¿Qué le queda a la democracia cuando la ultraderecha promete orden y mano dura "como Dios manda"?

Frente al auge de la "limpieza" autoritaria y el nuevo fariseísmo, la urgencia de defender la eficacia desde la solidaridad y los derechos

Dos caminos
Dos caminos

El atractivo de la ultraderecha en la actualidad no es ningún misterio. En un mundo desgastado por la burocracia, la lentitud institucional y la constante sensación de impunidad, la promesa del autoritarismo actúa como un imán. Frente a la complejidad del debate político, este movimiento ofrece una narrativa seductora: rapidez, "limpieza" a todos los niveles y un manotazo en la mesa para colocar las cosas en su sitio "como Dios manda".

Sin embargo, ese manotazo no es más que una trampa conceptual. Los atajos autoritarios exigen apartar las instituciones, los contrapesos y los derechos fundamentales que estorban la voluntad del líder. Y cuando el poder elimina los frenos en nombre de la eficacia, la protección del ciudadano de a pie desaparece con ellos.

1. El secuestro teológico: Lo que Dios "manda" y la moral farisaica

Resulta paradójico —y profundamente tramposo— que la ultraderecha recurra constantemente a la retórica del orden divino para justificar el recorte de derechos. Cuando apelan a hacer las cosas "como Dios manda", manipulan lo sagrado para vestir de virtud lo que en realidad es intolerancia.

Cualquier análisis crítico revela que Dios precisamente no manda la exclusión ni el castigo sumario:

El mandato real es la solidaridad: Las bases espirituales que la ultraderecha dice defender no exigen muros ni mano dura, sino el amparo al vulnerable, la acogida al extranjero y el amor al prójimo.

El nuevo fariseísmo: La ultraderecha opera bajo una moral estática, rígida e inmóvil. Igual que los fariseos del texto bíblico, se prioriza la norma de fachada, el castigo y la pureza de grupo por encima de la compasión y la justicia social.

La "limpieza" como rechazo: Bajo el eufemismo de "limpiar" la sociedad, se camufla el desprecio a quien piensa diferente, a las minorías o a los necesitados, basculando la ética del cuidado hacia la del castigo implacable.

Usar el nombre de la divinidad para desmantelar la empatía no es defender la fe; es utilizar la religión como un martillo político.

2. La seducción del atajo y el auge reaccionario

El avance de esta corriente extremista triunfa porque conecta con la impaciencia y el hartazgo generalizados. En este punto, resulta imprescindible reconocer que el auge de las opciones ultras es consecuencia directa de las deficiencias, la ineficacia y la corrupción de la propia praxis democrática. Sin embargo, nada de esto justifica la adopción de una metodología autoritaria: en este caso, el remedio es infinitamente peor que la enfermedad.

La extrema derecha se apoya en tres palancas de propaganda que son germen de cualquier dictadura:

  1. La ilusión del golpe de efecto: Convencer a la sociedad de que problemas estructurales complejos (inseguridad, inflación, migraciones) tienen soluciones mágicas que solo exigen "mano firme".
  2. La prisa contra la garantía: Vender la lentitud de la justicia y el consenso parlamentario como ineficacia, justificando el gobierno por decreto y la imposición.
  3. El miedo como combustible: Alimentar la paranoia colectiva para que la ciudadanía entregue voluntariamente sus libertades a cambio de una falsa sensación de seguridad.

3. Las opciones de la democracia para rearmarse

Para frenar esta ola reaccionaria, la democracia no puede quedarse en el discurso ni en la simple resistencia nostálgica. Si quiere sobrevivir, debe demostrar que es capaz de ser resolutiva sin volverse autoritaria.

A. Eficacia real sin perder las garantías

La democracia debe agilizar sus procesos. Garantizar derechos no tiene por qué ser sinónimo de parálisis burocrática. Una administración rápida, cercana y ágil es la mejor vacuna contra quienes prometen atajos antidemocráticos.

B. Seguridad material frente al miedo

El extremismo prospera donde hay desamparo. Cuando la ciudadanía no puede pagar el alquiler o ve amenazado su futuro, busca respuestas drásticas. Garantizar certezas económicas, vivienda y sanidad es desmontar el caladero de votos de la ultraderecha.

Un Estado que cuida y protege a su gente de forma tangible reduce drásticamente la tentación social de buscar refugio en la mano dura.

C. Defensa pedagógica de las instituciones

Es urgente explicar por qué existen los contrapesos y los derechos. No son privilegios ni caprichos burocráticos: son el único escudo protector que evita que el gobernante de turno pueda aplastar libremente al ciudadano.

D. Participación frente al inmovilismo

Votar cada cuatro años resulta insuficiente ante la velocidad del mundo actual. Se necesitan canales de participación más directos, locales y comunitarios que devuelvan a las personas el sentido de pertenencia y el control sobre su entorno cotidiano.

Un camino de libertad

La respuesta al auge de la ultraderecha no es copiar su autoritarismo ni asumir su moral represiva. Las soluciones tajantes e impuestas solo duran hasta que el autoritario decide que el siguiente en la lista para ser "limpiado" eres tú.

A la democracia le queda la vía más exigente, pero la única viable: demostrar que la verdadera firmeza no está en la imposición farisaica, sino en la capacidad de proteger a todos con justicia, eficacia y humanidad.

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