Moral (I). Los juicios morales
ESCRIBE: José Manuel Barreda.
Con cierta frecuencia alguien pide un fundamento moral universalmente válido para todos los seres humanos o pregunta por su eventual existencia.
¿Lo hay? ¿Es posible hallarlo? Entiendo que, si ese “todos” se refiere al 100%, la respuesta es que no. Y no sólo en lo referente a hallar un fundamento infalible a la hora de asegurar una buena conducta moral en las personas (alta meta donde las haya) sino limitado a procurar una plena concordancia en nuestros juicios morales elementales, aplicados a situaciones determinadas (y de índole teórica).
Quien ponga su confianza en alguna variable que no sea universal -la fe religiosa que se tenga, el lugar en que se nazca, la etnia, el Estado, la civilización, el grupo o la cultura- comprenderá, incluso antes de evaluar si alguna fe concreta mejora los juicios o las conductas morales, el carácter limitado de dicha pretensión.
¿Y aquellos que apelen a la razón, aduciendo que el ejercicio racional de cada cual sí que es presumiblemente universal? Tal vez en un principio, sólo teóricamente y suponiendo que también compartimos una honestidad o imparcialidad en el ejercicio analítico… Pero sabemos que no es esto lo que ocurre en la práctica.
Ni siquiera en el primer nivel teórico que constituyen los juicios morales hay unanimidad (u objetividad) en la valoración de todos los elementos a considerar en el momento de decidir qué se estima “correcto” y qué no.
Pero ni aun la existencia de un pleno acuerdo (en apariencia imposible) en los juicios morales asegura una conducta consecuente con sus enunciados. Considerar que otros tienen nuestros mismos derechos no implica acudir en su socorro, ni esforzarnos por ser equitativos.
Entre una cosa y la otra media un camino que no todo el mundo recorre en la práctica. Diferimos en mucho más que en dedicación, disposición o sensibilidad. Basta evaluar conductas reales para conocer resultados. Y hay estadísticas.
La cosa pinta mal. Peor aún, ni siquiera es cierto que la razón actúe sola, o sea el principal componente de nuestros juicios morales, por no hablar de nuestra conducta.
Pese a lo dicho, alrededor de un 95% de los seres humanos compartimos un sustrato moral básico. Hauser llega a hablar de un “órgano moral”, aunque estimo más apropiada su otra expresión: una “gramática moral” (Marc Hauser: La mente moral, 2006).
“Esta facultad moral consiste en un conjunto de principios que guían nuestros juicios morales pero no determinan estrictamente cómo actuamos”. “Una caja de herramientas para construir sistemas morales específicos”.
No equivalen, pues a una serie de mandamientos. Tampoco se trata de principios racionales (son pre-racionales), ni que se transmitan culturalmente. Pero pueden demostrarse y clarificarse mediante un estudio experimental. A tal fin, el citado investigador diseñó e una serie de dilemas morales teóricos ante los que los sujetos estudiados debían emitir “juicios instantáneos” (1) .
Nota. En los experimentos de Hauser, se plantea un dilema moral y se valoran: 1) las respuestas obtenidas; 2) el grado de concordancia entre ellas; 3) la dificultad observada a la hora de responderlas. Las preguntas planteadas son:
i) Una persona, Denise, está junto a las agujas de la vía, en una posición que le permite desviar hacia un lateral una vagoneta que acabaría con las vidas de cinco personas atrapadas un poco más adelante en la vía. Desafortunadamente, hay un hombre atrapado en el lateral. ¿Moverías el mando para salvar a esas cinco personas, aunque ello supusiera la muerte de ese hombre que no iba a morir?
ii) Caso equivalente, pero en esta ocasión es preciso dejar caer un gran peso que pueda frenar la vagoneta. La única posibilidad para hacerlo requiere hacer caer, empujándolo, a un hombre muy gordo que está sentado en el puente, admirando la puesta de sol. ¿Lo empujarías? ¿Te parece una opción moralmente lícita?
iii) Cinco pacientes de un hospital están muriendo, cada uno por el fallo de un órgano distinto. Todos ellos podrían salvarse si se encontrara un donante, pero no hay ninguno disponible. Entonces el cirujano se da cuenta de que hay un hombre sano en la sala de espera, cuyos cinco órganos están en buen funcionamiento y son adecuados para el trasplante. ¿Es lícito en este caso sacrificar a uno para salvar a cinco?
