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Banca ética y parroquias: ¿Dónde duerme el dinero de nuestra fe?

Una llamada a la coherencia que va desde el armario de casa hasta las cuentas de la Diócesis

Economía, cristianos y Parroquias

¿Es posible rezar el domingo contra la pobreza y financiar el lunes, a través de nuestras cuentas bancarias, la industria armamentística o la explotación ambiental?

¿Queremos saber si alguien es verdaderamente cristiano?

Tócale el bolsillo. Ahí, entre los tickets de compra y los extractos bancarios, es donde se decide si seguimos a Jesús o al mercado. Una llamada a la coherencia que va desde el armario de casa hasta las cuentas de la Diócesis.

Suele decirse que la parte más sensible del cuerpo humano no es el corazón, sino el bolsillo. Por eso, cuando el Evangelio entra en la economía personal, la fe deja de ser una abstracción espiritual para convertirse en algo real, tangible y, a menudo, incómodo. Existe hoy un divorcio flagrante entre lo que rezamos en los bancos de la iglesia y lo que gastamos innecesariamente y compramos sin control. Y si lo expongo aquí hoy no es porque me crea un ejemplo, sino porque también yo percibo hasta qué punto es necesario corregir esta incoherencia.

El "clic" contra el Evangelio

La fe no se juega solo en el sagrario; se juega en el carrito de la compra y, últimamente, en las compras conpulsivas por internet. Hoy, el termómetro de nuestra conversión no es cuántos salmos sabemos de memoria, sino qué uso le damos a nuestro dinero.

La trampa del consumo: ¿Cómo podemos llamarnos seguidores de Aquel que no tenía donde reclinar la cabeza si, por ejemplo, vivimos rendidos a la compra compulsiva por internet?

La mística del remiendo: Un cristiano debería ser, por definición, un rebelde contra la cultura del "usar y tirar". Cuidar la ropa antigua que aún está bien, reparar en lugar de sustituir y huir del estreno innecesario no es tacañería; es una forma de resistencia espiritual frente a la voracidad del mercado. Si no somos capaces de gestionar nuestro gasto personal con austeridad y solidaridad, ¿con qué autoridad moral podemos hablar de justicia social? Cuidado, esto no trata de ir juzgando a los demás, sino de auto examinarse desde los evangelios.

De mi bolsillo al "bolsillo" de la Diócesis

Pero esta coherencia no acaba en el ámbito privado. Ese mismo examen de conciencia que nos hacemos frente al armario debe trasladarse a nuestras instituciones. Si el fiel se esfuerza por consumir con ética, tiene todo el derecho (y el deber) de preguntar: ¿Y mi Diócesis? ¿Dónde guarda el dinero de nuestras colectas?

Es un contrasentido escandaloso que una parroquia o una diócesis denuncie la pobreza mientras sus activos financieros "duermen" en bancos que financian la industria armamentística, el saqueo de los recursos naturales en países pobres o la especulación inmobiliaria que echa a la gente de sus casas.

Propuestas para una economía de comunión

Para poner freno al divorcio entre fe y vida necesitamos pasos concretos:

  1. Del "yo" al "nosotros": Que nuestra limosna no sea lo que nos sobra tras los caprichos de las distintas multinacionales tecnológicas digitales, sino una partida prioritaria de nuestro presupuesto.
  2. Exigencia de Banca Ética: La Iglesia debe liderar el trasvase de fondos hacia entidades de finanzas éticas. No se trata solo de no hacer daño, sino de invertir activamente en proyectos que generen “Reino” (vivienda social, agricultura ecológica, empleo para excluidos).
  3. Transparencia radical: Que cada diócesis publique no solo cuánto gasta, sino en qué bancos opera y bajo qué criterios éticos mueve su patrimonio.

Si el Evangelio no pasa por la tarjeta de crédito, no ha llegado al corazón

Aquí tenemos que reconocer que la mayoría de nosotros andamos lejos de lo que se espera de un auténtico cristianismo. Sí, la conversión es un camino que empieza por cerrar el grifo del consumo compulsivo en casa y termina por exigir que el dinero de la Iglesia huela a oveja y no a pólvora o especulación.

Al final, la pregunta de Jesús sigue siendo la misma: "¿Dónde está tu tesoro?". Si está en el último modelo de móvil o en fondos de inversión opacos, nuestra fe es solo ruido. Si está en el compartir y en la inversión ética, entonces —y solo entonces— estamos empezando a entender de qué iba el Reino.

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