser escuchados, a participar en la búsqueda, y en todo caso, a caminar, a seguir caminando.
English. (Es/En/Fr/PtBr/De)
At a time like the present, when one of the most repeated complaints against Christianity is that it uses obsolete language that people today no longer understand, the beginning of this year, around the liturgical feast of Saint Mary, “Mother of God,” is a good opportunity for those of us who think that these complaints are very valid to point out one of these outdated dogmas in an act of consistency. To speak of Mary as “Mother of God” is inappropriate language, for many reasons, which I will try to point out simply.
It is an ancient, old, and outdated dogma, because the Church is not concerned with its rehabilitation: when a doctrinal decision wins by a few votes, it is considered to become infallible and untouchable dogma. That is what we were taught, we must admit. And it continues to be repeated in the same way, with the same words that were conceived in this case by Christians sixteen centuries ago, who had a worldview and philosophy totally different from ours. The Church has maintained and repeated its “symbols of faith” to the letter, without feeling the slightest obligation to speak to people today, to speak clearly, to avoid confusion, and to recognize what has already lost its original meaning.
The wording of this “dogma” is unacceptable today, even before twisting the words: God, whether He or She, cannot have a mother, by definition. It is enough to understand what the words say. If a formula must be understood apart from what its words say, or if we must save the impression of absurdity it gives by looking for three feet on a cat (philosophical in this case, félix clausus), then it is an equivocal formula, an ambiguous expression that, jumping over its direct absurd meaning, would hide another meaning only accessible to experts in sophisticated debates of Greek philosophy.
That God—whatever God may be—cannot have a mother, father, siblings, or cousins... is a truism for the educated common sense of our current society, indisputably. Although we know that this was not the case in ancient times. Without going any further, in Ephesus (modern-day Turkey), at the council of 451, while the participants were debating, the common people surrounded the premises chanting: “Theotokos, mother of God!”, to put pressure on the deliberators. Ephesus kept in its ancestral memory the cult of Rhea, the Mother of the Gods, daughter of Gaia (Earth) and Uranus (the Sky), who married her brother Cronus and together they had the six original Olympian gods, including Zeus. The assembled people demanded that in their newly imposed religion, the mother of Jesus should also be elevated to the highest female dignity of worship. As we know, the primitive gods married, had children, committed adultery... they were very human... too human. In mythological theology, the concept of God allowed for family relationships among the gods: parents, children, siblings, without this seeming absurd to their devotees; it was then something natural, very natural, pure anthropomorphism.
It also happens that the content of this dogma is more complicated than what “mother of God” unobtrusively suggests to us. Everything needed a very elaborate philosophical framework: since Mary was the human mother of Jesus, without the involvement of a man but under the “shadow of the Spirit that covered Mary,” this allowed the second person of the Trinity to leap over and unite himself with the Jesus born of Mary, linking him ontologically and metaphysically to the Logos itself. Based on this assumption, they no longer knew whether Jesus began to exist from Mary's womb or whether he might have existed from eternity... This new debate would take several more centuries to be clarified. Popular faith and the devotion of the council members led the assembly at Ephesus to maximalism: since Nicaea had already said that Jesus himself would be God, they believed it was lawful to conclude that the mother of Jesus would be “Mother of God,” of the same God who was Jesus... in an obviously forced syllogism.
There is a serious philosophical stumbling block hidden here, because, although many people do not usually remember it, we must remember that, technically, in official theology, Jesus is not a “human person”... It sounds harsh, but that is how it is. Dogmatically, Jesus is not a human person, he is not a person like us. No. He is a “divine person.” Yes: the Second Person of the Holy Trinity. No more, no less. According to the Greek philosophy of the creed, there are not two persons in Jesus, one human and one divine, but only one, the Divine Person, the Second Person of the Trinity. (Many will remember that in catechism we were taught that in Jesus there are two natures, one person, two wills, one soul...).
If the reader is confused by what I am saying, don't worry; it's true, you're right: it is confusing. Simply because that Greek philosophy is based on paradigms and a metaphysics that we, men and women of today, quite rightly, do not share, and for that very reason, do not understand. Today's university students begin to understand this if they study Greek philosophy, which is highly recommended, by the way. But our society, on the street, in science, in the media, and in everyday life, is a post-metaphysical society. It does not know or understand all these metaphysical concepts. It cannot understand why people talk, as if it were nothing, about the “mother of God.” Not only is it too strong, but it is absurd in the first place. That language no longer works today.
To put it very briefly and end the matter: the explanation would be that the hypostasis of the Logos, or Second Person, closes the ontological substance of Jesus and constitutes with him and with the Logos itself a single hypostasis, that is, a single person. Is this not understood? It is most likely, because it is not our language, nor our mentality, nor our philosophy, nor our concepts. It does not fall within the “thinkable available to us,” as Paul Ricoeur said.
