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¿Musulmán el que no bote? Solo les importa el 55% de Ceuta que no es musulmán

Ceuta como coartada política y excusa de acoso y derribo

Ceuta, ciudad diversa y casa intercultural e interreligiosa

El derecho a la protesta ciudadana, la crítica al Ejecutivo y la exigencia de soberanía sobre Ceuta son expresiones plenamente legítimas e indispensables dentro de una democracia madura. Se puede y se debe exigir responsabilidades a un Gobierno, manifestarse con firmeza como ciudadanos concienciados y solidarizarse con los españoles de Ceuta. Pero con todos los ceutíes, sin excepción ni distinción de fe. Sin embargo, en toda movilización pública, quienes se echan a la calle no solo interpelan al poder: se retratan a sí mismos a través de sus propias consignas y comportamientos.

Ahí están las grabaciones que circulan en redes sociales y medios de comunicación que no dejan lugar a dudas. Aunque no se pueda generalizar a la totalidad de los asistentes, los vídeos documentan cómo, en varias de estas convocatorias, la proclama territorial deriva con extrema facilidad en el cántico tribal: «Musulmán el que no bote» o en invectivas abiertas contra lo árabe. A esta deriva verbal se suma un clima de crispación instrumentalizado donde la presencia de grupos radicales ultras —como los sectores de Núcleo Nacional u otros colectivos de extrema derecha— busca apoderarse del descontento social para agenda propia.

Utilizan cualquier pretexto —desde la sobreexposición mediática del caso Aldama y la confrontación político-institucional hasta las recurrentes tensiones fronterizas— no con el fin genuino de apoyar a la sociedad ceutí ni de buscar soluciones reales a sus problemas estructurales, sino para echar gasolina al fuego que ya se había derramado. Lejos de ayudar a superar el conflicto o aportar luz a la ciudadanía, esta estrategia busca deliberadamente enquistarlo aún más. No se pretende clarificar la verdad ni limpiar las instituciones de la vida pública, sino incendiar la calle como herramienta de presión. La meta oculta de estas dinámicas no es cuestionar o exigir cuentas a un Gobierno desde la legitimidad democrática, sino intentar derrocarlo a través de las malas artes de la provocación, la desestabilización y la violencia callejera.

En ese preciso instante, cuando los sectores ultras arremeten contra las fuerzas de seguridad provocando cargas policiales para alterar el orden público, o cuando persiguen y acosan a periodistas en pleno directo para evitar que se informe con libertad, la protesta se desfigura por completo. Quienes participan o jalean semejantes actitudes no solo deslegitiman su causa, sino que retratan la auténtica naturaleza de su agitación y desmontan estrepitosamente su propio relato "patriótico".

El problema central no es la protesta en sí, sino el cortocircuito lógico e infranqueable en el que incurre quien pretende enarbolar la bandera de Ceuta mientras estigmatiza a sus propios vecinos. La ecuación es incontestable:

La realidad ceutí: Ceuta es un tejido humano multicultural donde aproximadamente el 45% de la población son españoles de fe musulmana, enraizados en la ciudad desde hace generaciones.

El autorretrato del cántico: Gritar «Musulmán el que no bote» en una marcha que dice defender a la ciudad implica, por pura lógica, declarar excluidos a casi la mitad de los propios ceutíes.

Lo peor de toda esta deriva es la peligrosa resucitación de un axioma que se creía desterrado del imaginario colectivo: entender que para que Ceuta sea plenamente española debe dejar de ser islámica. Que me perdonen, pero esta identificación excluyente entre identidad nacional y confesión religiosa retrotrae a dinámicas oscurantistas que pensábamos que la sociedad española ya estaba comenzando a superar. España no es el nacionalcatolicismo. La identidad de una España moderna, democrática y constitucional no se define por la uniformidad confesional ni por la expulsión simbólica del diferente, sino por la pluralidad, la tolerancia y una ciudadanía basada en la plena igualdad de derechos y deberes.

Con sus propios actos y palabras, quienes participan de esta escalada de crispación revelan que la defensa de Ceuta es una mera coartada política. La ciudad y el bienestar de su gente no les importan como una comunidad real de vecinos que intenta progresar día a día; les importa únicamente como un fetiche geopolítico que agitar desde la Península para alimentar la polarización ideológica y erosionar al Gobierno a cualquier precio. Cuando la consigna incita al odio, los ultras buscan el choque deliberado con la policía y la prensa es hostigada por cumplir con su deber de informar, la causa legítima se evapora por completo y queda al desnudo el prejuicio de quienes solo buscan usar a Ceuta como munición electoral.

Desde una ética guiada por los valores evangélicos más profundos, este tipo de derivas exige un discernimiento crítico, riguroso e inflexible. Resulta especialmente doloroso y blasfemo que se pretenda revestir este rechazo o este clima de violencia con el manto del "humanismo cristiano" o la "defensa de las raíces". No hay nada más radicalmente ajeno e incompatible con el Evangelio de Jesús de Nazaret que la violencia, la división artificial entre personas y el desprecio al vecino por razón de su fe. El mandato del amor al prójimo y la fraternidad universal no admiten excepciones ideológicas ni aduanas patrióticas.

Los ceutíes de confesión musulmana no son invitados de piedra en su propia tierra ni españoles bajo sospecha: son ciudadanos de pleno derecho que construyen país y hacen patria a diario. Quienes en una manifestación deciden cruzar la línea roja de la exigencia política justa para adentrarse en la provocación, la agresión al informador, la xenofobia, la confrontación institucional o la estigmatización no están protegiendo a Ceuta; lejos de ello, sabotean y perjudican abiertamente la causa de aquellos manifestantes que acudieron con una inquietud legítima y de buena fe. Al dejarse arrastrar por los ultras, terminan retratándose ante la opinión pública y agrietando gravemente lo único que sostiene a una comunidad viva: la convivencia pacífica entre iguales.

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