Refugiados de 1ª y de 2ª: Es más fácil amar a quien se nos parece

Un Dios que solo ama a los nuestros es un Dios demasiado pequeño para ser verdad

Un Dios de todos para todos
Un Dios de todos para todos

¿Cuánto pesa la vida de un "extraño"? El altar de nuestra indiferencia

A veces, la fe se parece demasiado a la geografía. Miramos el mapamundi y, sin darnos cuenta, aplicamos un filtro de importancia a las lágrimas según el lugar donde caen. Como cristianos en Occidente, nos hemos acostumbrado a una especie de "piedad selectiva" que debería hacernos temblar frente al espejo.

El espejo roto de la acogida

El Papa Francisco, en su charla con jóvenes en el documental Amén, Francisco responde puso palabras a una verdad que preferiríamos ignorar. Vino a decir que somos unos "clasistas" de la compasión. No hace falta ser un experto en política para verlo. Cuando la guerra golpeó a Ucrania, nuestras casas, iglesias y fronteras se abrieron de par en par. Vimos en el refugiado ucraniano a un hermano, a alguien "como nosotros".

Pero, ¿qué pasa cuando el rostro es diferente? El propio Francisco denunciaba que, si ese mismo dolor viene de África o de los escombros de Gaza, el protocolo cambia. Ahí la compasión se vuelve prudencia política y la acogida se convierte en control de fronteras. Es el escándalo de una caridad con filtros: hemos creado refugiados de primera y de segunda, como si el Imago Dei (la imagen de Dios) tuviera matices de piel o de pasaporte.

El sacrilegio de las banderas en el altar

El conflicto entre Ucrania y Rusia nos regala otra imagen desoladora: la de la fe secuestrada. Es el drama de una guerra entre hermanos de la misma pila bautismal. Ver a líderes religiosos bendecir tanques o justificar invasiones en nombre de una "reserva espiritual" es, sencillamente, un sacrilegio.

Nos preguntamos a menudo: ¿De qué lado está Dios? Y la respuesta nos incomoda porque no encaja en ningún bando. Dios no es un estratega militar ni un nacionalista. Dios no está en el misil que vuela, sino en el cuerpo que lo recibe. Dios no está a favor de una bandera, está a favor de la vida. Cuando dos personas rezan el mismo Padre Nuestro antes de dispararse, no están invocando al Dios de Jesucristo, sino a un ídolo fabricado para calmar la mala conciencia de la violencia.

La jerarquía del dolor: Una herida en el Evangelio

El silencio religioso frente a Gaza, comparado con el clamor por otras causas, revela una jerarquía del dolor que es profundamente anticristiana. Si nuestra voz profética solo se activa cuando el agresor es nuestro enemigo político, entonces nuestra voz no es de Dios: es solo el eco de nuestra propia ideología disfrazada de piedad.

La compasión que Jesús enseñó no sabía de geopolítica. El Buen Samaritano no se detuvo a preguntar si el herido en la cuneta compartía su visión del mundo o si su rescate era políticamente correcto. Se detuvo porque había un hombre roto.

Un clamor a la conciencia

No podemos seguir permitiendo que nuestra empatía sea un recurso limitado que solo repartimos entre quienes se nos parecen. El Evangelio nos llama a una coherencia incómoda: si lloramos por los niños en Kiev, pero nos encogemos de hombros ante los niños en Rafah, nuestro llanto es parcial. Si nos indignamos por la persecución religiosa, pero callamos ante el desprecio al migrante africano, nuestra indignación es selectiva.

El gran desafío del cristiano hoy no es ganar guerras culturales, sino derribar la aduana que hemos puesto en nuestro corazón. La paz no llegará mientras sigamos creyendo que hay vidas que valen más que otras. Al final del día, cuando nos presentemos ante el Creador, no nos preguntarán qué bandera defendimos, sino si fuimos capaces de reconocer Su rostro en el de aquel que el mundo decidió ignorar.

Es hora de que nuestra fe sea más grande que nuestros miedos. Porque un Dios que solo ama a los nuestros es un Dios demasiado pequeño para ser verdad.

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