Readers need not worry if they are believers, even if they are believers who love dogmatic tradition: if we think about it carefully, it is obvious that philosophy, the thousand philosophies, are human works, human constructions, very diverse... And we are free to accept the one that convinces us. Speaking theistically, it is obvious that God could not reveal philosophies... And that neither the Bible nor the Gospels include philosophy as content to be believed (but rather as content to be discerned and separated). A believer does not have to accept a particular philosophy; they are free to criticize it and reject it. Christianity does not have its own philosophy, just as it does not have its own mathematics or medicine or astronomy. And it cannot impose any philosophy on us—even though it has done so many times! But here we are in a new cycle, sixty years after Vatican II, in the Prevost era, attempting a reset of Christianity 1.0 to Christianity 2.0.
It takes longer to explain. In what has been said here, so condensed, there are necessary nuances that are missing, for which I apologize to the reader. Time will tell. Let's continue the adventure of daring to think and “thinking outside the box.” Like Chesterton: we take off our hats, with great respect, but we don't take off our heads. In times of synodality, what less than having the right to think, to be heard, and to participate in the search, and in any case, to walk, to keep walking.
Fr (Es/En/Fr/De)
À une époque comme la nôtre, où l'une des critiques les plus récurrentes à l'encontre du christianisme est qu'il utilise un langage obsolète que les gens d'aujourd'hui ne comprennent plus, ce début d'année, autour de la fête liturgique de Sainte Marie « Mère de Dieu », est une bonne occasion pour ceux d'entre nous qui pensent que ces critiques sont tout à fait justifiées, de signaler, dans un souci de cohérence, l'un de ces dogmes dépassés. Parler de Marie comme de la « Mère de Dieu » est un langage inapproprié, pour de nombreuses raisons que je vais essayer d'exposer simplement.
C'est un dogme ancien, vieux et dépassé, car l'Église ne se soucie pas de sa réhabilitation : lorsqu'une décision doctrinale est adoptée à la majorité des voix, elle est considérée comme un dogme infaillible et intouchable. C'est ce qu'on nous a enseigné, il faut le reconnaître. Et on continue à le répéter de la même manière, avec les mêmes mots que ceux utilisés par les chrétiens d'il y a seize siècles, qui avaient une vision du monde et une philosophie totalement différentes des nôtres. L'Église a maintenu et répété ses « symboles de foi » à la lettre, sans ressentir la moindre obligation de parler aux gens d'aujourd'hui, de parler clairement, de ne pas semer la confusion et de reconnaître ce qui a déjà perdu son sens originel.
La formulation littérale de ce « dogme » est aujourd'hui inacceptable, avant même de déformer les mots : Dieu, qu'il soit homme ou femme, ne peut avoir de mère, par définition. Il suffit de comprendre ce que les mots disent. Si une formule doit être comprise indépendamment de ce que disent ses mots, ou s'il faut sauver l'impression d'absurdité qu'elle donne en cherchant trois pieds à un chat (philosophique dans ce cas, félix clausus), alors il s'agit d'une formule équivoque, d'une expression ambiguë qui, en dépassant son sens absurde direct, cacherait un autre sens accessible uniquement aux experts en débats sophistiqués de philosophie grecque.
Que Dieu – quoi qu'il soit – ne puisse avoir ni mère, ni père, ni frères, ni cousins... est une évidence pour le sens commun cultivé de notre société actuelle, incontestablement. Même si nous savons qu'il n'en était pas ainsi dans l'Antiquité. Sans aller plus loin, à Éphèse (actuelle Turquie), lors du concile de 451, pendant que les participants débattaient, le peuple simple entourait les lieux en scandant : « Theotokos, mère de Dieu ! », pour faire pression sur les délibérants. Éphèse conservait dans sa mémoire ancestrale le culte de Rhéa, la mère des dieux, fille de Gaïa (la Terre) et d'Ouranos (le Ciel), qui épousa son frère Cronos et eut avec lui les six dieux olympiques originels, dont Zeus. Le peuple réuni réclamait que dans leur nouvelle religion récemment imposée, la mère de Jésus soit également élevée à la plus haute dignité féminine du culte. Comme nous le savons, les dieux primitifs se mariaient, avaient des enfants, commettaient des adultères... ils étaient très humains... trop humains. Dans la théologie mythologique, le concept de Dieu permettait les relations familiales entre les dieux : parents, enfants, frères et sœurs, sans que cela ne semble absurde à leurs fidèles ; c'était alors quelque chose de naturel, de très naturel, de pur anthropomorphisme.
Il se trouve en outre que le contenu de ce dogme est plus compliqué que ce que « mère de Dieu » nous suggère inconsciemment. Tout cela nécessitait un cadre philosophique très élaboré : Marie étant la mère humaine de Jésus, sans intervention masculine mais sous « l'ombre de l'Esprit qui couvrait Marie », cela permettait à la deuxième personne de la Trinité de s'élever au-dessus et de s'unir à Jésus né de Marie, le liant ontologique et métaphysiquement au Logos lui-même. À partir de cette hypothèse, ils ne savaient plus préciser si Jésus avait commencé à exister à partir du sein de Marie ou s'il était peut-être préexistant depuis l'éternité... Ce nouveau débat allait nécessiter plusieurs siècles supplémentaires pour être clarifié. La foi populaire et la dévotion des conciliaires ont conduit l'assemblée d'Éphèse au maximalisme : comme Nicée avait déjà déclaré que Jésus lui-même était Dieu, ils ont cru légitime de conclure que la mère de Jésus était la « Mère de Dieu », du même Dieu que Jésus... dans un syllogisme manifestement forcé.
