El rigor en los milagros

Algo que siempre me ha maravillado es el “rigor científico” (¿?) con que pesan y sopesan los milagros en las causas actuales de beatificación, al menos en aquellas de las que he sido testigo (dos causas diocesanas). Sin embargo, los biógrafos de santos del pasado no tienen empacho en referir milagros a cada cual más estrambótico en la vida de su “hagiografiado”.

Cuanto más lejanos en el tiempo y en el espacio, más absurdos, inverosímiles, ridículos y descabellados los milagros admitidos porque sí, porque lo dicen los libros.

Podemos comenzar por el primero de ellos: un espíritu fecunda a una virgen que queda ambarazada. Y, dado que el fruto, nacido de forma tan extraña, es divino no hace otra cosa que realizar hechos portentosos, milagros. Hay un milagro realizado en la persona del siervo de un centurión cuyos argumentos definen bien el por qué. El argumento de sus discípulos, que ama nuestra raza y edificó nuestra sinagoga; el de Jesús, os aseguro que ni en Israel hallé fe tan grande.

Para unos, los milagros sólo se pueden realizar “dentro” de la creencia; para el taumaturgo, si se tiene fe. Dos razones opuestas, como para dudar de todo el tinglado. Milagros la mayor parte “interesados”, milagros siempre sanitarios o relacionados con la psiquiatría, milagros por posesión diabólica (quizá los más fáciles, puesto que la expulsión de algo inexistente se puede hacer por un modo también ficticio), milagros asignados, milagros siempre para mantener los milagros, milagros de gente milagrosa, milagros a centenares, a miles, en un principio considerados como “favores” del presunto santo...

Hay un pero a la proliferación de milagros, el componente histórico y la superabundancia, que, al cabo de los años, dan al traste con ellos. ¿Creían en la Edad Media todos los milagros que se refieren a la Virgen María trovados de manera sublime por Alfonso X el Sabio en sus Cantigas?  

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