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El tribunal digital: Una nueva religión laica y dogmática sin sacramento de reconciliación

¿Una sociedad sin redención? La cultura de la cancelación y el olvido del perdón en la era digital

SIN PERDÓN

Vivimos en la era de la memoria infinita y la clemencia cero. Basta un tuit desafortunado escrito hace una década en la inmadurez de la juventud, un comentario desafortunado en una entrevista o un desliz verbal para que la guillotina digital caiga sin piedad. Lo vemos casi a diario en las tendencias de la red social X (antes Twitter): linchamientos digitales masivos a artistas, deportistas, políticos de cualquier signo o intelectuales que, de la noche a la mañana, pasan del pedestal al destierro absoluto. Y que conste que no tengo X ni Instragram, ni tampoco Tik tok…, pero lo sé.

La cultura de la cancelación nació, en teoría, para exigir responsabilidades a los poderosos. Sin embargo, se ha transformado en un monstruo sediento de coherencia absoluta que no admite el error humano. En este nuevo tribunal de las pantallas no hay espacio para el atenuante, el contexto o el paso del tiempo. Eres tu peor error. Para siempre.

El algoritmo que no sabe perdonar

Lo preocupante de este fenómeno no es solo la crueldad de la turba digital, sino la idea de ser humano que estamos construyendo. Si un error del pasado te define de por vida, estamos asumiendo que las personas son estáticas, incapaces de evolucionar, de aprender, de pedir disculpas y de cambiar.

El algoritmo de Google no olvida, pero la sociedad está perdiendo la capacidad de perdonar. Al eliminar la posibilidad de la redención, nos deslizamos hacia una convivencia paranoica, donde todos nos vigilamos mutuamente esperando el patinazo del vecino para experimentar la perversa superioridad moral de señalarlo con el dedo. Hemos creado una religión laica sumamente dogmática, con sus propios "pecados mortales" y sus procesos de excomunión pública, pero con una diferencia trágica: carece de sacramento de la reconciliación. El castigo es el destierro social perpetuo.

También en casa: la tentación del "fuego amigo"

Sería muy cómodo señalar este problema como una patología exclusiva del mundo secular. Pero la verdad es que, si miramos hacia dentro, la Iglesia no es ajena a esta hoguera. Al contrario: a veces somos especialistas en cancelarnos los unos a los otros con una saña que asusta.

Y lo digo con dolor y en primera persona: con la mejor voluntad del mundo, buscando supuestamente defender la verdad o la justicia, caemos en la trampa del señalamiento. Yo el primero. Es facilísimo sumarse a la lapidación de un político, un sacerdote, de un teólogo o de un obispo cuyo enfoque no encaja con nuestras coordenadas teológicas o ideológicas.

Nos hemos dividido en tribus eclesiales. Si un sector "progresista" cancela sin miramientos a quien muestra dudas sobre ciertos cambios por miedo a perder la esencia, el sector "conservador" responde cancelando y tachando de herético a cualquiera que intente abrir caminos de frontera o acoger nuevas realidades. Nos lanzamos dogmas a la cabeza a través de blogs y redes sociales con una ligereza que espanta. Buscamos la pureza del grupo a costa de la exclusión del hermano, olvidando que la Iglesia, si algo es, es un hogar de pecadores en camino.

La propuesta revolucionaria de la misericordia

Frente a esta intemperie, el Evangelio tiene hoy una carga de subversión contracorriente más potente que nunca. En un mundo que cancela y archiva, Jesús de Nazaret propone acoger. No para justificar el error —el daño causado debe ser reconocido y reparado—, sino para afirmar que la persona siempre es infinitamente más grande que su peor equivocación.

La parábola del hijo pródigo, la mujer adúltera a la que nadie se atreve a tirarle la primera piedra porque, en el fondo, todos sabemos que tenemos el tejado de vidrio, o el mismo Pedro que, tras negar tres veces a su maestro, es confirmado para liderar la comunidad... Toda la narrativa cristiana es un canto a las segundas oportunidades. El perdón no es debilidad ni complicidad con el mal; es el único mecanismo capaz de romper la cadena de la venganza y permitir que el futuro de alguien no sea un rehén perpetuo de su pasado.

Oasis de clemencia en un mundo hostil

La Iglesia y las comunidades cristianas tienen una oportunidad de oro para presentarse ante la sociedad civil como auténticos hospitales de campaña contra el linchamiento. Pero para poder ofrecer esa medicina, primero tenemos que curarnos nosotros mismos.

Debemos ser los primeros en desarmar nuestras trincheras internas, en recuperar el valor de la conversación paciente frente al tuit incendiario, y en defender que la gente tiene derecho a cambiar de opinión, a madurar, a pedir perdón y a ser reincorporada a la mesa común.

¿Hacia dónde va una sociedad que ha eliminado la posibilidad de cambiar de vida? Va directa hacia el abismo de la hipocresía, el miedo al qué dirán y la soledad más absoluta. Es hora de reivindicar, empezando por nuestras propias parroquias y foros digitales, la pedagogía del perdón. Porque una sociedad —y una Iglesia— que no sabe perdonar es, sencillamente, un lugar inhabitable.

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