Il y a là un grave écueil philosophique caché, car, même si beaucoup ne s'en souviennent pas, il faut rappeler que, techniquement, dans la théologie officielle, Jésus n'est pas une « personne humaine »... Cela peut paraître fort, mais c'est ainsi. Dogmatiquement, Jésus n'est pas une personne humaine, il n'est pas une personne comme nous. Non. Il est une « personne divine ». Oui : la deuxième personne de la Sainte Trinité. Ni plus ni moins. Selon la philosophie grecque du credo, il n'y a pas deux personnes en Jésus, une humaine et une divine, mais une seule, la personne divine, la deuxième de la Trinité. (Beaucoup se souviendront que le catéchisme nous a enseigné qu'il y a deux natures en Jésus, une personne, deux volontés, une âme...).
Si le lecteur ou la lectrice est perplexe face à ce que je dis, qu'il ou elle ne s'inquiète pas ; c'est vrai, il ou elle a raison : c'est compliqué. Tout simplement parce que cette philosophie grecque repose sur des paradigmes et une métaphysique que nous, hommes et femmes d'aujourd'hui, ne partageons pas, à juste titre, et que, pour cette raison même, nous ne comprenons pas. Les étudiants universitaires d'aujourd'hui commencent à le comprendre s'ils étudient la philosophie grecque, ce qui est d'ailleurs fortement recommandé. Mais notre société, dans la rue, dans la science, dans les médias et dans la vie quotidienne, est une société post-métaphysique. Elle ne connaît pas, ne comprend pas tous ces concepts métaphysiques. Elle ne peut pas comprendre qu'on parle, comme si de rien n'était, de la « mère de Dieu ». Non seulement cela semble trop fort, mais c'est aussi absurde à première vue. Ce langage n'est plus valable aujourd'hui.
Pour le dire très brièvement et en finir avec cela : l'explication serait que l'hypostase du Logos, ou Deuxième Personne, clôt la substance ontologique de Jésus et constitue avec lui et avec le Logos lui-même une seule hypostase, c'est-à-dire une seule personne. Vous ne comprenez pas ? C'est très probable, car ce n'est pas notre langage, ni notre mentalité, ni notre philosophie, ni nos concepts. Cela n'entre pas dans le « pensable disponible pour nous », comme le disait Paul Ricoeur.
Que le lecteur ne s'inquiète pas s'il est croyant, même s'il est croyant et amateur de tradition dogmatique : si nous y réfléchissons bien, il est évident que la philosophie, les mille philosophies, sont des œuvres humaines, des constructions humaines, très diverses... Et nous sommes libres d'accepter celle qui nous convainc. D'un point de vue théiste, il est évident que Dieu n'a pas pu révéler de philosophies... Et que ni la Bible ni les évangiles n'incluent la philosophie comme contenu à croire (mais comme contenu à discerner et à séparer). Un croyant n'est pas tenu d'accepter une philosophie donnée ; il est libre de la critiquer et de la rejeter. Le christianisme n'a pas de philosophie propre, tout comme il n'a pas de mathématiques, de médecine ou d'astronomie propres. Et il ne peut nous imposer aucune philosophie - même s'il l'a fait tant de fois ! Mais nous voici dans un nouveau cycle, soixante ans après Vatican II, à l'époque Prevost, et nous essayons de réinitialiser le Xmo (christianisme) vers le Xmo 2.0.
C'est plus long à expliquer. Dans ce qui est dit ici, de manière si condensée, il manque des nuances nécessaires, que le lecteur veuille bien nous en excuser. Chaque chose en son temps. Continuons l'aventure qui consiste à oser penser et à « sortir des sentiers battus » (thinking out of the box). Comme Chesterton : nous retirons notre chapeau, avec beaucoup de respect, mais nous ne retirons pas notre tête. En ces temps de synodalité, nous avons au moins le droit de penser, d'être écoutés et de participer à la recherche, et en tout cas, de marcher, de continuer à marcher.
Pt-Br (Es/En/Fr/PtBr/De)
Em um momento como o atual, em que uma das reclamações mais frequentes contra o cristianismo é que ele usa uma linguagem obsoleta que as pessoas de hoje não compreendem mais, este início de ano, em torno da festa litúrgica de Santa Maria «Mãe de Deus», é uma boa ocasião para que aqueles que pensamos que essas queixas têm muita razão, num ato de coerência, apontemos um desses dogmas caducados. Falar de Maria como «Mãe de Deus» é uma linguagem inadequada, por várias razões, que tentarei apontar de forma simples.
