¿"Esta es la juventud del Papa"?

Una reflexión sobre la tentación de confundir el éxito de las estadísticas con la verdadera transformación evangélica

Pareciera que el futuro cristiano en España está ya garantizado
Pareciera que el futuro cristiano en España está ya garantizado

Todavía resuena en los grandes encuentros eclesiales ese cántico entusiasta, casi coreado como un mantra de identidad: «¡Esta es la juventud del Papa!». Es imposible no contagiarse, al menos por un instante, de la energía, el color y el ruido de miles de jóvenes que saltan y cantan en nombre de la fe. Sin embargo, cuando los ecos de la megafonía se apagan y los autobuses regresan a sus diócesis, uno no puede evitar que le asalte una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuál es, verdaderamente, la juventud del Papa hoy?

Hacerse esta pregunta no nace del reproche, sino de la honestidad evangélica. En mi época, el panorama era muy distinto. Recuerdo bien que muchos de los jóvenes pasaban olímpicamente de Dios. Pero los pocos o muchos que nos entusiasmábamos con el Evangelio, teníamos una certeza grabada a fuego: Jesús nos invitaba a transformar el mundo, a mancharnos las manos y a darnos por entero a los demás. Quizá éramos unos ingenuos o terriblemente idealistas, no lo niego. Pero aquel idealismo se traducía en carne, en compromiso social y en misión. Nos entregábamos en los barrios, en las periferias de nuestra zona, y no pocos terminaban "cruzando el charco", desafiando mares y océanos para desgastar la vida en el Tercer Mundo. La fe era, ante todo, una vocación de transformación y justicia.

Hoy, evidentemente, son otros tiempos. Estamos ante otra generación que se mueve con unos códigos culturales y psicológicos completamente distintos. Y en un análisis crítico, pero profundamente respetuoso con ellos, da la impresión de que la fe actual se mueve con frecuencia en el terreno de las emociones, como si fueran estrellas fugaces: brillan con una intensidad cegadora en un momento de adoración, en un concierto o en una convivencia de fin de semana, pero corren el riesgo de extinguirse con la misma rapidez con la que aparecieron si no encuentran un sustrato de compromiso real.

Esta es la juventud del Papa
Esta es la juventud del Papa

Esto nos obliga a hacernos un serio examen de conciencia eclesial: ¿Estamos evangelizando verdaderamente a la juventud o nos estamos conformando con crear espacios que hagan crecer el número de las estadísticas porque les sirven simplemente como un lugar de refugio y pertenencia?

Vaya por delante mi absoluto respeto a los grupos emergentes de la Iglesia actual, a los movimientos nuevos y al arraigo de tantas cofradías que sostienen la fe popular (¿o habría que tacharlas de “populistas”?). Sé que nadie tiene el derecho a erigirse con la patente de Dios ni a dictar en exclusiva cómo debe manifestarse el Espíritu. Pero, desde ese mismo respeto, me cuestiono si no estaremos midiendo la salud de nuestra Iglesia con el termómetro equivocado, confundiendo la calidad con la cantidad.

La tentación del número y del poder es vieja, tan vieja como el propio cristianismo. Tendemos a pensar que más es mejor, pero la historia de la salvación nos dice exactamente lo contrario. Fueron apenas once apóstoles los que cambiaron el rumbo de la historia, transformados no por una emoción pasajera, sino por el Espíritu de Cristo Resucitado. Y aquella Iglesia naciente no creció al amparo de las masas, sino siendo perseguida, incomprendida y tantas veces humillada. La historia nos demostró dolorosamente que la humanidad no fue más cristiana por el hecho de que el cristianismo pasara de ser una religión perseguida a convertirse en la religión oficial del Imperio. Al contrario, cuando ganamos en número y poder político, muchas veces perdimos el sabor del Evangelio.

Por eso, no nos confundamos: el éxito de la pastoral juvenil no se mide por el aforo de un estadio ni por los likes en las redes sociales de los nuevos movimientos. Se mide por la capacidad de generar hombres y mujeres nuevos, críticos, compasivos y entregados a los que sufren. No busquemos la seguridad de las masas. Volvamos a la radicalidad de los pocos que, movidos por el Amor, están dispuestos a transformar el mundo desde abajo.

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