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El culto al Cuerpo y el descuido del Alma

El "monstruito" que estamos criando

Seres integrales

A menudo decimos que el cuerpo es un templo y, a juzgar por las horas que pasamos midiendo calorías y levantando hierros, parece que nos hemos tomado la metáfora muy en serio. No hay nada de malo en ello; al contrario, cuidar la salud es un acto de respeto por la vida. El deporte tiene consecuencias positivas en todos los niveles: nos da disciplina y nos conecta con nuestra vitalidad. Es una asignatura que muchos tenemos pendiente. Sin embargo, el problema aparece cuando el cuidado se transforma en culto y la salud en escaparate.

Si realmente somos una unidad integral —cuerpo y alma en una sola pieza—, ¿cómo explicamos la extraña asimetría con la que vivimos? Una cosa es fortalecer el cuerpo para que sea un buen compañero de viaje y otra, muy distinta, es vivir encadenados a la imagen externa en un mundo cada día más aparente y superficial. Nos aterra que se oxide una rodilla, pero permitimos que se oxide nuestra capacidad de asombro.

Los filósofos antiguos ya nos lo advertían: la verdadera libertad comienza en la armonía entre la contemplación de lo externo —área en la que los primeros griegos demostraron una inmensa curiosidad por la física— y la interiorización, a la que San Agustín le añadió la dimensión de la trascendencia y el autodescubrimiento del alma. Fueron los monjes quienes, en el silencio de sus claustros, mejor custodiaron este legado, cultivando ese ideal de "Mens sana in corpore sano" a través del equilibrio entre el trabajo físico, el estudio de la naturaleza y la oración.

Para los griegos, la curiosidad era el gimnasio del alma. Hoy, sin embargo, parece que hemos sustituido la contemplación por el consumo de nuestra propia imagen. Estamos fabricando una especie de “monstruito” contemporáneo: un ser de hombros anchos y bíceps de acero en ellos, o de vientre plano y glúteos perfectos en ellas, pero que por dentro es un edificio deshabitado. Una carcasa de mármol sosteniendo un espíritu raquítico que ya no sabe asombrarse ante una verdad profunda porque solo tiene ojos para su propio reflejo y, para colmo, cada día tiene menor respuesta al revés y al sufrimiento.

Olvidamos el modelo de crecimiento pleno que nos dejó el Evangelio. De Jesús se nos dice que «crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lc 2,52). Es la armonía perfecta: no solo crecía el cuerpo (estatura), sino que ensanchaba el espíritu (sabiduría) y profundizaba la relación con lo Trascendente (gracia). Jesús no era un ser descompensado; su fuerza externa era el reflejo de una solidez interior forjada en el silencio, trabajada en el desierto y en esa vida oculta de treinta años que sustentaron sus apenas tres años de vida pública.

Nosotros, en cambio, vivimos en la cultura de la inmediatez, queriendo quemar etapas existenciales a golpe de clic. Queremos estar en el Domingo de Resurrección sin pasar por Jerusalén. Pretendemos una vida pública brillante y una imagen impecable saltándonos las fases del desierto y la maduración. Pero ninguna estructura aguanta si no tiene cimientos: la inconsistencia de quererlo todo “ya” es lo que termina creando seres quebradizos, porque nadie sostiene una vida pública si no tiene una vida oculta que la alimente.

Para Jesús, Nazaret no fue un tiempo perdido, sino el taller donde se fraguó su integridad. Sin esos años de anonimato, de trabajo sencillo y de oración en lo cotidiano, no habría habido fuerza para sostener la misión. Nazaret es la raíz, y el desierto es el gimnasio donde venció las tentaciones del poder, el éxito y la apariencia antes de dar un solo paso ante la multitud. Solo quien ha aprendido a “ser” en el desierto y en el silencio de Nazaret tiene algo que decir y que dar en la vida pública. Saltarse Nazaret es condenarse a la superficialidad: mucha fachada, pero ninguna resistencia ante la verdadera tentación.

Si somos capaces de dedicarle una hora diaria al gimnasio o al running, ¿por qué nos regateamos a nosotros mismos el tiempo de "entrenamiento espiritual"? Para no ser ese "monstruito" vacío, necesitaríamos dedicar, al menos, veinte o treinta minutos diarios a la tarea imprescindible del silencio, el recogimiento y la oración. Un tiempo para, sencillamente, dejarse hacer por Dios. No es hacer cosas, es permitir que Él las haga en nosotros. Ese espacio es el que evita que el alma se nos quede "en los huesos".

El gimnasio nos prepara para levantar peso y sentirnos físicamente saludables, pero solo la vida espiritual nos enseña a cargar con el peso de la vida. El espíritu requiere un tiempo que no es el del cronómetro, sino el de la escucha. Requiere la paciencia de la oración y la honestidad de la meditación, herramientas que ningún batido de proteínas puede sustituir.

Cuidar el espíritu no es una extravagancia; es la única forma de no terminar siendo solo una fachada. De nada sirve tener un corazón físicamente impecable, capaz de aguantar un maratón, si por dentro está seco o cerrado bajo llave. La verdadera salud es la que nos permite crecer, como Jesús, de manera integral: con un cuerpo sano que sostenga un alma grande, y un espíritu lo suficientemente fuerte como para amar, asombrarse y dejarse transformar.

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