É um dogma antigo, velho e envelhecido, porque a Igreja não se preocupa com sua reabilitação: quando uma decisão doutrinária é aprovada por alguns votos, considera-se que ela se torna um dogma infalível e intocável. Assim nos ensinaram, temos que reconhecer. E continua-se repetindo da mesma forma, com as mesmas palavras com que foi concebido, neste caso, por cristãos de dezesseis séculos atrás, que tinham uma cosmovisão e uma filosofia totalmente diferentes das nossas. A Igreja manteve e repetiu seus “símbolos de fé” à letra, sem sentir a menor obrigação de falar às pessoas de hoje, de falar claro, de não confundir e de reconhecer o que já perdeu seu sentido original.
A letra da formulação deste “dogma” é hoje inaceitável, desde o início, antes mesmo de distorcer as palavras: Deus, seja Ele ou Ela, não pode ter mãe, por definição. Basta entender o que as palavras dizem. Se uma fórmula deve ser entendida à margem do que dizem suas palavras, ou se é preciso salvar a impressão de absurdo que ela dá, procurando três pés para o gato (filosófico, neste caso, félix clausus), então trata-se de uma fórmula equívoca, uma expressão ambígua que, saltando por cima de seu significado absurdo direto, ocultaria outro sentido acessível apenas a especialistas em sofisticados debates de filosofia grega.
Que Deus — seja lá o que for — não pode ter mãe, pai, irmãos ou primos... é uma obviedade para o senso comum culto da nossa sociedade atual, indiscutivelmente. Embora saibamos que não era assim na antiguidade. Sem ir mais longe, em Éfeso (atual Turquia), no concílio do ano 451, enquanto os participantes debatiam, o povo simples cercava o local entoando: “Theotokos, mãe de Deus!”, para pressionar os deliberantes. Éfeso guardava em sua memória ancestral o culto a Reia, a Mãe dos deuses, filha de Gaia (a Terra) e Urano (o Céu), que se casou com seu irmão Cronos e juntos tiveram os seis deuses olímpicos originais, entre eles Zeus. O povo reunido reclamava que, em sua nova religião recém-imposta, também a mãe de Jesus fosse elevada à máxima dignidade feminina de culto. Como sabemos, os deuses primitivos se casavam, tinham filhos, cometiam adultério... eram muito humanos... humanos demais.
Na teologia mitológica, o conceito de Deus permitia relações familiares entre os deuses: pais, filhos, irmãos, sem que isso parecesse absurdo aos seus devotos; era então algo natural, muito natural, puro antropomorfismo. Além disso, o conteúdo desse dogma é mais complicado do que o termo “mãe de Deus” nos sugere inadvertidamente.
Tudo precisava de um encaixe filosófico muito elaborado: sendo Maria a mãe humana de Jesus, sem a participação de um homem, mas sob a “sombra do Espírito que cobriu Maria”, isso permitia que a segunda pessoa da Trindade saltasse por cima e se unisse a Jesus nascido de Maria, vinculando-o ontologicamente-metafisicamente ao próprio Logos. A partir dessa suposição, já não sabiam precisar se Jesus começou a existir a partir do ventre de Maria ou se talvez fosse pré-existente desde a eternidade... Esse novo debate precisaria de vários séculos mais para ser esclarecido. A fé popular e a devoção dos conciliares levaram a assembleia de Éfeso ao maximalismo: como Nicéia já havia dito que o próprio Jesus seria Deus, eles acreditaram ser lícito concluir que a mãe de Jesus seria a “Mãe de Deus”, do mesmo Deus que era Jesus... em um silogismo obviamente forçado.
Há aí um grave tropeço filosófico oculto, porque, embora muitos não se lembrem disso, é preciso recordar que, tecnicamente, na teologia oficial, Jesus não é uma “pessoa humana”... Parece forte, mas é assim. Dogmaticamente, Jesus não é uma pessoa humana, não é uma pessoa como nós. Não. É uma “pessoa divina”.
Sim: a Segunda Pessoa da Santíssima Trindade. Nem mais nem menos. De acordo com a filosofia grega do credo, em Jesus não há duas pessoas, uma humana e outra divina, mas apenas uma, a pessoa Divina, a Segunda da Trindade. (Muitos se lembrarão que no catecismo nos ensinaram que em Jesus há duas naturezas, uma pessoa, duas vontades, uma alma...).
Se o leitor/a ficou confuso com o que estou dizendo, não se preocupe; é verdade, você está certo: é confuso. Simplesmente porque essa filosofia grega parte de paradigmas e de uma metafísica que nós, homens e mulheres de hoje, com todo o direito, não compartilhamos e, por isso mesmo, não compreendemos. Os estudantes universitários atuais começam a entender isso se estudarem filosofia grega, o que é muito recomendável, aliás. Mas nossa sociedade, nas ruas, na ciência, nos meios de comunicação e na vida cotidiana, é uma sociedade pós-metafísica. Ela não conhece, não entende todos esses conceitos metafísicos. Não consegue entender que se fale, como se nada fosse, da “mãe de Deus”. Não só é muito forte, como também absurdo à primeira vista. Essa linguagem já não serve hoje em dia.
