Una coincidencia de película: El estreno de 'La Luz' y la llegada del Papa (entre la provocación mediática y el protocolo de la verdad)
"La Luz":la verdad no prescribe
Hay días en los que el calendario parece conspirar para obligarnos a mirar de frente aquello que preferiríamos ignorar. No existen las casualidades en el discurrir de la historia, y menos aun cuando la gran pantalla y la realidad eclesial se cruzan de forma tan flagrante. El estreno de La Luz, la desgarradora película que aborda los abusos cometidos por un sacerdote, coincide en el tiempo con la llegada del Santo Padre. Dos acontecimientos que, lejos de anularse, se reclaman, se tensionan y sacuden mutuamente las conciencias.
Una provocación calculada frente a una llaga abierta
No se puede pecar de ingenuos en este escenario. Lanzar una producción de este calibre justo en el marco de una visita papal busca, con total seguridad, agitar el avispero mediático. Hay una clara intención de generar impacto, de forzar el contraste y de incomodar a la institución en su momento de mayor exposición pública. Quienes diseñan estas estrategias de marketing conocen perfectamente qué resortes tocar para captar la atención de los focos.
Sin embargo, que exista un evidente oportunismo o una calculada intención de provocar no resta ni un ápice de verdad al drama que la película denuncia. La Iglesia no puede desactivar una crítica real simplemente tachándola de "ataque exterior" o campaña de desprestigio. El verdadero problema no es que la película busque el choque mediático ahora; el problema de fondo es que el sustrato del que se nutre el film —la traición a la confianza, el silencio corporativo y el desamparo de los inocentes— sigue siendo una llaga abierta en el cuerpo eclesial que exige verdad y justicia.
El muro de la agenda: el no-encuentro con las víctimas
En el epicentro de esta tensión emerge el dato más controvertido, punzante y difícil de digerir de estos días: la negativa a cuadrar un encuentro con las víctimas, argumentando firmemente que este "no figuraba en la agenda ni constituía un motivo oficial" del viaje del Pontífice.
Escudarse en los estrictos límites de un programa oficial para declinar un gesto de escucha humana transmite a la sociedad una preocupante sensación de frialdad, distancia y rigidez. Alimenta, precisamente, el peor de los relatos: el de una estructura piramidal más preocupada por los protocolos, la burocracia y la diplomacia de Estado que por la sanación pastoral y el alivio del sufrimiento. Es evidente y comprensible que las agendas de Roma se organicen al milímetro por razones logísticas, pero en el terreno de los abusos, lo que no es oficial suele ser lo más evangélico. Las víctimas no reclaman una audiencia de Estado con fotografía protocolaria; buscan ser escuchadas y validadas por su pastor, sin las condiciones ni las barreras que imponen los despachos.
Hacia una Iglesia que no teme a su propio espejo
Para algunos, esta coincidencia resultará inoportuna o dolorosa. Para otros, una provocación intolerable. Pero si miramos este momento con los ojos del Evangelio y con honestidad histórica, descubriremos que este "choque" es, en realidad, una oportunidad providencial de purificación. La provocación del cine solo se desarma con la contundencia de los hechos, con la apertura y con la transparencia, nunca con el silencio de los comunicados oficiales o el repliegue defensivo.
"No se puede tapar el sol con un dedo, ni se puede sanar una herida sin antes limpiarla", nos recuerda el saber popular. La Luz hace precisamente eso: iluminar las zonas oscuras para evitar que caigamos en la tentación de la autocomplacencia institucional o del olvido conveniente.
La llegada del Papa no debe utilizarse como un escudo o una distracción para esconder los escándalos del pasado y del presente, sino como el marco perfecto para demostrar que la Iglesia está lista para asumir su historia con valentía, ensanchando la agenda oficial para que quepa, de manera prioritaria, el dolor del prójimo. Los creyentes, y la sociedad en general, no buscan una institución perfecta e inmaculada, sino una comunidad honesta que camine decididamente del lado de los más vulnerables. Solo así, asumiendo el protocolo de la verdad por dolorosa que sea, podremos volver a ser, de verdad, luz para el mundo.