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A ver: "¿quién la tiene más grande?" ¡China!

Entre el rearme ciego de las potencias y la urgencia profética del desarme

Elegir la paz no es ser ingenuo, es ser humanos

Vivimos instalados en un patético patio de colegio global donde los líderes de las superpotencias han decidido jugar a ver quién exhibe más músculo. En este concurso de testosterona geopolítica, la pregunta de fondo parece tan chabacana como peligrosa: «¿A ver quién la tiene más grande?». Y ante la mirada atónita de un Occidente desconcertado, la respuesta que retumba en el tablero internacional no es la que Washington querría escuchar: ¡China!

No nos engañemos: la ironía del titular no es un mero exabrupto. La tiene más grande cuando hablamos de la cifra de tropas activas —el mayor ejército permanente sobre la faz de la tierra—, la tiene más grande en la capacidad de producción masiva de sus gigantescos astilleros y empresas de armamento estatal, y la tiene más grande cuando se mide el volumen de sus reservas estratégicas o su músculo industrial militarizado.

Pekín ya no es solo la "fábrica barata" del siglo pasado. Su ascenso económico, tecnológico y geopolítico está reconfigurando las placas tectónicas del planeta. Con la refundación del siglo XXI de la antigua Ruta de la Seda, el dominio absoluto del procesamiento de minerales raros indispensable para la transición digital, y la compra estratégica de puertos e infraestructuras en el Global Sur, China despliega una influencia colosal sin necesidad de proclamarse el sheriff del mundo. A ello se suma un presupuesto militar que suma más de tres décadas consecutivas de crecimiento sostenido y la botadura acelerada de tecnología naval de vanguardia.

Ante este avance sereno pero implacable, la reacción de Estados Unidos recuerda a la de un adolescente destronado que busca compensar la pérdida de hegemonía dándose golpetazos en el pecho y haciendo aspavientos. La política exterior norteamericana —marcada por aranceles descoyuntados, sanciones cruzadas, demostraciones de fuerza naval en el Estrecho de Taiwán y un discurso de bloques infranqueables— busca "hacerse el gallito" para convencer al electorado global de que, efectivamente, el tamaño importa.

El tablero en llamas: Del gasto bélico a la locura regional

Esta competencia de escaparate, sin embargo, no debe despistarnos de la cifra que sostiene el drama. Según los últimos datos del SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo), el gasto militar mundial ha pulverizado de nuevo su récord histórico, alcanzando casi 2,9 billones de dólares. Llevamos más de una década ininterrumpida de rearme frenético.

El tablero geopolítico no es más que la escenificación de esta paranoia compartida. EE.UU. y China acaparan casi la mitad del gasto bélico del planeta. Por su parte, la Rusia de Putin, empantanada en la sangría de Ucrania, destina casi un tercio de su presupuesto nacional a la economía de guerra. Mientras tanto, Europa y la OTAN, presionadas por Washington y el miedo a Moscú, han disparado sus presupuestos defensivos a cifras inéditas desde la Guerra Fría. Y en Oriente Medio, la escalada belicista liderada por el gobierno israelí y las dinámicas regionales muestran cómo la doctrina de la "fuerza absoluta" solo genera ciclos infinitos de destrucción, donde la diplomacia es aplastada por las bombas.

¿Qué espacio queda para la Doctrina Social de la Iglesia cuando los recursos públicos que deberían financiar la vivienda digna, la sanidad, la educación o la transición ecológica son engullidos por el complejo militar-industrial? ¿Cómo justificar que el futuro de la humanidad dependa de la capacidad de disuasión nuclear y no de la justicia distributiva ni del destino universal de los bienes?

Hemos dinamitado sin contemplaciones la célebre intuición de Mahatma Gandhi: "No hay camino para la paz, la paz es el camino". La diplomacia contemporánea ha sustituido los medios pacíficos por la doctrina del garrote, convencida de que la única forma de evitar la guerra es preparar un armagedón preventivo.

¿Ciegos o simplemente bizcos?

Gandhi también nos advirtió de que la ley del ojo por ojo terminaría por dejar al mundo entero ciego. Cabe preguntarse hoy: ¿nos hemos quedado ciegos del todo, o estamos simplemente bizcos?

La tragedia actual es que los centros de diplomacia e inteligencia internacional se han vuelto miopes por puro cinismo geopolítico. Operan bajo la tiranía del viejo refrán: "En el país de los ciegos, el tuerto es el rey". Pretenden convencernos de que parapetarnos todos con misiles hipersónicos, drones autónomos y murallas fronterizas frena la ambición del rival. Nos venden la paz como una simple tregua sustentada en la náusea del miedo mutuo.

Pero la historia demuestra que acumular pólvora jamás ha detenido el deseo de usarla. Creer que la paz nacerá de la suma de todas las amenazas es una ilusión suicida. Nos dirigimos con paso firme hacia la autodestrucción porque el orgullo estratégico incapacita para el pacto.

La alternativa del Galileo: Desarmar la soberbia

Frente a esta espiral descontrolada de virilidad militar y geopolítica del miedo, la memoria creyente resulta incómoda, contracultural y profundamente subversiva. Jesús de Nazaret no marcó este camino.

El Evangelio no propone la paz de los imperios —aquella Pax Romana impuesta mediante las legiones— ni entra en la lógica de ver quién levanta la estructura de dominación más intimidante. En el Huerto de los Olivos, ante la inminencia del colapso y cuando sus discípulos quisieron responder con violencia defensiva, la orden de Jesús a Pedro fue tajante: "Guarda tu espada".

La respuesta profética ante el rearme no es la ingenuidad política, sino la lucidez ética de saber que el mal no se vence con más mal, ni la soberbia geopolítica se cura con más misiles hipersónicos o carga explosiva. El camino trazado por el Maestro exige desarmar el lenguaje, desacralizar las "razones de Estado" y recuperar el respeto mutuo, leal y profundo entre los pueblos y las naciones como principio básico e irrenunciable para la convivencia planetaria. Nos recuerda que la verdadera grandeza de una civilización no se mide por la envergadura de su arsenal ni por el tamaño de sus misiles, sino por su capacidad para proteger al vulnerable, acoger al desplazado y edificar la fraternidad universal.

Mientras los gigantes del planeta siguen enzarzados en su particular escenario a ver quién la tiene más grande, la humanidad camina sonámbula hacia el abismo. Es hora de dejar de jugar a los gallos en el corral de la historia y volver a la sensatez del desarme, antes de que el último tuerto descubra que ya no queda nada sobre lo que reinar.

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