Para resumir e encerrar o assunto: a explicação seria que a hipóstase do Logos, ou Segunda Pessoa, encerra a substância ontológica de Jesus e constitui com ele e com o próprio Logos uma única hipóstase, ou seja, uma única pessoa. Não se entende? É o mais provável, porque não é a nossa linguagem, nem a nossa mentalidade, nem a nossa filosofia, nem os nossos conceitos. Não entra no “pensável disponível para nós”, como dizia Paul Ricoeur.
O leitor não se preocupe se for crente, mesmo que seja um crente amante da tradição dogmática: se pensarmos bem, é óbvio que a filosofia, as mil filosofias, são obra humana, construções humanas, muito diversas... E somos livres para aceitar aquela que nos convence. Falando teisticamente, é óbvio que Deus não poderia revelar filosofias... E que nem a Bíblia nem os evangelhos incluem a filosofia como conteúdo a ser acreditado (mas sim conteúdo a ser discernido e separado). Um crente não tem por que aceitar uma determinada filosofia; é livre para criticá-la e rejeitá-la. O cristianismo não tem uma filosofia própria, assim como não tem uma matemática, uma medicina ou uma astronomia próprias. E não pode nos impor nenhuma filosofia — embora tenha feito isso tantas vezes! Mas eis que estamos em um novo ciclo, sessenta anos após o Concílio Vaticano II, na era Prevost, e tentando uma reinicialização do Xmo (cristianismo) para o Xmo 2.0.
É mais longo de se falar. No que foi dito aqui, tão condensado, não faltam as nuances necessárias, peço desculpas ao leitor. Tempo ao tempo. Vamos continuar a aventura de ousar pensar e “sair da caixa” (thinking out of the box). Como Chesterton: tiramos o chapéu, com muito respeito, mas não tiramos a cabeça. Em tempos de sinodalidade, o mínimo é ter o direito de pensar, de ser ouvido e de participar na busca e, em todo o caso, de caminhar, de continuar caminhando.
De (Es/En/Fr/PtBr/De)
In einer Zeit wie der unseren, in der eine der häufigsten Beschwerden gegen das Christentum lautet, dass es eine veraltete Sprache verwendet, die die Menschen von heute nicht mehr verstehen, ist der Beginn dieses Jahres, rund um das liturgische Fest der Heiligen Maria, „Mutter Gottes”, eine gute Gelegenheit für diejenigen von uns, die diese Kritik für sehr berechtigt halten, in einem Akt der Kohärenz auf eines dieser überholten Dogmen hinzuweisen. Von Maria als „Mutter Gottes” zu sprechen, ist aus mehreren Gründen eine unangemessene Ausdrucksweise, die ich kurz darlegen möchte.
Es handelt sich um ein altes, veraltetes Dogma, weil die Kirche sich nicht um seine Rehabilitierung kümmert: Wenn eine dogmatische Entscheidung durch eine Abstimmung angenommen wird, gilt sie als unfehlbares und unantastbares Dogma. So wurde es uns gelehrt, das müssen wir anerkennen. Und es wird weiterhin genauso wiederholt, mit denselben Worten, mit denen es in diesem Fall vor sechzehn Jahrhunderten von Christen formuliert wurde, die eine völlig andere Weltanschauung und Philosophie hatten als wir. Die Kirche hat ihre „Glaubenssymbole” wortwörtlich beibehalten und wiederholt, ohne sich im Geringsten verpflichtet zu fühlen, zu den Menschen von heute zu sprechen, klar zu sprechen, keine Verwirrung zu stiften und anzuerkennen, was seine ursprüngliche Bedeutung verloren hat.
Der Wortlaut dieses „Dogmas” ist heute von vornherein inakzeptabel, noch bevor man die Worte verdreht: Gott, sei es Er oder Sie, kann per Definition keine Mutter haben. Es reicht aus, zu verstehen, was die Worte sagen. Wenn eine Formel unabhängig von dem, was ihre Worte sagen, verstanden werden muss, oder wenn man den Eindruck der Absurdität vermeiden will, der entsteht, wenn man nach einer Erklärung sucht, die es gar nicht gibt (in diesem Fall philosophisch, félix clausus), dann handelt es sich um eine missverständliche Formel, einen mehrdeutigen Ausdruck, der über seine absurde direkte Bedeutung hinausgeht und eine andere Bedeutung verbirgt, die nur Experten in anspruchsvollen Debatten der griechischen Philosophie zugänglich ist.
