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¿Pero no recibieron todos el Espíritu Santo?

Humanismo sin credos
08 jun 2014 - 12:20

Colegio Apostólico, once apóstoles más uno (la "necesidad" simbólica de sustituir a Judas Iscariote para que no sufriera la numerología), elegidos y confirmados.

Recibieron una fuerza especial, el Espíritu, podían hablar distintas lenguas, curar milagrosamente... Lo demostraron en Jerusalén, tras su propia y particular resurrección, hablando en esperanto y realizando milagros. Y confirmados para "confirmar" un texto añadido al Evangelio: “Id por todo el mundo” a evangelizar en el nombre de la Trinidad (¡cómo se advierte la mano de Pablo en ese “todo el mundo” frente al judeocentrismo de los otros apóstoles!).

Se leen y explican lecturas neotestamentarias que no tienen un antes ni un después; no hay concomitancias; sólo cuenta y se aprecia el momento que relatan. En el caso que nos ocupa, qué sucedió después.

Pues bien, ¿se sabe de alguno que le llegara a la suela del zapato a Pablo en cuanto a realizaciones perdurables? Desaparecen del mapa para reaparecer en leyendas del siglo X. Algunos son citados, sólo citados, en un libro escrito “ad majorem gloriam Pauli”, los Hechos de los Apóstoles.

Nada queda de la labor de los Doce. Pedro fundó la comunidad de Roma ¡sólo porque lo dice Pablo! Mateo, tras las oportunas precisiones científicas, se ha caído como evangelista, porque no lo fue; Juan tampoco pudo ser otro evangelista. ¿Y dicen que Jesús fundó una Iglesia contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno? No hicieron falta fuerzas infernales para barrer la primera supuesta Iglesia. Bastó el fanatismo de unos pocos "no cristianos", judíos fervorosos, y una bien organizada fuerza legionaria romana.

Pablo de Tarso llevó a cabo una obra inmensa, la creación de las primeras comunidades cristianas con virtualidad efectiva de crecimiento. Sólo las comunidades creadas por Pablo tuvieron continuación. Pedro no dejó herencia alguna; resultó ser un elemento necesario para que no chirriara la cosa, a saber, que un advenedizo que no había conocido a Jesús, se alzara con el santo y seña de la nueva religión. Las otras comunidades, las que se citan de Jerusalén, quedaron arrasadas, dispersadas, disueltas y sin savia tras la masacre del año 70 y la consiguiente diáspora. Del resto, nada.

Sorprenden varias cosas: la Iglesia celebra a bombo y platillo la venida del Espíritu Santo con la previa confirmación en la fe y en la misión a los ONCE apóstoles, luego DOCE, tras la resurrección. Habían recibido la fuerza necesaria, tenían la doctrina del Fundador del cristianismo en el pensamiento y en el corazón, se les había encomendado una misión...

¿No da que pensar a los cristianos que ningún apóstol fuera capaz de realizar una obra similar a la de Pablo de Tarso? En santa teoría cualquiera de ellos tenía un rango superior al del advenedizo converso. Citemos por su nombre a estos desaparecidos apóstoles, que la Iglesia, con esfuerzo sobrehumano, sobrenatural, ha tratado secularmente de aupar al rango que ellos, con sus obras y predicaciones, no consiguieron (Mt 4, 18 y 10, 1; Mc.1,16 y 6, 7; Lc 5,9 y 6, 12):

1. Simón, hijo de Jonás o Juan (Simón bar Jonah o Šim`ôn bar-Yônâ) (Mt 16:18), renombrado por Jesús, Pedro (Mr 3:16). También conocido como Simón bar Jochanan (arameo) y Simón Pedro.

2. Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo. Conocido por el nombre Jacobo (Sant Yacob, hoy día corrompido por paletismo nominal en "Tiago" ¿?)

3. Andrés, hermano de Pedro y exdiscípulo de Juan el Bautista

4. Juan, el menor de los doce, también hijo de Zebedeo (por tanto, hermano de Santiago el Mayor). Jesús llamó a ambos Bo-aner'ges, lo que significa 'hijos del trueno'. (Mr 3:17)

5. Felipe de Betsaida

6. Bartolomé, hijo de Talemai, llamado también Natanael de Caná.

7. Tomás (llamado Dídimo o Mellizo).

8. Mateo, el publicano o recaudador de impuestos, llamado también Leví.

9. Santiago el Menor, también conocido como Santiago, hijo de Alfeo.

10. Judas Tadeo. En algunos manuscritos de Mateo, el nombre «Lebbaeus» ocupa su lugar o es llamado Judas, hermano de Santiago (Lc 6:16).

