¿Quién gana y quién pierde en el rearme global? El silencio de la ética

Del imperio del miedo a la memoria del Galileo: la urgencia profética de desarmar el corazón de la geopolítica

La balanza de un mundo fracturado
La balanza de un mundo fracturado

El mundo asiste a una silenciosa metamorfosis moral. Los presupuestos militares globales superan ya la histórica cifra de 2,8 billones de dólares anuales, mientras la narrativa del «rearme disuasorio» se asume como una fatalidad inevitable. Nos acostumbramos a que la violencia política y las fricciones fronterizas no sean ya excepciones traumáticas, sino la «nueva normalidad» geopolítica.

Ante este panorama, el seguidor de Jesús de Nazaret no puede refugiarse en la neutralidad piadosa ni en la tibieza teológica.

1. El balance de la barbarie: ¿quiénes ganan y quiénes pierden?

Para entender la lógica del rearme, es imprescindible ponerle rostro, corporaciones y nombres propios a la contabilidad de la guerra:

Los que ganan con la maquinaria de muerte:

  • Los barones de la tecnología militar y los nuevos «señores de la guerra»: El mapa de la defensa ya no pertenece solo a las armas convencionales. Elon Musk y sus empresas (SpaceX, Starshield, xAI) se han convertido en actores bélicos indispensables, rentabilizando megacontratos con el Pentágono para infraestructuras satelitales, inteligencia artificial militar e integración en redes de defensa. A su lado, la nueva ola de «tecno-militarismo» y los lobbies de defensa obtienen beneficios multimillonarios vendiendo la promesa de guerras automatizadas y "limpias" (si existe alguna guerra limpia…).
  • El complejo militar-industrial tradicional: Según vemos en artículos especializados de investigación y análisis económico, en la cúspide corporativa estadounidense, firmas como Lockheed Martin, RTX (Raytheon), General Dynamics y Northrop Grumman ven sus balances inflados. En Europa, gigantes como Rheinmetall (Alemania), BAE Systems (Reino Unido), Thales o Airbus disparan su valor en bolsa gracias a los planes comunitarios y nacionales para elevar el gasto militar por encima del 2% del PIB. A esto se suman los consorcios estatales rusos como Rostec y la pujante industria de defensa estatal china.
  • Los mandatarios del «garrote» y la polarización: Sacan rédito político mandatarios como Donald Trump, impulsando presupuestos de defensa que rozan cotas récord y exigiendo un aumento agresivo del gasto militar a sus aliados; Vladimir Putin, cuya economía de guerra le sirve para disciplinar el control interno; Benjamin Netanyahu, que sostiene su hegemonía apoyándose en la devastadora dinámica del conflicto y utilizando la coyuntura bélica para aplazar o eludir sus cuentas pendientes ante la justicia; o Xi Jinping, que instrumentaliza la rivalidad geopolítica para acelerar un rearme masivo.
  • Los populismos del miedo y la deriva autoritaria: Ganan las nuevas ultraderechas de cuño fascista y grupos neonazis, así como los liderazgos identitarios y autocráticos que instrumentalizan el clima de amenaza global para militarizar las fronteras, erosionar las libertades civiles, recortar el gasto social y señalar al inmigrante o al disidente como un "enemigo interno".

Los perdedores de siempre:

