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¿Por qué nos pesa tanto el yugo? La paradoja de una fe que fatiga

Cuando la doctrina ahoga la libertad: interrogar el cansancio de nuestra fe para soltar las imágenes torpes de Dios y atrevernos, al fin, a ser felices

Pixabay. Gracias goranh-little-angel-3768426

Vaya por delante mi disculpa. Empiezo estas líneas pidiendo perdón por las posibles tonterías que pueda escribir hoy. O quizás no sean tonterías, sino simplemente la necesidad de desnudar el alma, de mostrar mis flaquezas y compartir esas dudas que, en el silencio de la noche, nos asaltan a casi todos, aunque en los templos y en nuestras comunidades y asociaciones simulemos tenerlo todo claro. Hoy no escribo desde la cátedra, sino desde el barro de mi propia contradicción. Gracias Jose (Boby) por haberme inspirado, una vez más, a reflexionar sobre cuestiones como estas, las cuales hoy cristalizan en un artículo que aún considero incompleto.

Hay un pasaje que nos sabemos de memoria, casi como un mantra de autoayuda eclesial: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Suena precioso. Es poético, es reconfortante, es el abrazo que todos buscamos. Pero seamos honestos: ¿por qué la realidad de nuestra Iglesia y de nuestras vidas desmienten en numerosas ocasiones este versículo a diario? ¿Qué es lo que está fallando para que, en lugar de alivio, tantos creyentes sientan que la fe es una mochila cargada de piedras?

Descartemos la respuesta fácil. No es una simple cuestión psicológica, un problema de "gestión del estrés" o de baja autoestima que se cura con tres sesiones de terapia. El problema cala mucho más hondo. Es el peso de una doctrina heredada que, por más que queramos y nos esforcemos, como si creciera entre espinos, no nos deja crecer en libertad.

A menudo me da la sensación de que la gran mayoría —esos "no agraciados" que quizás no tenemos la finura espiritual para diseccionar la verdad evangélica— vivimos una fe que no nos hace del todo felices. Y si la fe no te hace feliz, algo está profundamente roto.

Las tres hipótesis del cansancio

Ante este cortocircuito entre la promesa de Jesús y nuestra fatiga existencial, solo caben tres caminos para interrogar la realidad:

a. La sospecha de la mentira: ¿Y si el Evangelio es una hermosa estafa? ¿Una utopía inalcanzable que solo sirve como un horizonte que se desplaza a cada paso, condenándonos a morir en el intento de ser felices sin alcanzar jamás lo prometido? Si solo funciona como una anestesia de esperanza para el más allá, entonces hemos convertido a Jesús en el promotor de una frustración perpetua.

b. La trampa de la precomprensión heredada: Esta es, a mi juicio, nuestra gran herida. Hemos recibido una doctrina mediatizada por el miedo, el control y el deber ser. Una estructura mental que nos inocula una "conciencia infeliz". Se nos ha enseñado a desconfiar de nosotros mismos, de nuestros deseos y de nuestra libertad, convirtiendo el "yugo suave" en un potro de tortura moral. Queremos volar, pero arrastramos las cadenas de un Dios contable que apunta nuestras faltas en un libro de registro.

c. La incapacidad de parar: Vivimos en la sociedad del rendimiento, y hemos metido ese virus en la vida espiritual. Consumimos experiencias religiosas, devoramos retiros, acumulamos oraciones y exigencias pastorales como quien llena el carrito de la compra, creyendo erróneamente que "acumular" vivencias, ritos o conceptos nos acercará a la paz que nos falta. Contra esta ansiedad por rendir, por saber y por hacer, el místico de Loyola nos dejó una advertencia que desarma nuestra necesidad de control: "No el mucho saber harta y satisface al ánima, sino el sentir y gustar de las cosas internamente." (San Ignacio de Loyola: Ejercicios Espirituales, 2)

Volver a la sabiduría del "descanso" ignaciano

Frente a la fe del activismo y de la culpa, urge rescatar la tremenda lucidez de Ignacio de Loyola. En sus Ejercicios, el santo de Loyola nos regala un principio de una humanidad revolucionaria: llevar adelante aquello que "descansadamente" podamos. Ignacio sabía que forzar la máquina del espíritu solo produce monstruos, rigidez y, en última instancia, abandono o neurosis.

El descanso no es pereza; es teología pura. Es la capacidad de pararse y quedarse allí donde Dios habita, sin necesidad de "consumir" momentos, ni ritos, ni metodologías espirituales. Dios no se encuentra al final de una maratón de esfuerzo humano, sino en el reconocimiento humilde de nuestra debilidad.

Si el Evangelio de Jesús es verdad, su yugo tiene que ser suave por una sola razón: porque no lo llevamos nosotros solos. Lo que falla no es la promesa del Maestro, sino el "peaje" que la estructura y nuestra propia mente le han cobrado a esa promesa.

Quizás el primer paso para aliviar el agobio sea tener la valentía de confesar, como hago yo hoy, nuestras flaquezas. Admitir que estamos cansados de intentar ser cristianos felices según los manuales, y empezar a ser, simplemente, discípulos vulnerables que se atreven a reposar la cabeza en el pecho del Dios que nos quiere libres, sanos y, sobre todo, felices.

Y para lograrlo, tal vez debamos volver a aquella oración desnuda, casi desesperada, que brotó del pecho de Carlos de Foucauld ante ese Dios que apenas podía ver en la penumbra de su búsqueda: «Dios mío, si existes, haz que te conozca». Haz que te conozca como verdaderamente eres y no la imagen que hemos ido construyendo torpemente de ti con nuestros miedos, normas y doctrinas asfixiantes. Porque solo así sé que acertaré y seré, al fin, feliz.

TO BE CONTINUED...

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