Hazte socio/a
Última hora:
El Papa hace balance de su viaje a España

Dios no solo se conjuga en masculino: El grito teológico de las mujeres

La paradoja de una Iglesia sostenida por mujeres pero pensada por hombres

Las mujeres primero

Durante siglos, la teología ha hablado de las mujeres con una extraña y fría distancia. Se las ha definido, se las ha interpretado, se las ha colocado con frecuencia en el altar de la sumisión o en el rincón de la obediencia, pero rara vez se les ha entregado el micrófono. Hemos diseñado una fe que habla de ellas, pero que pocas veces se detiene a escuchar con ellas. Sin embargo, algo sagrado y sutil está crujiendo en las costuras de nuestra Iglesia: una multitud de mujeres —teólogas, religiosas, madres, laicas de a pie— están reclamando que su existencia no es un decorado en el templo, sino el lugar mismo donde Dios sigue encarnándose.

La teología feminista no nació en los despachos con aire acondicionado ni en las bibliotecas polvorientas. Nació en las cocinas de las parroquias, en el silencio de los conventos, en el dolor de las mujeres maltratadas que no encontraban consuelo en sermones patriarcales, y en la fatiga de quienes sostienen las comunidades sobre sus hombros mientras otros deciden por ellas. Es el paso urgente de la norma fría a la carne viva.

La fe con cicatrices y en primera persona

Cuando una mujer se pone a pensar a Dios hoy, no lo hace desde la abstracción metafísica; lo hace desde la verdad de su cuerpo e historia. Habla desde esa infancia donde le enseñaron que callar era una virtud mariana y que obedecer era el único camino a la santidad. Habla desde la madurez de haber gastado su vida limpiando altares, catequizando niños y consolando enfermos, para luego descubrir que, a la hora de las decisiones importantes, su voz no cuenta.

Esto no es un debate académico; es una llaga abierta. La Iglesia proclama con orgullo la belleza del bautismo y la igualdad de todos los hijos de Dios, pero la realidad del día a día desmiente el discurso. Las mujeres no mendigan privilegios ni cuotas de poder clerical; piden, sencillamente, coherencia evangélica. Duele amar a una institución que te valora como mano de obra, pero te teme como interlocutora en la era de la Sinodalidad.

Las manos que sostienen el templo, las voces que faltan en el altar

Seamos honestos: si las mujeres se cruzaran de brazos el próximo domingo, las iglesias de medio mundo tendrían que cerrar sus puertas. Ellas son las venas por las que corre la sangre de la comunidad. Son las que transmiten la fe a los hijos, las que abrazan al que sufre, las que organizan la caridad cuando la burocracia falla. Sostienen la estructura, pero siguen siendo invisibles en la foto oficial.

No basta con regalarles el oído con encendidos elogios sobre el "genio femenino" o su capacidad de entrega. El elogio sin corresponsabilidad se convierte en anestesia. Las mujeres de hoy ya no quieren ser elogiadas para ser silenciadas. Quieren que su discernimiento sea vinculante, que su mirada complete la miopía de un gobierno eclesial monocolor. No es soberbia; es justo y necesario.

El Evangelio de la madrugada: Ellas estuvieron primero

Para sanar esta herida no hay que inventar nada nuevo, solo hay que volver a la frescura del inicio. El Nuevo Testamento es subversivo porque Jesús lo fue. Las mujeres no eran figuras de relleno en el camino hacia Jerusalén. Estuvieron al pie de la cruz cuando los hombres huyeron por miedo; y fueron ellas, en la penumbra de la madrugada de Pascua, las que recibieron el encargo de anunciar la Resurrección. María de Magdala no pidió permiso a ninguna estructura para gritar que la vida había vencido a la muerte.

La teología feminista es, en el fondo, un ejercicio de honestidad y purificación. Intenta quitarle a la fe el pesado ropaje cultural (machista) de los siglos pasados para rescatar el trato revolucionario, horizontal y profundamente tierno que Jesús tuvo con cada mujer que cruzó en su camino. Él nunca las miró como menores de edad en la fe.

Desarmar el miedo: El feminismo como espacio de gracia

Durante demasiado tiempo se ha agitado el fantasma del feminismo en los ambientes eclesiales, presentándolo como un demonio destructor de la familia o de la fe. Qué ceguera tan dramática. Muchas mujeres han descubierto en la perspectiva de género la herramienta perfecta para desvelar la violencia soterrada y para rescatar el rostro de un Dios que es Padre, pero que también abraza y amamanta como una Madre.

Escuchar la teología hecha por mujeres no empobrece el misterio de Dios; lo ensancha, lo humaniza, lo devuelve a la vida real. Cuando la Iglesia se atreva a perder el miedo a la palabra femenina, descubrirá que no está perdiendo su identidad, sino recuperando su verdad más profunda.

¿Puede la Iglesia seguir pensando a Dios a espaldas de las mujeres? La respuesta ya no es teórica, es un latido que recorre el mundo. Cuando una mujer hoy alza la voz y escribe teología, no está pidiendo que le abran la puerta por cortesía. Está recordando que el Espíritu Santo también sopla en femenino, y que la palabra sobre Dios está incompleta si no lleva el eco de sus vidas.

También te puede interesar

Lo último