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No podemos salvar el planeta con la misma teología que nos enseñó a dominarlo: Los gritos de los pobres, las mujeres y la tierra son el mismo clamor

Releer lo sagrado con voz de mujer y olor a tierra

Releer lo sagrado con voz de mujer y olor a tierra

Seamos honestos. Durante demasiado tiempo nos han vendido una espiritualidad aséptica, con olor a incienso rancio y a sala de juntas. Nos enseñaron a mirar hacia arriba, buscando a un Dios varón, todopoderoso, arquitecto de un universo que había puesto a nuestros pies para que lo domináramos, lo exprimiéramos y, de paso, lo asfixiáramos.

Pero el guion se ha roto. Y menos mal.

Hoy, la teología ya no se escribe desde los despachos acolchados de la ortodoxia clerical, sino desde el barro. Estamos presenciando un cruce de caminos fascinante y urgente: el abrazo entre la teología de la liberación y la espiritualidad ecofeminista. No es una moda académica; es una cuestión de pura supervivencia.

El mismo grito, la misma herida

Si algo nos enseñó la teología de la liberación es que Dios no es neutral. Dios toma partido y acampa siempre en los márgenes, al lado de quienes el sistema tritura. Pero el ecofeminismo ha venido a hacernos una pregunta aún más aguda: ¿Quiénes son hoy los más triturados?

La respuesta duele por su evidencia. Hay una conexión íntima, casi obscena, entre la forma en que el patriarcado y el capitalismo han tratado a la Tierra y la forma en que han tratado a las mujeres. A ambas se las ha considerado recursos inagotables, objetos de conquista, cuerpos destinados a dar, sostener y callar. El extractivismo que tala la Amazonía es hijo de la misma lógica de dominación que silencia a las mujeres en las asambleas, precariza sus trabajos de cuidados y violenta sus cuerpos.

Leer la Biblia con los pies descalzos

¿Qué hacemos entonces con nuestros textos sagrados? Porque, no nos engañemos, la Biblia ha sido utilizada demasiadas veces como un manual de sumisión. Se han entresacado versículos con pinzas para justificar que la mujer calle en la iglesia o que el ser humano someta a la naturaleza.

Aquí es donde entra la hermenéutica de la sospecha, pero yo prefiero llamarlo leer con los ojos de los últimos.

Releer los textos desde los márgenes significa descubrir que el Dios de Jesús no manda callar a las mujeres; las hace las primeras testigos de la Resurrección (con el escándalo que eso suponía en su época). Significa darnos cuenta de que la salvación no es un billete de huida hacia un cielo etéreo, sino la redención de esta tierra.

Cuando leemos los Evangelios desde la sensibilidad ecofeminista, Jesús deja de ser un monarca celestial para mostrarse como lo que fue: un campesino de Galilea, profundamente conectado con los ciclos de la siembra, con los lirios del campo, y que eligió la vulnerabilidad y el cuidado frente al poder imperial.

La revolución de los cuidados como lugar teológico

La espiritualidad que nace de este cruce no busca conquistar el cielo, sino sanar la tierra. Es una mística de ojos abiertos. Nos invita a pasar del paradigma del "dominio" al paradigma del "cuidado".

Esto supone una fe:

1. Encarnada

Que entiende que reciclar, defender un río de la contaminación de una multinacional o luchar por la igualdad salarial son actos profundamente eucarísticos y espirituales.

2. Comunitaria

Que rompe con el individualismo religioso del "sálvate tú". Aquí nos salvamos en red, en comunidad, reconociéndonos eco-dependientes e interdependientes.

3. Despatriarcalizada

Que se atreve a nombrar a Dios desde la Ruah (el Espíritu en femenino), desde la Sabiduría, desde la madre que amamanta y sostiene.

No estamos ante una rebaja de la fe cristiana, sino ante su rescate. Volver a las raíces siempre es un acto subversivo. Si nuestra teología no nos empuja a defender la dignidad de cada mujer, si no nos hace temblar ante la tala de un bosque primario, ni nos hace cuestionar nuestros propios privilegios... entonces, sinceramente, es mejor que cerremos el chiringuito y dejemos de usar el nombre de Dios en vano.

El Espíritu está soplando fuerte desde la periferia. Huele a tierra mojada, tiene manos curtidas por el trabajo y voz de mujer que ya no pide permiso para tomar la palabra. Bendita incomodidad.

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