  • Las víctimas civiles despojadas de rostro: Pierden, entre otros, las familias sepultadas o desplazadas en Gaza, las poblaciones atrapadas en el frente del Donbás o los civiles masacrados en guerras invisibilizadas como las de Sudán y la República Democrática del Congo. Sus vidas son reducidas a meros «daños colaterales» en las cuentas de resultados.
  • Las mayorías empobrecidas: Pierden las comunidades de países de renta media y baja cuyos gobiernos desvían recursos básicos de sanidad, educación, vivienda y erradicación de la pobreza para pagar misiles, drones e inteligencia artificial de combate.
  • Los desvalidos en las fronteras: Pierden los refugiados y migrantes en el Mediterráneo o en la frontera sur de EEUU, convertidos en objetivo de tecnologías de vigilancia militarizada e intervenciones policiales cada vez más agresivas.
  • Europa y la Unión Europea: Pierde la UE su propia alma e identidad histórica fundada en el proyecto de paz, cooperación y diplomacia tras la devastación del siglo XX. Al supeditar su política al belicismo y acelerar una carrera de rearme interno, la Unión Europea renuncia a ser un referente global de mediación pacífica, fragmenta su cohesión social y dilapida el bienestar de sus ciudadanos en favor de la industria de la defensa.
  • El Derecho Internacional y el orden multilateral: Pierde la legalidad internacional su autoridad y eficacia, pisoteada por la impunidad de la fuerza bruta. En esta erosión tienen una cuota desproporcionada de culpa Estados Unidos e Israel, cuya política de vetos sistemáticos, desacato a las resoluciones de la ONU, vulneración del derecho humanitario y desprecio a tribunales internacionales (como la Corte Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia) sientan un nefasto precedente: la sustitución de las leyes de la convivencia global por la arbitraria «ley del más fuerte» bajo la mirada en el «divide y vencerás».
  • La sociedad global en su conjunto: Perdemos todos por tener el corazón en vilo ante tanta amenaza económica, desestabilización constante y sombra de muerte. Vivir bajo la angustia perpetua del colapso y la inflación bélica degrada la salud mental y espiritual, además de la convivencia pacífica global.
  • La creación herida: Pierde la Tierra. En plena crisis climática, ingentes recursos financieros que deberían financiar la transición ecológica terminan alimentando una de las industrias más contaminantes e insostenibles del planeta: la producción y el uso de armamento.

2. La anestesia moral y la «nueva normalidad»

El mayor peligro del escenario actual no es solo la proliferación de ojivas o satélites espía; es la anestesia del pensamiento crítico. Se ha impuesto una pedagogía de la resignación que presenta la paz como un ideal trasnochado y el rearme masivo como el único pragmatismo posible.

En este consenso belicista, la ética parece haber guardado un cobarde silencio. La diplomacia se ha vuelto subsidiaria del cálculo de fuerzas y la violencia estructural se ha normalizado de tal forma que ya ni siquiera indigna. Nos acostumbramos a convivir con el conflicto permanente como quien convive con el mal tiempo.

Corremos el riesgo inminente de acabar normalizando las cosas malas que ocurren, integrándolas como algo ordinario que simplemente «pasa» y que permitimos pacíficamente con nuestra indolencia. Cuando la atrocidad se “cotidianiza” y la injusticia se vuelve rutina, la conciencia moral se atrofia. Permitimos que el horror pierda su capacidad de escandalizarnos, consintiendo tácitamente que el gasto en armas sustituya al pan de los vulnerables y que la fuerza bruta ocupe el lugar de la justicia social.

3. La memoria de Jesús: un desarme radical

Frente a la sacralización de la fuerza y la ley del más fuerte, la memoria del Galileo resulta profundamente incómoda. Jesús no fue un pacificador abstracto ni un teólogo distante; vivió bajo el yugo de un Imperio Romano fuertemente militarizado y resistió la tentación del mesianismo armado que promovían los sectores zelotas de su tiempo.

  • El rechazo a la espada: En el huerto de Getsemaní, la orden es rotunda: «Vuelve tu espada a su sitio» (Mt 26,52). Jesús desarticula el mito de que la violencia se combate con más violencia o que el mal puede generar un orden justo.
  • La subversión de las bienaventuranzas: Declarar bienaventurados a los artesanos de la paz no es un llamamiento al pacifismo pasivo, sino a una resistencia activa, comprometida y arriesgada en favor de la justicia.
  • El enemigo como hermano: Al desmantelar las fronteras nacionales y religiosas (como en la parábola del buen samaritano), Jesús derriba la piedra angular de todo rearme: la deshumanización del "otro" para poder apretar el gatillo.

La urgencia de una voz profética

Una fe adulta no puede ser cómplice, ni por acción ni por omisión, del ídolo del militarismo. Dios no habita en los arsenales, ni bendice los presupuestos de muerte, ni se alía con los dividendos de las corporaciones armamentísticas.

Es hora de romper el silencio ético. La comunidad cristiana está llamada a ejercer una desobediencia moral frente a la fascinación por la fuerza militar: exigiendo que el gasto público priorice la vida vulnerable, defendiendo el derecho internacional y reclamando una diplomacia profética y audaz. Si quienes decimos seguir a Jesús no alzamos la voz contra los mercaderes de la guerra, habremos perdido el sabor del Evangelio en la historia.

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