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CONVIVIUM: los curas de Madrid toman la palabra

Bud Bunny, Trump y la Superball

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“Benito”, el mayor acto de resistencia contra la narrativa Trump

Benito en la Superball

Tengo que reconocer que hasta hace unos días no me gustaba Bad Bunny, pero lo de la Superball fue, como dicen en mi tierra, “una guantá sin mano”, un golpe de dignidad sobre la mesa. Llamarse "Benito" y no "Bad Bunny" es, en sí mismo, el mayor acto de resistencia contra la narrativa de Trump. Mientras el sistema político de la derecha estadounidense intenta deshumanizar al inmigrante o al puertorriqueño convirtiéndolo en una etiqueta (un "alien", una "amenaza", un "voto"), él se aferra a su nombre de pila.

La humanización frente a la caricatura

Trump construye su discurso sobre caricaturas: el "bad hombre", el criminal, el invasor. Al presentarse como Benito Martínez Ocasio —el hijo de una maestra y un camionero—, él rompe el hechizo.

El español como lengua de afecto, no solo de negocio

Trump ha dicho en múltiples ocasiones que en Estados Unidos "se habla inglés". Benito le responde no solo con canciones, sino con sentimiento en español.

El rechazo al "Sueño Americano" de Trump

El "sueño americano" de Trump es mercantil y enjuiciable: trabajar, callar, asimilarse y acumular dinero. Benito propone un sueño propio:

América es un continente, no un país

El golpe maestro de la puesta en escena de Benito fue, sin duda, su capacidad para ejecutar una lección de geografía humana frente a las narices del nacionalismo más excluyente. Mientras la retórica de Trump ha intentado secuestrar la palabra "América" para reducirla a un club privado con derecho de admisión, Benito utilizó el micrófono para devolverle el nombre a sus verdaderos dueños.

En un despliegue de orgullo que no entendió de fronteras, el escenario se llenó de la energía de todo un continente. Al reivindicar a México, Benito no solo saludó a un público; rescató la dignidad de un pueblo que el trumpismo convirtió en su enemigo favorito para ganar votos. Al nombrar a la República Dominicana, Cuba y Panamá, posicionó al Caribe no como el "patio trasero" de Washington, sino como el epicentro rítmico del mundo moderno.

Pero el alcance fue más allá. Al invocar a Colombia, Venezuela, Argentina y Chile, desmanteló el mapa mental de la Casa Blanca. Recordó que el pulso de esta tierra no se detiene en el Río Bravo, sino que fluye desde los barrios de Ciudad de México hasta las avenidas de Buenos Aires. Fue una bofetada de realidad: mientras unos proponen muros de acero para separar familias, Benito construyó un puente de sonido que unió a las naciones que Trump suele despreciar o ignorar.

Este pase de lista de nacionalidades fue la prueba definitiva de que el relato de "America First" se ha quedado pequeño. América no es una bandera de barras y estrellas; es un tejido humano, diverso y vibrante que habla, llora y celebra en español. Al final, demostró que no se puede amurallar una identidad que ya es dueña del aire.

La política de la cercanía

Trump habla desde podios dorados y aviones privados; Benito, a pesar de su fortuna, mantiene la estética de la realidad de la calle y las carpas.

Benito es el nombre de la derrota cultural de Trump. Porque mientras uno intenta levantar muros para mantener a la gente fuera, el otro, simplemente siendo Benito, ha logrado que el mundo entero quiera entrar en su casa, sentarse en su mesa y cantar en su idioma.

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