La grieta en la frontera cofrade: cuando la misericordia desmantela el juicio

Satué reabre el debate desde Cádiz para todo el mundo cofrade: ¿escaparate de pureza o espacio de acogida incondicional?

La grieta en la frontera cofrade
La grieta en la frontera cofrade

El inicio del curso de formación cofrade en el Consejo de Hermandades de Cádiz, celebrado en este comienzo de noviembre de 2026, no ha sido un trámite discursivo ni un mero saludo protocolario. Que el obispo de Málaga, monseñor José Antonio Satué, haya sido el encargado de pronunciar la conferencia inaugural en la diócesis vecina no es un detalle menor de agenda. Al llevar su reflexión fuera de los límites de su propia diócesis, el prelado ha puesto de manifiesto que el reto de la inclusión no responde a una estrategia local, sino a una urgencia eclesial que atraviesa a todo el catolicismo popular andaluz. Su intervención ha abierto una saludable grieta en la arquitectura tradicionalista del ámbito cofrade al pedir de forma directa, explícita y sin subterfugios que las hermandades sean comunidades abiertas a la acogida de parejas del mismo sexo y de personas divorciadas vueltas a casar.

Para valorar el alcance de este posicionamiento conviene huir de la anécdota y mirar la densidad del contexto. El universo de las hermandades constituye el tejido social y devocional más vigoroso de nuestro entorno, una fuerza viva capaz de articular solidaridad de base, cultura y sentido de pertenencia en pueblos y ciudades. Sin embargo, no se puede ignorar que este mismo cosmos ha estado históricamente atravesado por inercias conservadoras, esquemas marcadamente patriarcales y una moral normativa donde la apariencia pública y la conformidad con la regla a menudo han pesado más que la vida concreta de las personas.

Durante décadas, la pertenencia activa a una corporación —desde el trabajo de las labores internas y la hermandad hasta el orgullo de portar una túnica o una insignia— ha estado tamizada por juicios implícitos sobre la moralidad de los hermanos. Que la llamada a la acogida nazca de la voz de un pastor e interpela con nombres y apellidos la realidad de quienes con frecuencia han debido vivir su fe en el margen o bajo la sombra de la sospecha quiebra la tentación del "filtro excluyente" en la puerta del templo. No se trata de ofrecer un rincón de tolerancia condescendiente en la procesión, sino de reconocer la plena dignidad eclesial en el seno de la fraternidad.

Desde el punto de vista ético y eclesiológico, no estamos ante una concesión táctica a la modernidad ni ante un ajuste de imagen para no perder cuota de mercado social. Al contrario: se trata de una recuperación radical del Evangelio. La paradoja de muchas corporaciones ha sido cuidar con minuciosidad casi obsesiva la orfebrería, el bordado y la ortodoxia exterior del culto, mientras se mantenía una distancia cautelosa hacia las existencias complejas, discontinuas o no normativas. El recordatorio episcopal devuelve el centro de gravedad a donde nunca debió salir: la persona herida y la caridad auténtica por encima de la impecabilidad legal, así como la igualdad y la justa e inalienable dignidad humana de todos.

Una hermandad que se limite a ser un gran escaparate patrimonial, folklórico o identitario, pero resulte incapaz de abrazar la diversidad del tejido humano que la rodea, corre el riesgo de vaciarse por dentro. Animar a las corporaciones a acoger sin exigir previamente certificados de perfección moral implica transformar el paternalismo en verdadera fraternidad. Es recordar que la cruz que recorre nuestras calles no es un trofeo reservado a los puros, sino el refugio y el consuelo encarnado para quien busca sentido en mitad de la intemperie. También podríamos plantearnos seriamente por qué a estas personas señaladas, y tantas veces marginadas también en el seno de la Iglesia, se las considera “impuras”. Bueno, esto daría para cuatro o cinco artículos…

En un tiempo sociológico marcado por el repliegue identitario, la polarización y la tentación de atrincherarse en lo conocido, este gesto actúa como un soplo de aire fresco en las naves del mundo cofrade. Como era de prever, esas palabras valientes y necesarias le han acarreado duras críticas desde gran parte del sector, con reacciones que van desde el socarrón "vaya con la sinodalidad" hasta las descalificaciones que lo mandan directo al infierno. Queda claro que apoyo a mi obispo en sus declaraciones porque ha sido no solo valiente, sino profundamente evangélico y especialmente necesario para los tiempos que corren. Demuestra que custodiar la tradición no consiste en venerar las cenizas, sino en mantener vivo el fuego, ya que la única manera evangélica de cuidar la fe popular es haciendo de cada casa de hermandad un espacio donde nadie tenga que ocultar quién es ni cómo ama para sentirse, al fin, en su propia casa.

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