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Cuando la política pretende ser religión

Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios: un soplo de cordura en la España crispada

Al césar lo del César, pero a Dios lo de Dios

Hay días en los que abrir los periódicos o encender la televisión en España genera una sensación sofocante. Vivimos atrapados en un clima de trinchera permanente, donde la política se ha vuelto visceral y sectaria. Todo se reduce a estar a favor o en contra, con nosotros o contra nosotros. Y lo más sangrante es ver cómo, con demasiada frecuencia, se intenta arrastrar a la fe y a la Iglesia a ese barro, utilizándolas como arma arrojadiza para ganarse el aplauso de unos pocos o alimentar el resentimiento de otros.

Por eso conviene volver a esa escena evangélica tan humana y tan cotidiana: Jesús, rodeado de gente que intentaba acorralarlo con una pregunta trampa sobre los impuestos. Su respuesta no fue un eslogan ni una consigna de partido, sino una lección magistral de sentido común. Al pedir la moneda y recordar que lo del César es del César y lo de Dios es de Dios, trazó una frontera saludable que hoy en España necesitamos redescubrir con urgencia.

Aterrizemos esto en nuestra realidad diaria. ¿Qué es hoy «lo del César»? Es el ámbito de las leyes, de las instituciones, de la gestión pública y del debate político. A los políticos les exigimos que gobiernen para todos, que busquen el bien común, que gestionen con honradez y que dejen de tratar al adversario como a un enemigo a batir. La fe no está para imponer decretos a golpe de catecismo en una sociedad plural como la española, ni la Iglesia necesita privilegios trasnochados para cumplir su misión. La laicidad, bien entendida, no es enemiga de los creyentes; es la garantía de que todos cabemos en la misma casa sin que nadie imponga su visión por la fuerza.

Pero el problema surge cuando el «César» de turno se olvida de sus límites y pretende ocuparlo todo: las conciencias, la moral, la forma de sentir y hasta el lenguaje. Ningún partido, ninguna ideología ni ningún gobierno tiene el monopolio de la verdad ni de la dignidad humana. La persona no pertenece al Estado, y ahí es donde entra «lo de Dios».

Lo de Dios no es una doctrina abstracta ni un conjunto de normas rígidas; lo de Dios es la vida de cada hombre y de cada mujer. Si la moneda del imperio llevaba grabada la cara del César, cada persona lleva dentro la imagen y el rostro de Dios. Por eso, darle a Dios lo que le pertenece significa algo tan sencillo y tan exigente como cuidar lo que Dios ama: la dignidad de las personas.

Conviene recordar, sin embargo, que esto no significa esconder la fe en la sacristía ni abonarse a la tibieza. En el fondo, toda teología es inevitablemente política, precisamente porque la fe es una manera pública de habitar el mundo, de encarnarse en la realidad y de comprometerse con el bien común. Pero política no significa partidismo. La fe nos sitúa en el mundo, pero no nos hace como el mundo ni nos pliega a sus dinámicas de poder. Quienes decimos seguir a Cristo —y, en realidad, cualquier persona con una conciencia despierta— no podemos convertirnos jamás en súbditos ciegos de unas siglas, ni en peones de un partido, ni en voceros que justifican lo injustificable solo porque «lo dicen los nuestros». Nuestra lealtad primera y última está con la verdad, con la justicia y con las personas de carne y hueso, jamás con un carné o una disciplina de voto.

En la España de hoy, darle a Dios lo que es de Dios significa no quedarse callados ante la injusticia, venga de donde venga. Significa mirar con compasión al vecino que no llega a fin de mes, al migrante que busca un futuro en nuestras costas, al anciano que sufre la soledad o al joven desesperanzado. Significa negarse a ver a quien piensa diferente como un adversario a destruir. La fe en el Dios de Jesús nos libera de la tentación de convertir los partidos en sectas y nos pide ser puentes donde otros levantan muros.

Cuando la política pretende ser una religión, se vuelve fanática y destructiva. Y cuando la religión pretende hacer política de bando, pierde su alma y traiciona el Evangelio. Nos conviene a todos, creyentes y no creyentes, recuperar la calma y la sensatez. Dejemos al César la tarea de gestionar lo público con transparencia y justicia, y guardemos para Dios —y para lo profundamente humano— el sagrado espacio de la conciencia, el amor al prójimo y el respeto sagrado por cada vida humana.

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