La arrogancia del creyente
Cuando lo oigo me quedo perplejo. Uno está pidiendo razones convincentes, explicaciones que no incidan en “lenguaje de loros”, respuestas claras y adecuadas al caso… y se encuentra con el fervor piadoso o con el más puro “te perdono la vida”. Es un argumento actitudinal que busca la descalificación personal con un “rezo por ti”, “a pesar de todo te considero mi amigo”, “eres mi hermano en Cristo”, “Dios es amor y te ama, lo quieras o no”, “yo deseo tu salvación”…
En el fondo es una auto afirmación de superioridad, “yo estoy por encima de ti, porque tengo un guía que no puede errar”. La misma superioridad que se aprecia en círculos monjiles: “El cristiano de base, la mujer casada, nunca podrá equipararse a nosotras, que lo hemos dejado todo por Dios”. Bien es verdad que son preferibles éstos a los que a diario lo tildan a uno de “blasfemo”, “impío”, pervertido, hijo de Satanás… y lindezas por el estilo. Y por aquello de confundir churras con merinas, nos tildan de comunistas, defensores de ZP y PS, carentes de la más mínima decencia moral, defensores del aborto, etc. etc.
Pues ni lo uno ni lo otro. Ninguna de las dos “actitudes” servirá para mover un ápice el convencimiento de quien pone la honradez intelectual por delante de la actitud. Porque, a fin de cuentas, ambos, los que perdonan la vida y los que quisieran cortarla, desisten de razonar y las más de las veces se encuentran sin respuestas a lo que se les pregunta.
Un lugar común al que acude el estupefacto crédulo al que le ponen ante evidentes contradicciones, es apelar a la hondura (o altura) de Dios, recurrir a la manida frase de que “esto es un misterio”, decir que el mar no cabe en el agujerito realizado en la playa, repetir machaconamente que “Dios es insondable” o apelar a la coletilla del catecismo “doctores tiene la Santa Madre Iglesia que te sabrán responder”. Ante tan incontestable argumento, sólo procede decir “tú a Boston, yo a California” y “que cada palo aguante su vela” y “a quien Dios se la dio San Pedro se la bendiga”.
Si en el fondo todo es así, no son consecuentes cuando se refieren a Dios:
- Si Dios no es algo humano, debieran desprenderse de cualquier antropomorfismo en sermones y homilías donde apelan a la más pura sensiblería para conseguir la unión con Dios.
- Si Dios es insondable, ¿por qué tan descomunal montaña de literatura sagrada y tratados teológicos? La pira donde debieran quemarse todos ellos serviría para alumbrar perpetuamente la tumba del crédulo desconocido.
- ¿Por qué Dios hizo al hombre racional si no puede usar de su razón para acercarse a él?
De hecho, de tal forma ha prescindido la Iglesia de profundizar en las “verdades” de su fe que, hoy, todo ha terminado en moralismo aleccionador, psicología de las afecciones humanas cuando se accede a la “caseta de los pecados”, burocracia de externalizaciones, organización de la procesión tal o cual, comidas y meriendas para pobres; también, para llegar a Dios, estudio del geotropismo negativo y fototropismo positivo de las ramas de los árboles, estudio del simbolismo de los números en la Biblia… así como “qué vejez nos espera, compañero del sacerdocio”.
¿Dios que es Santísima Trinidad? ¡Bueno, si crees en eso, bien, si no crees… te aseguro que no pasa nada!