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Una Teología Débil como Antídoto a la Polarización

La vigencia de Vattimo y Oñate en un presente de verdades violentas

Oñate y Vattimo
Oñate y Vattimo

En un mundo que parece romperse por las costuras de la ideología, donde el diálogo ha sido sustituido por el grito y la verdad se usa como un arma arrojadiza, surge una pregunta incómoda: ¿Qué tiene que decir la fe cuando ya nadie se escucha? Para responder, no necesitamos una religión de certezas de hierro, sino precisamente lo contrario. Debemos alejarnos de la imagen de un Dios todopoderoso que dicta sentencias y acercarnos a la propuesta de Gianni Vattimo y su principal continuadora en el mundo hispano, Teresa Oñate. Su propuesta de la "ontología débil" no es una fe descafeinada o cobarde, sino una forma de resistencia radical contra el fanatismo que hoy incendia nuestras fronteras y nuestras redes sociales.

Esta visión comienza con el Adiós a la Verdad Absoluta, una idea que el pensamiento débil rescata del corazón mismo del cristianismo. Para Vattimo, la historia de la fe no es la historia del poder triunfante, sino la de la kenosis: ese momento en que Dios decide "vaciarse" de su gloria para hacerse humano, frágil y vulnerable. Cuando una religión o una ideología política se aferra a una "Verdad" con mayúsculas donde todo es incuestionable, lo que construye no es paz, sino una base para la agresión. Si yo poseo la Verdad absoluta, el otro es automáticamente un error que debe ser corregido o, en el peor de los casos, eliminado. La verdad "fuerte" no admite réplica, solo sumisión.

Lo vemos con una claridad dolorosa en el cristianismo bélico de Estados Unidos. Allí, ciertos sectores han secuestrado el mensaje evangélico para transformarlo en una ideología de exclusión, vinculada al uso de armas y a una supuesta supremacía moral. Al convertir a Dios en un estandarte de guerra, se traiciona la "debilidad" de la cruz para volver a un ídolo de hierro. Teresa Oñate es especialmente lúcida al denunciar esta deriva. Ella advierte que este "pensamiento fuerte" es, en esencia, una metafísica del dominio. Para Oñate, cuando una idea se presenta como única y absoluta, su función no es iluminar, sino fagocitar la diferencia. El pensamiento fuerte necesita que todos seamos iguales para poder gobernarnos; por eso, lo que es distinto le resulta insoportable y trata de borrarlo.

Esta misma lógica de verdades excluyentes es la que mantiene encendida la mecha en el complejo tablero de Oriente Medio. No se trata de un solo bloque, sino de una colisión de absolutos: la respuesta militar de Israel contra Gaza y el Líbano, y su confrontación directa con Irán, se alimentan mutuamente de una retórica de supervivencia sagrada. En estos escenarios, la tierra, la historia y la política se han blindado de tal forma que ya no hay lugar para lo humano.

En mi debilidad está mi fuerza
En mi debilidad está mi fuerza

Cuando el conflicto se lee desde una "teología fuerte" —ya sea desde el nacionalismo religioso, el mesianismo o el teocentrismo estatal—, la negociación se vuelve imposible, porque ceder un solo milímetro se percibe como una traición a un mandato divino o a una identidad inamovible. La teología débil nos ofrece una salida: la paz solo es posible cuando todas las partes aceptan "debilitar" sus pretensiones de verdad absoluta, reconociendo que la vida del otro —del palestino, del israelí, del libanés— es más sagrada que la pureza de una frontera o un dogma. Como defiende Oñate, debemos hacer una apuesta por una verdad que no sea violencia... entendiendo que en el momento en que usamos una idea para silenciar al prójimo, hemos abandonado la filosofía y la fe para abrazar la barbarie.

Es aquí donde entra la Caridad como Hermenéutica, la noción de que el amor es el único filtro válido para interpretar la realidad. Si la verdad divide y mata, entonces esa verdad no es divina. Para el pensamiento débil, la solidaridad está por encima de la objetividad. En un contexto de polarización extrema, el cristianismo funciona como una fuerza deconstructiva: nos enseña a desconfiar de cualquier líder o sistema que se presente como el salvador definitivo. Así pues, la verdad no es un "objeto" que se encuentra en un libro o en una ley para ser arrojado a la cabeza del enemigo; la verdad es un acontecimiento que solo ocurre en el diálogo, en la amistad y en la apertura al que es diferente.

Finalmente, debemos entender que la escucha es un acto político de primer orden. Mientras la polarización se nutre de la justicia punitiva, del señalamiento y del juicio constante en las plazas digitales, una fe "debilitada" propone el diálogo infinito. No se trata de renunciar a las convicciones, sino de tener la valentía de preferir la relación humana por encima de "tener la razón". El legado de Vattimo y Oñate nos recuerda que el cristianismo es, en su raíz, un proceso de humanización. En un mundo que nos obliga a elegir bando en guerras de todo o nada, reconocer nuestra propia debilidad y la parcialidad de nuestra mirada es la mayor fortaleza que tenemos para desactivar la violencia y empezar a construir, por fin, una convivencia real.

Vattimo, Teresa y yo en Torino
Vattimo, Teresa y yo en Torino

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