11. Simón el Cananeo, el Celador o Zelote (guerrillero).

12. Judas Iscariote. También es referido como «Judas, hijo de Simón» (Jn 6:71; Jn13:26). Judas, a causa de su traición a Jesús, se ahorcó (de acuerdo a Mateo 27:5 y Hechos 1:18) y a raíz de esto se escogió a Matías como su reemplazo.

13. Matías, el sucesor de Judas, elegido en el "monte de la sangre" (Hechos 1, 12-26).

¿Quedó algo de la obra de todos ellos que superara los primeros cincuenta años? Nada. Porque Marcos termina su Evangelio diciendo: “Y ellos se fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba (¿?); y confirmaba la predicación con los milagros que la acompañaban”. ¿Qué es esto, realidad, leyenda posterior o voluntarismo? ¿Por qué “partes” predicaron si nada consta ni siquiera en sus propios escritos fundacionales?

Ya de hecho el mismo relato evangélico deja en muy mal lugar a esos “Once/Doce”, seleccionados personalmente por Jesús: literalmente desaparecen del mapa. En el mismo Evangelio no aparecen sino para dudar de todo; sólo consta su actitud pasiva; no se atreven ni a defenderlo de las masas, antes bien parece que dan la razón a lo que el vulgo dice; no entienden lo que velada o paladinamente les enseña; continuamente son reprendidos por su falta de fe...

No consta en los Evangelios, aunque sí en los Hechos (de unos pocos apóstoles), que después del asesinato de su líder se reunieran, trataran de continuar su obra, se enfrentaran a los acontecimientos asegurados en su fe por las palabras de su Jefe respecto a “beber el cáliz”, palabras “cumplidas” a rajatabla. Por el contrario, carentes de liderazgo huyeron cabizbajos cada uno a su lugar de origen a continuar sus labores como si tal cosa o se juntaron a lamentar su postrera suerte.

Contradicciones, inconsistencias, textos que se descartan, relatos llenos de artificio, fantasías y aproximaciones, fabricación posterior de pruebas... Con razón la Iglesia, que sabía todo esto y con el sano afán maternal de que el vulgo no supiera nada de esto, prohibió la lectura individual –e interpretación— de la Biblia durante siglos.

Consignemos como "excursus" el dato histórico este, curioso y digno de mayores comentarios: por qué la Iglesia ha prohibido a sus fieles durante siglos la lectura directa de la Biblia. Lectura, difusión e interpretación quedaba en manos de “quien sabía”. No había otras ediciones que no fueran en latín. No hubo algo similar a la traducción de Lutero en lengua vulgar en los países donde triunfó la contrarreforma. Recuérdese que la Biblia Políglota Complutense se editó –algo más de 600 ejemplares—en hebreo, arameo (algunos textos), griego y latín. ¿Y por qué no en castellano?

No, no son historias de ayer: pregunten a seminaristas de entonces o a fieles ilustrados anteriores al Concilio Vaticano II. Y no sólo porque podían encontrarse con temas “escabrosos”, como el Cantar de los Cantares o con visualizaciones de Dios poco dignas. Es que podrían haber sacado conclusiones excesivamente heterodoxas leyendo de manera simultánea.

Y cuando pudo ser leída gracias al descalabro luterano, lo que pudo el pueblo entender dejaba en muy mal lugar al Dios hablador. La Biblia, leída de forma lineal, es un desbarajuste continuo; leída en paralelo, como poco un sobresalto incesante.

Después de esta digresión, una cosa debiera quedar clara: el cristianismo derivó de una visión de Jesús fabricada por un apóstol auto-así-proclamado. El cristianismo como religión adoradora de un Dios hecho hombre es producto de la mente recalentada del visionario Pablo de Tarso.

La “tradición apostólica” pletórica de Espíritu Santo es mera falacia que responde a una voluntad posterior de unir eslabones perdidos: no hay una continuidad Jesús – apóstoles – comunidades cristianas – Iglesia católica. No la hay. El Colegio Apostólico, el Símbolo de los Apóstoles, etc. es una fabricación posterior aplicada a un colectivo incompetente e inepto para la misión encomendada.

¿Qué se debe, entonces, a Pablo de Tarso? ¡El Cristianismo!

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