El retorno a las formas antiguas: ¿Búsqueda de trascendencia o refugio ante la intemperie?

Entre la nostalgia del rito y el desafío de pisar el barro cotidiano

Entre el incienso y el barro
Entre el incienso y el barro

Hay un fenómeno que recorre discretamente —y a veces no tan discretamente— los pasillos de nuestros seminarios, las parroquias de barrio y los ambientes cofrades. Mientras la Iglesia global intenta avanzar hacia la sinodalidad, la escucha y el diálogo con la cultura contemporánea, un sector notable de sacerdotes y seminaristas jóvenes está haciendo el camino inverso: el regreso a la sotana de cuello rígido, los encajes, la liturgia de espalda al pueblo y una estética eclesial que muchos daban por archivada.

Pero esta corriente no se limita al ámbito clerical. A las parroquias y templos llegan también cada vez más jóvenes laicos —a menudo calificados cariñosamente o con cierta sorna como "capillitas"— que buscan exactamente lo mismo. Son chicos y chicas que se acercan al altar no siempre atraídos por el compromiso social o el discernimiento comunitario, sino buscando la seguridad de una sacralidad rígida, casi mágica. Un espacio cerrado donde todo está determinado, los ritos garantizan una protección divina sin exigencias de conversión interior y las normas claras calman la ansiedad de un mundo impredecible.

Conviene aclararlo desde el principio: no estamos aquí para juzgar la fe de cada uno; Dios sabe lo que hay en el corazón de cada persona y solo a Él le corresponde escrutar las intenciones más profundas. Pero no creemos que el repliegue en el celo ritual ni las seguridades de lo sagrado sean el camino para construir la comunidad viva que el Evangelio nos pide hoy.

La pregunta que surge en las comunidades no es estética, sino pastoral y teológica: ¿A qué responde esta fascinación por lo antiguo en las nuevas generaciones de clérigos y laicos?

Por un lado, sería injusto tacharlo todo de simple postureo o ideología. Vivimos en un mundo fragmentado, hiperconectado y lleno de incertidumbre. Para un joven creyente que decide vivir su fe en medio de una sociedad secularizada, la tradición sólida y las formas claras pueden ofrecer una sensación de certeza, identidad y trascendencia que no encuentra en otros sitios. Buscar belleza y sacralidad en la liturgia es una necesidad espiritual legítima.

Sin embargo, el riesgo empieza cuando la forma sustituye al fondo. Cuando el hábito o el rito no se usan como servicio, sino como escudo para marcar distancia con los demás o defenderse de la complejidad del mundo real. Ahí es donde reaparece la sombra del clericalismo y del elitismo espiritual que con tanta insistencia ha denunciado el Papa Francisco: la tentación de sentirse una casta superior —ya sea desde el presbiterio o desde el banco de la iglesia—, protegida por ropajes, incensarios y normas, en lugar de ser creyentes que caminan al lado de la gente en el barro cotidiano.

El verdadero desafío no es la ropa que viste un cura ni el celo ritual de un joven laico, sino el Evangelio que se encarna. Una fe que se repliega en la seguridad de lo sagrado y en la nostalgia corre el riesgo de volverse autorreferencial y volverse incapaz de abrazar las heridas de las periferias. Como bien recordaba el Papa Francisco al trazar el rumbo de una comunidad viva y abierta: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades».

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