Dass Gott – was auch immer das sein mag – keine Mutter, keinen Vater, keine Geschwister und keine Cousins haben kann, ist für den gebildeten gesunden Menschenverstand unserer heutigen Gesellschaft unbestreitbar eine Selbstverständlichkeit. Obwohl wir wissen, dass dies in der Antike nicht so war. Ohne weiter auszuholen, in Ephesos (der heutigen Türkei) umringten während der Debatten der Teilnehmer des Konzils von 451 einfache Leute den Versammlungsort und skandierten: „Theotokos, Mutter Gottes!”, um Druck auf die Beratenden auszuüben. Ephesus bewahrte in seinem angestammten Gedächtnis den Kult um Rhea, die Mutter der Götter, Tochter von Gaia (der Erde) und Uranos (dem Himmel), die ihren Bruder Kronos heiratete und mit ihm die sechs ursprünglichen olympischen Götter zeugte, darunter Zeus. Das versammelte Volk forderte, dass in ihrer neu eingeführten Religion auch die Mutter Jesu zur höchsten weiblichen Würde des Kultes erhoben werden sollte. Wie wir wissen, heirateten die primitiven Götter, hatten Kinder, begingen Ehebruch... sie waren sehr menschlich... zu menschlich. In der mythologischen Theologie erlaubte das Konzept Gottes familiäre Beziehungen zwischen den Göttern: Eltern, Kinder, Geschwister, ohne dass dies für ihre Anhänger absurd erschien; es war damals etwas Natürliches, sehr Natürliches, reiner Anthropomorphismus.
Außerdem ist der Inhalt dieses Dogmas komplizierter, als es der Begriff „Mutter Gottes” uns unbewusst suggeriert. Alles erforderte eine sehr ausgefeilte philosophische Einordnung: Da Maria die menschliche Mutter Jesu war, ohne Mitwirkung eines Mannes, aber unter dem „Schatten des Heiligen Geistes, der Maria bedeckte”, ermöglichte dies der zweiten Person der Dreifaltigkeit, darüber hinwegzuspringen und sich mit dem von Maria geborenen Jesus zu vereinen, indem sie ihn ontologisch-metaphysisch mit dem Logos selbst verband. Ausgehend von dieser Annahme konnten sie nicht mehr genau sagen, ob Jesus im Schoß Marias zu existieren begann oder ob er vielleicht schon seit Ewigkeit existierte... Diese neue Debatte würde noch mehrere Jahrhunderte dauern, bis sie geklärt war. Der Volksglaube und die Frömmigkeit der Konzilsteilnehmer führten die Versammlung von Ephesus zum Maximalismus: Da Nicäa bereits gesagt hatte, dass Jesus selbst Gott sei, hielten sie es für zulässig, zu folgern, dass die Mutter Jesu „Mutter Gottes” sei, desselben Gottes, der Jesus war... in einem offensichtlich erzwungenen Syllogismus.
Hier verbirgt sich ein schwerwiegender philosophischer Stolperstein, denn obwohl viele sich dessen nicht bewusst sind, muss man bedenken, dass Jesus in der offiziellen Theologie technisch gesehen keine „menschliche Person” ist... Das klingt hart, aber so ist es. Dogmatisch gesehen ist Jesus keine menschliche Person, er ist keine Person wie wir. Nein. Er ist eine „göttliche Person”. Ja: die zweite Person der Heiligen Dreifaltigkeit. Nicht mehr und nicht weniger. Nach der griechischen Philosophie des Glaubensbekenntnisses gibt es in Jesus nicht zwei Personen, eine menschliche und eine göttliche, sondern nur eine, die göttliche Person, die zweite Person der Dreifaltigkeit. (Viele werden sich daran erinnern, dass uns im Katechismus beigebracht wurde, dass es in Jesus zwei Naturen, eine Person, zwei Willen, eine Seele gibt...).
Wenn der Leser/die Leserin sich über das, was ich sage, den Kopf zerbricht, machen Sie sich keine Sorgen; es stimmt, Sie haben Recht: Es ist verwirrend. Nicht mehr und nicht weniger, weil diese griechische Philosophie von Paradigmen und einer Metaphysik ausgeht, die wir, die Männer und Frauen von heute, zu Recht nicht teilen und deshalb auch nicht verstehen. Die heutigen Universitätsstudenten beginnen dies zu verstehen, wenn sie griechische Philosophie studieren, was übrigens sehr empfehlenswert ist. Aber unsere Gesellschaft, auf der Straße, in der Wissenschaft, in den Medien und im täglichen Leben, ist eine postmetaphysische Gesellschaft. Sie kennt und versteht all diese metaphysischenKonzepte nicht. Sie kann nicht verstehen, dass man ganz selbstverständlich von der „Mutter Gottes” spricht. Das ist nicht nur zu stark, sondern auf den ersten Blick auch absurd. Diese Sprache funktioniert heute nicht mehr.
Um es kurz zu sagen und damit abzuschließen: Die Erklärung wäre, dass die Hypostase des Logos oder der Zweiten Person die ontologische Substanz Jesu verschließt und mit ihm und dem Logos selbst eine einzige Hypostase, d. h. eine einzige Person, bildet. Ist das nicht verständlich? Das ist sehr wahrscheinlich, denn es ist weder unsere Sprache noch unsere Mentalität, noch unsere Philosophie, noch unsere Konzepte. Es fällt nicht in das „für uns Denkbare”, wie Paul Ricoeur sagte.
