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La garra sobre América Latina: Teología de la Liberación contra el nuevo zarpazo neocolonial

Frente a las sanciones, la injerencia y la codicia imperial, la fe exige defender la soberanía de los pueblos

fe y resistencia

Hay una célebre frase atribuida a la historia política mexicana que resuena como un lamento en la memoria de América Latina: «¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!». Sin embargo, como enseñaron los mártires de la región —desde San Oscar Romero hasta los jesuitas de la UCA y tantas comunidades eclesiales de base anónimas—, Dios nunca ha estado lejos del dolor de los pueblos golpeados. Dios siempre ha caminado encarnado en el barro, en la siembra, en el trabajo diario y en las venas abiertas del continente agredido.

Hoy el mundo asiste con indignación profética al recrudecimiento de una vieja pesadilla geopolítica: el retorno descarado de las doctrinas de "zonas de influencia", la injerencia militar directa o encubierta, las sanciones económicas y bloqueos que ahogan a las familias trabajadoras, y la reactivación de un lenguaje neocolonial que vuelve a mirar a la región latinoamericana no como a una comunidad de pueblos soberanos, sino como a un "patio trasero" y un botín de recursos estratégicos para las potencias globales.

Frente a esta geopolítica de la dominación, la fe no puede permitirse el lujo de la neutralidad desde ninguna parte del planeta. No existe una fe neutra frente a la opresión.

El ídolo del capital y las "venas abiertas" del presente

Desde sus primeras formulaciones con teólogos como Gustavo Gutiérrez, la Teología de la Liberación dejó claro un principio de alcance universal: el pecado no es únicamente una falta personal e íntima; existe el pecado estructural, esa injusticia institucionalizada que mata lentamente a los inocentes.

Hoy, ese pecado estructural adopta la forma de la presión geopolítica, el chantaje financiero y la injerencia política desmedida. Cuando las potencias del Norte —con la complicidad servil de élites locales— desestabilizan naciones, imponen medidas coercitivas o amenazan con la fuerza para asegurarse el control del litio, el petróleo, el agua o la biodiversidad, no están haciendo simplemente diplomacia: están levantando altares a Mammon, al ídolo del capital que exige sacrificios humanos en forma de miseria, migración forzada y muerte prematura.

Resulta escandaloso ver cómo se pretenden justificar agresiones contra la soberanía en nombre de una supuesta "democracia" que huele a intereses corporativos y comerciales. El Evangelio de Jesús jamás estará al servicio de imperio alguno. Jesús denunció con firmeza el poder aplastante del Imperio Romano y desnudó el cinismo de los poderosos que se hacían llamar a sí mismos "benefactores" (Lc 22, 25).

Una fe encarnada contra la anestesia espiritual

La gran tentación de cierto sector religioso en todo el mundo siempre ha sido la evasión: proponer un consuelo intimista, una espiritualidad desencarnada que mire al cielo mientras se pisa al hermano en la tierra. Pero una fe que guarda silencio ante las agresiones exteriores y el atropello a la soberanía de las naciones no es fe cristiana: es opio, es anestesia y es complicidad con el faraón de turno.

América Latina posee una profunda memoria martirial de la que toda la Iglesia universal puede aprender. El Dios del Evangelio no es el Dios de las cañoneras, de los bloqueos ni de las transnacionales despojadoras. El Dios bíblico es el Libertador y Defensor, el que escucha el clamor de su pueblo sometido a esclavitud y baja a liberarlo (Ex 3, 7-8).

Defender la soberanía de los pueblos latinoamericanos, su derecho inalienable a decidir su propio destino sin tutelas imperiales y a disponer de sus propios bienes comunes para alimentar a sus hijos, no es una cuestión exclusiva de una geografía: es un imperativo teológico y humano de primer orden para cualquier creyente en el mundo.

El papel profético de la Iglesia en la hora presente

Frente al rebrote del intervencionismo y la arrogancia de los poderes mundiales, la comunidad creyente debe romper la anestesia de la indiferencia y levantar la voz desde cualquier latitud:

  1. Desenmascarar la teología del imperio: Denunciar con firmeza a quienes instrumentalizan el nombre de Dios o apelan a unas presuntas "raíces occidentales y cristianas" para bendecir la agresión militar, el despojo o la asfixia económica.
  2. Reafirmar la opción preferencial por los pobres: Recordar que los verdaderos sujetos de la historia son los pueblos empobrecidos y organizados. Su dignidad no se negocia ni se vende en los mercados de influencia geopolítica.
  3. Tejer solidaridad internacionalista: Construir puentes entre las iglesias del Sur y del Norte para denunciar, desde el propio corazón de las metrópolis europeas y occidentales, las políticas imperiales que despojan a las naciones hermanas.

La Pascua de los pueblos

América Latina ha resucitado de muchas noches oscuras: de la barbarie del colonialismo histórico, de las dictaduras militares impuestas desde el exterior y de los ajustes económicos que sembraron dolor. Y volverá a ponerse en pie.

Frente a la garra que pretende asfixiar de nuevo la independencia de estos pueblos, la Teología de la Liberación mantiene viva la llama de la esperanza: la última palabra no la tienen los portaviones, ni los decretos unilaterales, ni los mercados financieros. La última palabra es de la Vida, de la Justicia y del Dios que «derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes» (Lc 1, 52).

Ningún país ni continente es el patio trasero de nadie. América Latina es tierra sagrada del clamor de los pobres, taller donde se amasa el pan de la fraternidad y suelo y un hermoso espacio donde el Resucitado sigue caminando con rostro mestizo, indígena y popular.

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