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La necesaria educación en valores / 3

Humanismo sin credos
18 feb 2017 - 18:58

Verba docent, exempla trahunt (refrán latino)

Video meliora proboque, deteriora sequor (Ovidio)

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Desde el punto de vista de la socialización, antes de llegar a la escuela, los niños ya han interiorizado y asimilado parte de la tabla de valores dominante en su contexto social. Si la educación, en cuanto proyecto intencional, no es reducible a mera socialización, la escuela ha de asumir de forma consciente la educación en valores, en especial si existe dimisión por parte de las familias y sin olvidar la influencia hegemónica de los medios, que no sólo son de comunicación, sino también de formación por medio de la cultura de la imagen.

En cuanto al influjo socializador, vale más una imagen que mil palabras, como demuestra la eficacia de los mensajes publicitarios. La televisión, sin duda, transmite también modelos ideales de vida sustentados en valores.

Pero la escuela se encuentra ante el dilema de optar por una educación ética que reproduzca los valores socialmente dominantes, como la competitividad agresiva del mercado o el individualismo insolidario, la autosatisfacción hedonista, la corrupción en el uso del poder, el logro de la fama a toda costa etc. o bien optar por un enfoque crítico, que defienda valores alternativos a los socialmente vigentes, como la justicia, la solidaridad con los desfavorecidos, el respeto a las diferencias, el cuidado del medio, la paz, el interés general, la excelencia para todos o la calidad de vida.

La misión de la educación no es solo formar buenos trabajadores para un mercado globalizado, sino también buenas personas y buenos ciudadanos, no meros súbditos o vasallos, para una democracia como forma de vida globalizada. Cómo conciliar los valores preferidos del mercado con los valores éticos preferibles, es un difícil reto para los docentes.

Buscar la verdad, la justicia, la bondad o la belleza y no sólo el beneficio económico, dignifica y perfecciona a las personas y contribuye a crear un mundo más humanizado. Una educación moral humanista, referida al mundo del deber ser, incluye siempre inconformismo y ciertas dosis de utopía.

Si la escuela pretende promover el desarrollo intelectual y moral de los alumnos, no debería limitarse a la reproducción acrítica de los valores sociales vigentes (el dinero, la fama, el poder, el placer etc.), sino crear espacios de discusión y de deliberación sobre los valores y los ideales de vida más razonables y valiosos.

El ethos dialógico, propio de la racionalidad comunicativa, como propone J. Habermas, debería impregnar toda la vida del centro. La inmersión axiológica y cívica no es menos importante que la inmersión lingüística. El centro escolar, desde su proyecto educativo, debería construir y consensuar un conjunto de principios y valores comunes, que sirvan de norte para toda acción educativa, en el aula o fuera de ella.

La cuestión de si la ética es enseñable o no fue ampliamente discutida por la filosofía griega. Los sofistas, en polémica con Sócrates, se consideraban “maestros de virtud” y pretendían educar buenos ciudadanos por medio del arte de la retórica (véase en especial los diálogos platónicos Menón y Protágoras). La pregunta sobre cómo se enseñan los valores éticos y quién ha de enseñarlos es, pues, tan antigua como los sofistas griegos, dedicados a la formación de ciudadanos para triunfar en la política. Pero no hay maestros de ética como los hay de matemáticas.

La enseñanza de valores no debería reducirse a una asignatura más, como han establecido los legisladores, pues los valores son transversales a todas las materias. Además, los valores morales no se transmiten sólo con la palabra, sino sobre todo a través del ejemplo práctico y del lenguaje corporal.

En efecto, como reza el adagio latino, las palabras enseñan, pero los ejemplos arrastran. Freinet subrayaba esta idea, afirmando que “la moral no se enseña, se vive”. Poco importa hacer brillantes discursos sobre la democracia, si el docente tiene comportamientos autoritarios. Los docentes enseñan lo que saben, pero los alumnos aprenden lo que son.

El conocimiento teórico de los valores es necesario, pero no suficiente para llevarlos a la práctica. Aristóteles, criticando el racionalismo exagerado de Sócrates, quien identificaba el saber con la virtud, señala que “tratándose de la virtud (areté), no basta con conocerla, se ha de procurar tenerla y practicarla” (Ética a Nicómaco).

Conocer los valores y las virtudes no implica practicarlos, pues la conexión entre teoría y práctica, al estar mediatizada por las pasiones y la debilidad moral, es sólo contingente y no necesaria. Algo semejante sucede con el hiato entre creencia religiosa y práctica moral (la tan ocultada pederastia clerical lo ilustra bien).

Como muestra el citado apotegma latino del poeta Ovidio, puedo ver lo que es mejor, pero seguir y hacer lo que es peor. Y ésto seguro que lo sabemos todos por experiencia propia.

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