Der Leser braucht sich keine Sorgen zu machen, wenn er gläubig ist, selbst wenn er ein Anhänger der dogmatischen Tradition ist: Wenn wir genau darüber nachdenken, wird klar, dass die Philosophie, die tausend Philosophien, menschliche Werke sind, menschliche Konstrukte, sehr unterschiedlich... Und wir sind frei, diejenige anzunehmen, die uns überzeugt. Theistisch gesehen ist es offensichtlich, dass Gott keine Philosophien offenbaren konnte... Und dass weder die Bibel noch die Evangelien Philosophie als Glaubensinhalt enthalten (sondern als Inhalt, den es zu unterscheiden und zu trennen gilt). Ein Gläubiger muss keine bestimmte Philosophie akzeptieren; er ist frei, sie zu kritisieren und abzulehnen. Das Christentum hat keine eigene Philosophie, genauso wenig wie es eine eigene Mathematik, Medizin oder Astronomie hat. Und es kann uns keine Philosophie aufzwingen – auch wenn es das schon so oft getan hat!Aber nun befinden wir uns in einem neuen Zyklus, sechzig Jahre nach dem Zweiten Vatikanischen Konzil, in der Ära Prevost, und versuchen einen Neustart des Xmo (Christentum) hin zum Xmo 2.0.
Das ist ein langwieriges Thema. In dieser kurzen Zusammenfassung fehlen notwendige Nuancen, bitte entschuldigen Sie, liebe Leser. Alles zu seiner Zeit. Setzen wir das Abenteuer fort, zu denken und „über den Tellerrand hinauszuschauen” (thinking out of the box). Wie Chesterton: Wir ziehen unseren Hut, mit großem Respekt, aber wir verlieren nicht unseren Verstand. In Zeiten der Synodalität haben wir doch zumindest das Recht zu denken, gehört zu werden und an der Suche teilzunehmen, und auf jeden Fall weiterzugehen, weiterzulaufen.
It (Es/En/Fr/PtBr/De)
In un momento come quello che stiamo vivendo, in cui una delle critiche più ricorrenti contro il cristianesimo è che utilizza un linguaggio obsoleto che le persone di oggi non comprendono più, l'inizio di quest'anno, in occasione della festa liturgica di Santa Maria «Madre di Dio», è una buona occasione per coloro che ritengono che tali critiche siano molto fondate, per segnalare, in un atto di coerenza, uno di questi dogmi ormai superati. Parlare di Maria come «Madre di Dio» è un linguaggio inappropriato, per non poche ragioni, che cercherò di illustrare in modo semplice.
È un dogma antico, vecchio e superato, perché la Chiesa non si preoccupa di rivederlo: quando una decisione dottrinale viene approvata con una maggioranza di voti, viene considerata un dogma infallibile e intoccabile. Così ci è stato insegnato, dobbiamo riconoscerlo. E si continua a ripeterlo allo stesso modo, con le stesse parole con cui lo concepirono in questo caso i cristiani di sedici secoli fa, che avevano una visione del mondo e una filosofia totalmente diverse dalle nostre. La Chiesa ha mantenuto e ripetuto alla lettera i suoi «simboli di fede», senza sentire il minimo obbligo di parlare alle persone di oggi, di parlare chiaramente, di non confondere e di riconoscere ciò che ha già perso il suo significato originale.
Il testo di questa formulazione del «dogma» è oggi inaccettabile, a priori, prima ancora di distorcere le parole: Dio, sia Lui o Lei, non può avere una madre, per definizione. Basta capire ciò che dicono le parole. Se una formula deve essere compresa a prescindere dal significato delle sue parole, o se si deve salvare l'impressione di assurdità che dà cercando il pelo nell'uovo (filosofico in questo caso, félix clausus), allora si tratta di una formula equivoca, un'espressione ambigua che, saltando oltre il suo significato assurdo diretto, nasconderebbe un altro significato accessibile solo agli esperti di sofisticati dibattiti di filosofia greca.
Che Dio – qualunque cosa sia – non possa avere madre, padre, fratelli o cugini... è un'ovvietà per il senso comune colto della nostra società attuale, indiscutibilmente. Anche se sappiamo che non era così nell'antichità. Senza andare oltre, a Efeso (nell'attuale Turchia), nel concilio del 451, mentre i partecipanti discutevano, la gente comune circondava il locale cantando: «Theotokos, madre di Dio!», per fare pressione sui deliberanti. Efeso conservava nella sua memoria ancestrale il culto di Rea, la Madre degli dei, figlia di Gea (la Terra) e Urano (il Cielo), che sposò suo fratello Crono e insieme ebbero i sei dei olimpici originali, tra cui Zeus. Il popolo riunito chiedeva che, nella nuova religione appena imposta, anche la madre di Gesù fosse elevata alla massima dignità femminile di culto. Come sappiamo, gli dei primitivi si sposavano, avevano figli, commettevano adulterio... erano molto umani... troppo umani. Nella teologia mitologica, il concetto di Dio permetteva relazioni familiari tra gli dei: padri, figli, fratelli, senza che ciò risultasse assurdo ai loro devoti; era quindi qualcosa di naturale, molto naturale, puro antropomorfismo.
