Más allá de la trinchera: Bonhoeffer, Arendt y el abrazo abrahámico frente a la anestesia del odio
Frente a la marea creciente de antisemitismo e islamofobia, el diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos no es un mero adorno diplomático. Es un acto de resistencia espiritual y de higiene moral frente al pensamiento único
Vivimos días en los que el aire pesa. Basta encender la televisión o deslizar el dedo por la pantalla del teléfono para sentir cómo la polarización nos va ganando el terreno del alma. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje de trinchera donde el "otro" deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza, un eslogan o un objetivo a derribar.
En este clima enrarecido, presenciamos con profundo dolor el repunte de dos fantasmas que creíamos haber arrinconado en los desvanes más oscuros de la historia: el antisemitismo y la islamofobia. Dos manifestaciones de una misma ceguera que olvida que detrás de una mezquita, una sinagoga o una iglesia hay rostros, historias, lágrimas y esperanzas idénticas a las nuestras.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué prende tan rápido la chispa del odio en sociedades que se presumen cultas y avanzadas?
1. La "estupidez moral" de Bonhoeffer y la "banalidad del mal" de Arendt
Para entender este fenómeno no basta con señalar a los fanáticos rabiosos; hay que mirar a la masa anestesiada. Y aquí es donde la historia nos ofrece dos faros indispensables que dialogan maravillosamente entre sí.
Por un lado, el teólogo y mártir luterano Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde la celda donde lo encerró el nazismo, dejó una reflexión magistral: la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Bonhoeffer no se refería a la falta de inteligencia académica, sino a una estupidez moral y sociológica. Cuando el poder, la ideología o el eslogan dominan a una persona, esta queda privada de su capacidad crítica; se vuelve incapaz de pensar por sí misma, impermeable a las razones y manipulable. La persona "estupidizada" moralmente no odia por convicción elaborada, sino porque ha dimitido de su propia conciencia.
Por otro lado, la filósofa judía Hannah Arendt, al contemplar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó su célebre concepto de la "banalidad del mal". Arendt descubrió con horror que los mayores crímenes de la humanidad no los cometen necesariamente monstruos sedientos de sangre, sino burócratas grises, ciudadanos "normales" que simplemente dejaron de pensar, que obedecieron consignas, que normalizaron la deshumanización del vecino y aplicaron clichés sin cuestionar las consecuencias.
"Lo cortés no quita lo valiente": llamar a las cosas por su nombre exige reconocer que el antisemitismo y la islamofobia de hoy no nacen de un exceso de pensamiento, sino de su ausencia. Brotan de esa mezcla explosiva entre la estupidez moral de Bonhoeffer y la banalidad del mal de Arendt: la masa que repite el prejuicio de moda, que aplaude el chiste xenófobo en la comida familiar o que mira hacia otro lado cuando se profana una sinagoga o se agrede a una mujer con hiyab.
2. El escándalo de la fe manipulada
Cuando la fe religiosa se contagia de esta anestesia del pensamiento, el desastre es absoluto. Quien odia en nombre de Dios está rindiendo culto a un ídolo fabricado a la medida de sus miedos y prejuicios. Como advertía Bonhoeffer, el cristianismo exige un "coste" de compromiso personal; no basta con la "gracia barata" de ir a la deriva con la corriente ideológica del momento.
El verdadero Dios nunca exige la aniquilación ni el desprecio del vecino para reafirmar la propia identidad.
Tanto la Torah como el Corán y el Evangelio coinciden en un grito primordial: el respeto sagrado a la dignidad del ser humano. Cuando un judío es atacado por llevar su kipá, cuando un musulmán es discriminado por su fe, o cuando un cristiano ve perseguida su comunidad, la herida no se le inflige solo a un grupo: se le inflige al Dios de la vida que nos creó a todos a su imagen y semejanza.
3. Un mismo olivo: el abrazo abrahámico como antídoto
Frente al pensamiento perezoso que categoriza y divide, el diálogo interreligioso se levanta como un acto subversivo de pensamiento crítico y fe auténtica. Cristianismo, Islam y Judaísmo no son tres trincheras enemigas; son tres ramas que brotan del mismo tronco abrahámico.
