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¿Salvados por la motosierra? La escenificación del ultraliberalismo en España

Cuando la doctrina del «sálvese quien pueda» pretende redimirnos con abrazos de moqueta

Ayuso y Milei

Llegó la salvación. O, al menos, eso parecen sugerir los gestos teatrales de una puesta en escena perfectamente calculada. La imagen habla por sí sola: los brazos abiertos de par en par, las sonrisas de comedia televisiva, el alborozo desbordante entre escalones de piedra y reverencias institucionales. Quienes contemplan la escena podrían pensar que a España acaba de descender un maná celestial o que estamos ante un encuentro místico. Pero no hay redención divina ni milagrosa; lo que nos trae la visita de Javier Milei y su recepción entre aplausos es la consagración de una fe muy terrenal: el ultraliberalismo desalmado.

Ahí están, en ese abrazo escenificado que parece gritar «¡estamos salvados!», los representantes de un dogma que venera al mercado como único dios y a la desregulación como su profeta. Un credo que predica la retirada del Estado con la mística de una motosierra, reduciendo la justicia social a una «aberración» y el cuidado de los vulnerables a una simple molestia presupuestaria.

Esta ideología no solo normaliza la injusticia en lo local, sino que la globaliza sin pudor. En este engranaje de libre mercado sin anestesia ni contención, la globalización no está sirviendo para hermanar a los pueblos, sino para multiplicar las brechas y dictar quiénes tienen derecho a una vida digna y quiénes no. Hay ganadores que celebran en los palacios y las moquetas, pero hay, sobre todo, una inmensa masa de perdedores: los descartados.

Desde la perspectiva del Evangelio y de los valores más profundos del humanismo cristiano, este espectáculo resulta desgarradoramente irónico. El Papa Francisco lo ha denunciado con total lucidez al recordar que este modelo económico no une, sino que excluye:

«La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. […] Hoy todo entra en el juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del "descarte" que, además, se promueve». [Papa Francisco (Evangelii Gaudium, 53 / Fratelli tutti, 12)].

Mientras el mensaje profético de la Doctrina Social de la Iglesia nos habla incesantemente de poner en el centro a los postergados, al hambriento, al enfermo y al jubilado que no llega a fin de mes, la dogmática ultraliberal propone exactamente lo contrario: que cada cual se salve si puede y como pueda. Quien no logre competir en el gran templo del libre mercado, que asuma su culpa y pase a ser un descartado más del sistema.

La visita de Milei a España y la cálida acogida brindada por ciertos sectores políticos no son un mero intercambio diplomático o ideológico; son la escenificación de un modelo de sociedad que privatiza las ganancias y socializa el desamparo. Es la política convertida en reality show, donde los abrazos eufóricos en la escalinata buscan esconder el dolor real de millones de personas en Argentina y el peligro de importar aquí esa misma medicina letal: la erosión de la sanidad pública, el desmantelamiento de la educación y el abandono sistemático de la comunidad en favor del sálvese quien pueda.

¿Salvados de qué y por quién? Si la «salvación» que nos ofrecen se mide en recortes, privatizaciones y desprecio hacia la solidaridad colectiva, entonces el diagnóstico es claro: no nos están salvando, nos están dejando a la intemperie.

Frente al culto del individualismo feroz, la normalización de la desigualdad y el aplauso complaciente de la foto, toca recordar que la verdadera salvación no viene ni del capital ni de la motosierra. La salvación pasa por el abrazo auténtico al hermano que sufre, por la justicia social que dignifica a los pueblos y por defender, con fe y compromiso, que nadie se salva solo.

Pero si hay algo que poderosamente llama la atención es descifrar el verdadero propósito de esta visita: un intento calculado de insuflar oxígeno a la derecha y ultraderecha española y, de paso, de intentar ridiculizar y demoler al presidente del Gobierno ante los focos del planeta. Sin embargo, a la hora de la verdad, la gran duda flota en el aire de forma inevitable: en este grotesco ejercicio de pirotecnia política, ¿quién ha salido verdaderamente ridiculizado?

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