Inoltre, il contenuto di questo dogma è più complicato di quanto "madre di Dio" ci suggerisca inconsapevolmente. Tutto richiedeva un incastro filosofico molto elaborato: essendo Maria la madre umana di Gesù, senza l'intervento di un uomo ma sotto «l'ombra dello Spirito che coprì Maria», ciò permetteva alla seconda persona della Trinità di saltare oltre e unire a sé il Gesù nato da Maria, collegandolo ontologico-metafisicamente al Logos stesso. Partendo da questo presupposto, non sapevano più precisare se Gesù avesse iniziato ad esistere dal grembo di Maria o se forse fosse preesistente dall'eternità... Questo nuovo dibattito avrebbe richiesto diversi secoli per essere chiarito. La fede popolare e la devozione dei conciliari portarono l'assemblea di Efeso al massimalismo: poiché Nicea aveva già affermato che Gesù stesso era Dio, ritennero lecito concludere che la madre di Gesù fosse «Madre di Dio», dello stesso Dio che era Gesù... in un sillogismo ovviamente forzato.
Qui c'è un grave ostacolo filosofico nascosto, perché, anche se molti non lo ricordano, bisogna ricordare che, tecnicamente, nella teologia ufficiale Gesù non è una «persona umana»... Sembra forte, ma è così. Dogmaticamente, Gesù non è una persona umana, non è una persona come noi. No. È una «persona divina». Sì: la Seconda Persona della Santissima Trinità. Niente di più e niente di meno. Secondo la filosofia greca del credo, in Gesù non ci sono due persone, una umana e una divina, ma solo una, la persona Divina, la Seconda della Trinità. (Molti ricorderanno che nel catechismo ci hanno insegnato che in Gesù ci sono due nature, una persona, due volontà, un'anima...).
Se il lettore/la lettrice si è confuso/a con quello che sto dicendo, non si preoccupi; è vero, ha ragione: è complicato. Né più né meno perché quella filosofia greca parte da alcuni paradigmi e da una metafisica che noi, uomini e donne di oggi, a ragione, non condividiamo e, proprio per questo, non comprendiamo. Gli studenti universitari di oggi cominciano a capirlo se studiano filosofia greca, cosa molto raccomandabile, tra l'altro. Ma la nostra società, nella strada, nella scienza, nei media e nella vita quotidiana, è una società post-metafisica. Non conosce, non capisce tutti questi concetti metafisici. Non riesce a capire che si parli, come se niente fosse, della «madre di Dio». Non solo risulta troppo forte, ma anche assurdo in primo luogo. Quel linguaggio oggi non serve più.
Per dirla in breve e chiudere la questione: la spiegazione sarebbe che l'ipostasi del Logos, o Seconda Persona, racchiude la sostanza ontologica di Gesù e costituisce con lui e con lo stesso Logos un'unica ipostasi, cioè un'unica persona. Non si capisce? È molto probabile, perché non è il nostro linguaggio, né la nostra mentalità, né la nostra filosofia, né i nostri concetti. Non rientra nel «pensabile a nostra disposizione», come diceva Paul Ricoeur.
Il lettore non si preoccupi se è credente, anche se è un credente amante della tradizione dogmatica: se ci pensiamo bene, è ovvio che la filosofia, le mille filosofie, sono opera umana, costruzioni umane, molto diverse... E siamo liberi di accettare quella che ci convince. Parlando in termini teistici, è ovvio che Dio non ha potuto rivelare filosofie... E che né la Bibbia né i Vangeli includono la filosofia come contenuto da credere (ma come contenuto da discernere e separare). Un credente non è tenuto ad accettare una determinata filosofia; è libero di criticarla e di rifiutarla. Il cristianesimo non ha una propria filosofia, così come non ha una propria matematica, medicina o astronomia. E non può imporci alcuna filosofia, anche se lo ha fatto tante volte! Ma eccoci qui, in un nuovo ciclo, a sessant'anni dal Concilio Vaticano II, nell'era Prevost, mentre proviamo a resettare il Xmo (cristianesimo) verso il Xmo 2.0.
Ci sarebbe molto altro da dire. In quanto detto qui, in modo così sintetico, non mancano le necessarie sfumature, che il lettore mi perdoni. Tempo al tempo. Continuiamo l'avventura di osare pensare e "uscire dagli schemi" (thinking out of the box). Come Chesterton: ci togliamo il cappello, con grande rispetto, ma non ci togliamo la testa. In tempi di sinodalità, che minimo avere il diritto di pensare, di essere ascoltati e di partecipare alla ricerca e, in ogni caso, di camminare, di continuare a camminare.