El diálogo no consiste en diluir nuestras identidades en un consenso tibio. Todo lo contrario: consiste en enraizarnos tan profundamente en nuestra propia fe que perdamos el miedo a abrazar la diferencia del otro.
- El Judaísmo nos regala el valor innegociable de la memoria, de la pregunta incómoda frente al poder y del cuidado de la creación (Tikkun Olam).
- El Islam nos aporta la entrega confiada a la voluntad divina, la compasión (Rahma) y la devoción incansable en la cotidianidad.
- El Cristianismo ofrece la radicalidad del perdón, la mesa compartida con el excluido y la convicción de que el amor al enemigo es la única revolución capaz de vencer la muerte.
4. Ni tibieza ni complicidad: el aviso de Niemöller
Llegados a este punto, conviene no llamarse a engaño. El diálogo interreligioso y la fraternidad no son sinónimos de ingenuidad ni de un «buenismo» anestesiado. Lo cortés no quita lo valiente, y la caridad cristiana nunca ha sido un cheque en blanco para la pasividad, al contrario, más bien ha sido motivo de profetismo y denuncia evangélica.
Quienes nos profesamos cristianos no podemos ser meros espectadores de la corriente de odio que atraviesa nuestras calles. La neutralidad ante la injusticia no es virtud ni prudencia: es complicidad. Cuando el mal avanza y nos refugiamos en la comodidad del silencio, dejamos de ser testigos del Evangelio para convertirnos en colaboradores necesarios de la devastación de los opresores.
Esta es la trampa mortal de la tibieza que el pastor luterano Martin Niemöller retrató con amarga lucidez tras sufrir los campos de concentración nazis. Una de las versiones que ha llegado a nosotros es esta:
«Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los creyentes de otras iglesias, y no dije nada porque a mí no me afectaba. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»
Hoy esa lógica perversa sigue vigente. Si callamos cuando se persigue a un judío porque no somos judíos, o miramos a otro lado cuando se estigmatiza a un musulmán porque no somos musulmanes, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia destrucción. Y aquí no cabe firmar un cheque en blanco a ninguna ideología ni a ninguna religión. No caben razones de Partido ni de Estado. El mal es mal, lo haga quien lo haga. No valen las excusas ni la doble vara de medir a la que recurrimos cuando perdemos la objetividad solo porque la falta o el penalti lo ha cometido nuestro propio equipo de fútbol.
5. Profetas o cómplices: defender a la persona, frenar la barbarie
Para no caer en ese abismo, necesitamos sostener con firmeza una distinción teológica fundamental: denunciar el pecado con rotundidad sin destruir a la persona.
Se señala y se combate la acción perversa: Desenmascaramos el antisemitismo, la islamofobia y el fanatismo vengan de donde vengan, sin doble rasero ni paños calientes. A quien hace daño hay que pararlo, con valentía personal e institucional; dejar que la locura campe a sus anchas en nombre de una falsa tolerancia es una irresponsabilidad suicida. Desde esa ceguera mutua, terminaríamos por exterminarnos todos.
Se custodia la dignidad del ser humano: La persona nunca pierde su condición sagrada. Por muy extraviado o agresivo que sea quien actúa con odio, conserva intacto el derecho y la posibilidad de arrepentirse, reconciliarse con Dios y rectificar el rumbo.
Bonhoeffer pagó con la vida su negativa a ser un sujeto pasivo; Arendt nos advirtió del peligro mortal de dejar de pensar; y Niemöller nos legó la confesión de lo que ocurre cuando elegimos la comodidad del silencio.
Hoy, frente a las olas de antisemitismo e islamofobia, nos toca elegir: o somos cómplices por omisión de la banalidad del odio, o nos convertimos en artesanos valientes de un diálogo que devuelva a nuestro mundo su humanidad perdida. El puente está ahí, esperando a que tengamos la lucidez y el coraje profético de cruzarlo y, como decíamos anteriormente, “Lo cortés no quita lo valiente”.