Buscando argumentos para sostener la fe.

Siempre he tenido sumo interés por conocer, primero, si tienen argumentos para respaldar su fe, y segundo si son capaces de expresar cómo tales argumentos pueden respaldar su fe, una fe que es para ellos el motor que mueve su pensamiento y su conducta. No siempre se encuentra uno con creyentes que sean capaces de hacerlo o bien no encuentran explicaciones racionales convincentes. Casi siempre, esperan que callen de una vez quienes tratan de desmoronar el edificio de sus creencias.

Cuando vuelvo sobre aquello que me dicen, por más banal que me parezca, tales razones para creer se revuelven en mi mente, las considero y busco cómo rebatirlas. Extrapolando datos, estoy por decir que reflejan de manera suficiente el pensamiento de todos los creyentes al hacer explícitas sus consideraciones cuando se topan con quienes dicen “no creer”, con los que definen como “ateos”. Más que nada porque les sirve para afianzar su fe, que siempre es una postura personal ante la vida y sus problemas.

Hay otros, muchos, que desdeñan dar razones de su credo, porque desde el alto pedestal de “convictos de su fe” desprecian al opositor. Asimismo, otros hay que, por principio, afirman no leer nada que vaya en contra de su fe. Tienen tan alta su autoestima de creyentes, creen con tanta fuerza, que son conmiserativos con el “pobre ateo” cuya inteligencia se ve incapacitada para acceder a Dios. Incluso afirman que rezan por él. No lo desprecian, simplemente le tienen lástima.

El párrafo anterior sintetiza la postura de quienes se sienten “fuertes en la fe”. Cuando así comparten sus convicciones, cuando manifiestan dentro del grupo en el que se mueven cómo se han enfrentado a los pobres incrédulos, se crecen –y se creen— más. Mejor dar de lado a creyentes tan convictos, que ni siquiera saben por qué creen lo que creen.

A pesar de estas posturas montaraces, siempre hay, como hemos dicho al principio, creyentes que se atreven a racionalizar su situación crédula y encuentran motivos suficientes para reafirmar su fe. ¿En qué argumentos se apoyan para defender su postura para nosotros digna de atención y cuál es el sostén intelectual al que se agarran para no dar el brazo a torcer cuando sienten que su dialéctica se tuerce? Recojo desordenadamente algunos.

Por comenzar con los más convencidos, generalmente de verbo sosegado y de exposición educada, los hay quienes apelan a “su propia experiencia”, su vivencia de la fe. Dicen que “a ellos les sirve creer en Jesús”. Es un argumento muy generalizado, aunque no caen en la cuenta del relativismo a que conduce, porque la vivencia es algo muy personal e individual. Llevando al extremo tal experiencia, habría tantas modalidades religiosas como individuos, sirviendo de poco la doctrina común de la Iglesia.

Más aún, ¿se ponen en el lugar del otro? ¿No observan que la conducta de ese con quien contienden es quizá igual o de mayor calidad que la suya? Ese otro vive igual, o mejor, sin necesidad de dar sustento a creencias para él aberrantes.

Pero lo que parece todavía más grave es argumentar sobre la existencia y la realidad óntica de Dios, de Jesús y de la Virgen –hablamos de realidades existenciales, no de sueños o quimeras, que éstas sí que existen-- apelando a “los siento en mi corazón”. Repetimos, ¿no perciben que todo eso conduce al más absoluto relativismo? ¿Y no perciben que por la misma razón, el que “no siente todo eso” puede negar lo que ellos afirman?

Quizá uno de los argumentos más esgrimidos y a la vez más convincentes, sea el de “la moralidad”. Argumentan: los creyentes tienen convicciones morales más fuertes que los no creyentes; creer fortalece la conducta; la ley cristiana es un freno a la inmoralidad… La fe es un estímulo para “portarse bien”, porque la buena conducta tiene recompensa divina.

Hay un contra argumento fáctico, el de la estadística en países donde la religión ha retrocedido. A decir verdad, y si únicamente miramos la estadística, poco pesotiene este testimonio, porquebien saben ellos que la proporción de gente buena o mala es idéntica. Y si arguyen que la fe les sirve de estímulo, ¿han pensado que el opositor puede tener otros estímulos para ser bueno? Si son honrados, deben pensar que, para “los otros”, la motivación será de otro tipo, familiar, social, hábitos adquiridos, bienestar de conciencia, incluso temor a la ley… Resulta que estos motivos estimulan también a los creyentes.  

El argumento de la moralidad se torna débil y hasta cae por su base si observamos la conducta individual y social en países donde el porcentaje de “liberados de los credos” es altísimo o países donde la fe cristiana brilla por su ausencia. Se me ocurre Francia o Suecia, donde el alejamiento de la religión es altísimo, donde la práctica religiosa ronda el 10%. ¿Hay mayor inmoralidad social? Todo lo contrario, en muchos aspectos estos países son modelo de convivencia. 

Y si individualmente miramos el asunto, mis propias convicciones morales, que están ahí sin ser consciente de ellas y me guían, no creo que sean menos firmes que las de la vecina que va a misa todos los días.

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