Hazte socio/a
Última hora:
Todo sobre Venite Ad Me

Los que nos decimos cristianos

Por una política evangélica: amar y proteger al inmigrante, al huérfano y a Dios

Cristianos_ Amar y Proteger al Inmigrante

Que quienes no se consideran creyentes ni seguidores de Jesús carezcan a veces de sensibilidad hacia los pobres, los descartados o los marginados del sistema, hasta cierto punto se entiende. Cada cual responde ante su propia conciencia y sus propios marcos éticos. Lo que resulta incomprensible —e inaceptable desde las entrañas del Evangelio— es la ceguera de quienes se llaman cristianos.

Las lecturas de este domingo nos ponen frente a un espejo implacable. En el texto del Éxodo (Éx 22, 20-26), la voz de Dios resuena con una nitidez tajante: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fueron ustedes en la tierra de Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos». Siglos después, en el Evangelio de Mateo (Mt 22, 34-40), Jesús remata esta misma intuición fundacional: el mandamiento principal es amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. En estos dos rostros de una misma moneda se sostiene toda la Ley y los Profetas. No hay matices ni letra pequeña.

El amor a la manera de Jesús no es un sentimiento piadoso para consumir en la intimidad del templo. Es una praxis encarnada, un compromiso social y, sí, también una postura política en el sentido más noble y evangélico de la palabra.

¿Cómo ser cristiano y no entender esto?

En vísperas de los decisivos comicios electorales de este próximo mes de noviembre en España, la tentación de la incoherencia se vuelve acuciante. Asistimos con perplejidad a discursos políticos que levantan banderas de "defensa de las raíces cristianas" mientras, al mismo tiempo, criminalizan al inmigrante que llega exhausto a nuestras costas, estigmatizan al vulnerado o proponen el desmantelamiento de las coberturas públicas para los más desfavorecidos.

Resulta alarmante constatar cómo no pocos creyentes compran y aplauden discursos de odio, insolidaridad o exclusión en nombre de una supuesta identidad confesional. ¿Qué fe es esa que pretende "proteger a Dios" encerrándolo en un dogma o en una estatua, mientras ignora al "Dios vivo" que clama en el huérfano, la viuda y el forastero?

Para la Biblia, Dios no habita en las trincheras del patriotismo excluyente. Dios habita en el clamor del desposeído. Proteger a Dios significa, indefectiblemente, proteger las carnes dolientes del pobre. Y cuando la política olvida este principio, se vuelve inhumana.

El voto y la coherencia del Evangelio

Los que nos decimos cristianos no podemos ir a las urnas en noviembre con la memoria anestesiada. La fe cristiana no dicta una papeleta única, pero sí impone límites morales infranqueables. Ninguna opción política que legitime la crueldad con los migrantes, la desprotección de los vulnerables o la codicia que ahoga a las familias más humilladas puede conciliarse con la praxis de Jesús de Nazaret.

Si quienes no creen no sienten este pellizco, es comprensible. Pero para un cristiano, ignorar la suerte del descarte social no es una "diferencia de opinión política": es una traición directaal Evangelio, una enmienda a la totalidad de la Ley y los Profetas.

Ante las urnas de este noviembre, la pregunta no es qué partido defenderá nuestros privilegios económicos o nuestras identidades culturales, ni quién sabrá instrumentalizar mejor la religión con fines partidistas. La pregunta genuinamente evangélica que determinará el juicio de la historia y de la fe es radicalmente otra: ¿qué política protegerá la dignidad del migrante, la vida del desamparado y el pan del necesitado? Amar a la manera de Jesús exige votar con el corazón puesto en Dios, las manos abiertas y la mirada fijada en el rostro del prójimo. Poner una papeleta que avale el desprecio a los vulnerables equivale a desmantelar la cruz; todo lo demás es fariseísmo y palabrería vacía.

También te puede interesar

Lo último