Hazte socio/a
Última hora
Feliz Pascua. ¡Cristo ha resucitado!

La herejía, signo de vida.

Una reflexión de G. Brenan que pudiera parecer contradictoria puede sacudir el pensamiento: Las religiones permanecen vivas gracias a las herejías, que son repentinas explosiones de fe. Las religiones muertas no las producen. Parece un contrasentido, pero hay mucho de cierto con lo que estar de acuerdo.

Hoy, aunque podría haber muchas, no se conocen herejías, auténticas herejías de fuste. Hoy, a lo más, se asiste a desviaciones doctrinales, interpretaciones sesgadas… pero ¿herejías? Quiá. Al que se mueve le quitan su cátedra y, como dice el dicho, a rey muerto rey puesto [sin] reino revuelto.

Todos los dogmas que hasta la fecha ha proclamado la Iglesia católica podrían tener su “contra factum” en herejías, muchas de ellas extraíbles del arcón de los siglos.

¡Mira que eso de la Santísima Trinidad! ¡Y las naturalezas duplicadas de Jesu-Cristo! ¡Y una señorita de clase baja, madre de Dios! ¿Y eso de la infalibilidad que ni con rodrigones se sostiene?

Pero el cansancio ha hecho mella en las mentes avejentadas de los que debieran ser de pensamiento joven. Al fin han caído en la cuenta de que es inútil luchar contra irracionalidades creídas. Ni siquiera tratan de justificarlas: son un hecho. Dirán que no merece la pena, que la gente del común cree cualquier cosa que se le ponga en letras de molde. O más bien no cree nada que le aparte de su pensamiento mágico, el que sobrevuela cualquier concepción religiosa.

La religión dogmática está muerta. Se sostiene por sus estructuras, las pétreas y las mentales, por su burocracia, por su necesidad de presencia social (festejos, bendiciones de primeras piedras, bautizo de príncipes e infantas…), por sus “caritates”, por sus discursos denunciando aquello de lo que ella misma no puede prescindir… Es decir, se mantiene por ser una megalómana, perdón, megalítica ONG.

¡Qué tiempos aquellos en que proliferaban y grandes masas de gente seguían pensamientos de lo más variopinto! Y morían por estas ideas (más bien eran perseguidos). Jesús parece claro que todos supieron quién fue, pero saber quién fue Cristo costó ríos de tinta y de sangre. Que si hijo adoptado, que si ignoraba muchas cosas, que si primera criatura de Dios, que si su alma es el Espíritu Santo, que si lo de hombre era mera apariencia, que si una o dos naturalezas, que si la naturaleza divina absorbió a la humana, que si una o dos voluntades…

¿Algún teólogo se pregunta hoy día cuestiones similares? Todo se da por supuesto, lo verdadero –o sea, lo definido--, como su contrario, que también puede ser verdad. Por supuesto y por olvidado. Ahora son otras las consideraciones. Hoy, Jesús, casi ni pasó por la tierra; ha desaparecido y sólo existe el que mora en el cielo o sólo el que está encerrado en el sagrario, que tampoco se sabe quién y cómo es.

Y si de Cristo se preguntaba la gente tantas cosas, no digamos de la Iglesia, confrontada con “mi reino no es de este mundo”. En esto la Iglesia no se anduvo con chiquitas: la mayor cetrería religiosa se dio contra aquellos que pusieran en riesgo el status alcanzado con Constantino.

Todavía humean entre los rescoldos de la historia aquellos de los que dieron buena cuenta las hogueras de San Juan vaticanas: frailes espirituales, apostólicos (la Iglesia se ha convertido en un antro de Satanás), fraticelli, galicanismo, febronianismo, J.K.Hus y seguidores, Pedro de Bruys y Enrique de Lausana, valdenses, viclefitas, quietismo, Savonarola y Giordano Bruno, jansenismo, joaquinitas, modernismo…

O témpora, o mores… Cuando la Iglesia lo era todo en el mundo conocido, en su seno sufría el sarpullido de la adolescencia y se curaba de él. Hoy mira todo con conmiseración, se duele de sus achaques y se dedica a la pastilloterapia de la subsistencia. Duerme más de lo que debiera entreteniéndose, como los viejos en sus residencias, en pasatiempos festivos como Cuatro Vientos, Valencia o Río de Janeiro, sínodos, abrazos de hermanamiento, denuncias de cascarrabias contra la desigualdad social o la venta de armas…

No hay explosiones de fe, como decía Gerald Brenan; si las hubiera, toda la Iglesia sería una colosal carcasa de fuegos artificiales o “a la vejez, viruelas”.

También te puede interesar

Lo último