El riesgo de la “primavera”: ¿Por qué nos asusta tanto la Iglesia de Francisco?
La resistencia a la Sinodalidad y el desafío de caminar juntos frente a quienes se aferran al invierno institucional
Escribir hoy sobre la Iglesia no es hablar de una institución estática, sino de un cuerpo vivo que late, que sangra y que, a ratos, parece contener la respiración. Estamos viviendo un momento histórico donde la tensión es casi tangible. Por un lado, tenemos el impulso de Francisco, ese hombre que llegó del fin del mundo para recordarnos que el Evangelio sabe a barro, a periferia y a abrazo; por el otro, nos topamos con una resistencia gélida, un sector que parece haber decidido que es mejor conservar las cenizas que avivar el fuego.
Lo que Francisco y ahora León nos proponen no es una reforma administrativa, sino una conversión del corazón que nos aterra. Nos aterra porque nos quita el paraguas de las certezas absolutas. Durante siglos, muchos se han sentido cómodos en una Iglesia que funcionaba como una aduana, donde se decidía quién pasaba y quién se quedaba fuera. Pero llegó Francisco y nos dijo que la Iglesia es un hospital de campaña, y claro, en un hospital de campaña las sábanas no siempre están blancas, hay ruido, barro y, sobre todo, no se pide el certificado de pureza antes de curar la herida.
Esa es la verdadera raíz de la resistencia. No es una disputa teológica intelectual; es miedo al descontrol. Se aferran a las normas con una rigidez que a menudo esconde una profunda inseguridad espiritual. Es esa "espiritualidad del cosmético" que prefiere un museo impecable antes que una casa habitada por gente real, con sus divorcios, sus dudas, sus orientaciones sexuales y sus búsquedas a tientas.
Resulta paradójico ver cómo los sectores ultraconservadores que se autodenominan "guardianes de la tradición" son los que más se alejan de la tradición de Jesús, que no fue un hombre de palacios ni de leyes excluyentes. La resistencia a la sinodalidad es, en realidad, un rechazo a la “mayoría de edad” del laicado. Les asusta una Iglesia donde la mujer no sea solo la que limpia el altar, sino la que piensa, decide y lidera. Les asusta una Iglesia donde el obispo huela a oveja y no a perfume de despacho.
Pero el reclamo de hoy tiene que ser una invitación a la valentía. No podemos permitir que la esperanza de tantos se marchite por el inmovilismo de unos pocos que prefieren el invierno. Francisco está abriendo ventanas, y aunque entre corriente y se vuelen algunos papeles, el aire es limpio.
La pregunta es si vamos a seguir siendo espectadores o si vamos a ser parte de esa Iglesia que se ensucia y que prefiere el riesgo de equivocarse antes que la parálisis de los perfectos. Porque al final, lo que permanecerá no serán los muros de doctrina que algunos levantaron, sino la huella de quienes se atrevieron a creer que la única norma suprema es la misericordia.