Las respuestas obtenidas fueron las siguientes:
i) La mayoría de las personas (un 90%) está de acuerdo en que es moralmente permisible para Denise, si no obligatorio, mover el mando y salvar a los cinco, matando a uno.
ii) Casi todo el mundo (otra vez un 90%) está de acuerdo en que es inmoral empujar al hombre gordo del puente, incluso aunque el dilema parece racionalmente similar al de Denise, en que moveríamos el mando matando a 1 para salvar a los 5 que ahora dejamos...
iii) En este caso, no podemos encontrar a casi nadie (97% en desacuerdo) que entienda que el acto moral es matar a 1 para salvar a los 5.
La mayoría de las personas encuentran dificultades para explicar por qué deciden en el primer caso (en el que hay que mover una palanca para decidir la suerte de seis personas) una cosa y en los demás la contraria.
El problema de los dos primeros casos podría resumirse –racionalmente- en salvar a cinco sacrificando a uno. Sin embargo una amplia mayoría de personas, salvo las que sean “racionales puras” –que en este caso incluye a los psicópatas, que responden sin pestañear del mismo modo ante los tres casos-, “siente” que hay una diferencia muy clara. Aunque le cuesta hallar la razón.
Antes de razonar la respuesta, emitimos un veredicto que se debe a un “sentimiento” instantáneo de que una opción es moralmente más adecuada que otra. Se dan pequeños matices que intelectualmente parecen irrelevantes ante un resultado idéntico. Pero son elementos decisivos a la hora de valorar la situación, pues son los que determinan que la generalidad de las personas dé una u otra respuesta.
Luego, les cuesta explicar por qué, precisamente porque esa respuesta no depende de un juicio racional sino de un sentimiento sobre qué es “lo correcto”. Nuestro modo “humano” de sentir.
La conclusión de estos estudios es que la inmensa mayoría de las personas compartimos algo que nos hace entender de un modo parecido, en nuestras relaciones con otros seres humanos, qué es lo moralmente lícito y qué no en cada situación.
Marc Hauser y sus colaboradores extendieron la investigación a los kuna, una pequeña tribu de Centroamérica, con pocos contactos con los occidentales y sin religión formal, hallando que sus respuestas (en este caso a cuestiones sobre canoas y cocodrilos, además de personas) coincidían con las de cualquier occidental. Peter Singer indagó una posible diferencia entre encuestados creyentes y ateos, no hallando ninguna.
En general, las respuestas podrían resumirse en la frase kantiana “un ser racional nunca debe utilizarse como medio no consentido para alcanzar un fin, incluso si el fin es el beneficio de otros.” En el caso del “hombre del puente” –y aún más en el del “donante a la fuerza”- la mayoría de nosotros comparte una misma intuición: “un espectador inocente no debe ser arrastrado contra su voluntad para el bien de otros.” En cambio, en el caso de la palanca, la víctima era un daño colateral, inevitable ante la opción de salvar a más personas. No se trata de una diferencia racional que entienda una inteligencia artificial. La sentimos así los seres humanos en general (2).
Kant consideraba que ese convencimiento moral es fruto de la razón, pero los experimentos apoyan la idea de que se trata de un sentimiento innato (de génesis natural o evolutiva) y pre-consciente, como sostuviera Hume.
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(1) En realidad, se trata de variaciones del “dilema del tranvía”, cuya primera versión fue presentada por la filósofa Philippa Foot en un artículo de 1967. La versión de Hauser reproduce la de Judith Jarvis Thomson presentó en un artículo de 1985. Ver: https://goo.gl/JZ75pU, https://goo.gl/k2uinR.
(2)Esta es la norma, claro. No el 100%. Ni siquiera ante la cuestión: ¿Destrozarías tus pantalones para salvar a un niño que se está ahogando en un estanque?”, pasan del 97% las respuestas favorables.