¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Una respuesta desde las piedras vivas del pueblo y los márgenes de la historia

«Sobre vidas como estas quiero seguir construyendo mi Iglesia»

Venid benditos de mi Padre
Venid benditos de mi Padre

El polvo del camino se asentaba bajo el sol ardiente de Cesarea de Filipo. Jesús caminaba entre los suyos cuando detuvo el paso, giró sobre sus talones y los miró fijamente:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

La pregunta, que un día halló respuesta en la voz firme de Pedro, sigue resonando viva en el corazón de la historia. Y junto a la confesión de los primeros apóstoles, toman la palabra aquellos que continuaron encarnando la misma carne sufriente del pueblo:

—Tú eres el Dios crucificado en los crucificados de la historia —tomó la palabra primero Ignacio Ellacuría, con la voz firme del pensador que atisba la verdad desde la masacre—. Eres la presencia que juzga la barbarie de los imperios y que exige que bajemos de la cruz a los pueblos oprimidos.

A su lado, Óscar Romero dio un paso al frente, ajustándose el pectoral de obispo y mirando al maestro con la calidez de quien oyó el clamor de las víctimas:

—Tú eres la voz de los sin voz, Señor. Eres el Dios defensor de los pobres, el que nos exige que la Iglesia no sea un refugio cómodo, sino el cuerpo dispuesto a correr la misma suerte del campesino despojado.

Un hombre flaco, con gafas redondas y sonrisa paciente, Gustavo Gutiérrez, dio un paso adelante, guardando en el bolsillo de su chaqueta un cuaderno manchado de polvo:

—Tú eres el Cristo liberador, el amigo de la vida que irrumpe en la no-persona. Eres la garantía de que la salvación no es un trámite intimista del cielo, sino la transformación radical de esta historia donde los pobres tienen hambre de pan y de Dios.

Desde el fondo, descalzo y envuelto en su vieja cruz de madera de palisandro, Pedro Casaldáliga alzó los brazos mirando los horizontes de Mato Grosso:

—Tú eres la Causa por la que vale la pena jugarse la vida entera. Eres el Dios hecho peón sin tierra, indio y negro; el Cristo encarnado en los anhelos de nuestro pueblo. Tú eres la utopía viva que nos prohíbe resignarnos ante el capital y la muerte.

Hélder Câmara, pequeño de estatura, pero gigante en serenidad, juntó sus manos temblorosas y sonrió con dulzura:

—Tú eres la Paz que nace de la Justicia, el Pastor de los arrabales. Eres quien nos recuerda que si damos pan al pobre nos llaman santos, pero si preguntamos por qué no tiene pan, nos llaman comunistas. Pero yo sé de quién me he fiado, Señor…

Un teólogo de palabra clara y mirada profunda, José María Castillo, intervino con la firmeza del Evangelio despojado de oropeles clericales:

—Tú eres la subversión de los poderes religiosos y políticos. Eres el Dios humanizado que antepuso la compasión al culto del templo, el que nos enseñó que el único dogma verdaderamente sagrado es la dignidad del ser humano y no los tinglados que a veces montamos.

Finalmente, el Papa Francisco, vistiendo su sencilla sotana blanca, dio un paso adelante. Con voz pausada y mirada atenta al sufrimiento del mundo, dijo:

—Tú eres el rostro de la misericordia del Padre. Eres el Dios que nos pide una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia en salida que no tema mancharse con el barro de la historia y que clame contra esta economía que mata. Eres la certeza de que el llanto de la tierra y el llanto de los pobres no le son indiferentes al Cielo.

Jesús recorrió la mirada por cada uno de ellos. Vio sus ropas sencillas, sus manos desgastadas, sus arrugas talladas por el compromiso y la entrega total. Sonrió con la compasión del Señor de la Vida y dijo:

—Sobre estas vidas entregadas hasta el extremo por el Reino, y sobre tantas otras que hoy siguen encendiendo la esperanza en los márgenes de la tierra, quiero seguir construyendo mi Iglesia.

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