En qué Dios creer y creo
Disparatada paradoja la de afirmar que algo, por su esencia, es como creemos que es; la paradoja añadida de creer que ese algo existe; la nueva paradoja de que, caso de existir, no puede ser así porque somos incapaces de conocer su esencia.
¿Podríamos ponernos de acuerdo en lo que entendemos por Dios para ver si estamos de acuerdo en que no pensamos lo mismo sobre un Dios que, si existiera, sería distinto a lo que pensamos de él porque Dios supera todo lo cognoscible? ¡Eso si pensamos! Rúmiese detenidamente tal galimatías y llamemos de otra manera a ese Dios “consensuado”, para que nadie esconda creencias que deben ser compartidas.
¿Creo en dios? ¿en qué dios? Me preguntan, por mis palabras, si realmente creo en Dios. ¡Claro que creo!, les digo. No puedo añadir más, porque sus mentes no atisban la complejidad que se encierra en el concepto “Dios”.
¡Claro que creo en que hay un concepto universal de las gentes concorde en “algo” que sobrevuela por encima de ellas –sin saber qué es— y al cual dan el nombre de Dios!. No puedo preguntarles a ellos, porque no sabrían contestar: ¿el Dios del Levítico y del Deuteronomio? ¿El Dios de los Profetas? ¿El Dios que dejan entrever el Cantar de los Cantares y los salmos? ¿El Dios de Jesús que predicaba Mateo? ¿El Dios de Pablo de Tarso?
O, en otro orden de cosas, ¿un Dios sustancia tripersonal, con existencia real, cósica, producto de elucubraciones conciliares premedievales? ¿Un Dios acto puro aristotélico? ¿Un Dios esencia psicoanalítica constituyente del Super-yo? ¿Un Dios consenso ecuménico de sociedades jerarquizadas y constituidas? ¿Un Dios Padre amoroso que vela por mi existencia y me conforta en el dolor y oye mi voz y me guía en las dudas y me acoge en los sufrimientos? ¿Un Dios que apenas si se vislumbra entre el légamo de credulidades santeras, deseos mágicos, intercesiones de santos o todavía no-santos, velones a cien mil vírgenes, procesiones semi-turísticas y parafernalias [1] milagreras?
Por resumir, Dios no es otra cosa que el inmenso saco sin fondo de nuestros deseos y aspiraciones.
¿¡Me pueden decir en qué Dios tengo que creer!? Cuando los cien mil teólogos de la credulidad consigan ponerse de acuerdo, tendré claro si creo o no en Dios. De momento, hasta podría estar de acuerdo en aquello que dicen el “héroe de las mil caras” (Joseph Campbell).
[1] Entendemos por “parafernalia” el conjunto de cosas ostentosas o de ritos que acompañan a ciertas ceremonias.