Selig sind die Toten, die in dem Herren sterben.
Felices los muertos que duermen en el Señor
Regreso y no puedo por menos de reflejar aquí las “sensaciones” que la muerte de un ser cercano provoca en mí, extrapolando el sentimiento a todo aquello que conlleva el hecho normal de que se compone nuestra vida: nacer, crecer, desarrollarnos y morir. ¿Pero, y lo que nos han dicho en la misa-funeral tiene algún sentido en todo este batiburrillo que implica el morir?
No he podido por menos que, partitura en mano, escuchar la obra a la que corresponde el título de hoy, que es a la vez una incitación al que esto lea para la escucha atenta, sosegada y emocionada, el "REQUIEM ALEMÁN" de J. Brahms. Para muchos, y desde luego para mí, la mejor obra sinfónico-coral que se ha escrito. Por ello podemos deducir lo apegado que estaba el autor a su madre (+1865), en memoria de la cual escribió esta maravilla. Al menos el V número lo escribió pensando en ella. Así lo dice él.
La letra de los siete números recoge la traducción al alemán de textos latinos relacionados con los difuntos y su esperanza en el más allá. Escúchenla cuatro, cinco, diez veces seguidas y en cada audición encontrarán algo nuevo. El número citado, el V --"Ihr habt nun Traurigkeit", "Ahora estoy lleno de tristeza", para soprano y Coro-- pone los pelos de punta (1)
Sublimación del instinto de supervivencia aplicado a los difuntos. Día antes al de " todos los muertos”, la Iglesia les hace santos a todos. La venda antes de la herida: "Oiga, que mis difuntos están en el cielo". O, como en tantas y tantas situaciones vitales, la apropiación de un sentimiento humano, el recuerdo de los difuntos. Veamos la venda: el familiar difunto por el que se sigue rezando no puede estar en el infierno. Fue bueno en vida, tuvo sus cosas, pero, a fin de cuentas, era bueno. Si no está en el infierno, o está en el Purgatorio o está en el Cielo. Si está en el cielo, debe ser considerado santo. Y si está en el Purgatorio las oraciones por él, especialmente misas con su valor infinito ya han conseguido el congruo efecto de situarlo en el cielo.
La Iglesia no puede dar de lado las convicciones de sus férvidos prosélitos, aunque, como es lógico, tengan sus dudas respecto al lugar exacto donde ubicar a cada difunto. Algunos deben purgar por lo malos que han sido... más que nada por el qué dirán los perjudicados.
Duda consiguiente respecto a la purgación: ¿es temporal o es instantánea? Si es lo primero, ¿existe la temporalidad en los seres espirituales? Y si es cualitativa la purgación, es decir, instantánea, ¿para qué los rezos temporales aquí en la tierra? ¿Alguien me sigue en la reflexión? No, no es banal, porque está en juego una de las creencias más vigorosas de la credulidad, la vida eterna... ¿Que cuál es nuestro pensamiento? Entre otras posibles consideraciones vayan éstas:
1) Puede ser cierto ese "otro mundo". A priori una afirmación --y más si es vida y sentimiento-- no se puede negar, porque “ahí está”. La admitimos como hipótesis no sólo posible sino hasta plausible. Pero
- a) no se ha comprobado que exista: el hombre no tiene certeza absoluta y real de que exista ese mundo en los términos en que hasta ahora se nos ha presentado.
- b) sólo existe, entonces, para el que se lo cree, lo cual es sinónimo de falsedad existencial. El que cree, crea.
2) Frente a esa certeza moral respecto al mundo futuro, lo que siente la gente, cuando muere un familiar, desbanca convicciones en cielos acogedores o "in paradisum deducant te angeli". ¡No hay vuelta de hoja! ¡Ese "otro mundo" no consuela a nadie! ¡Nadie se lo cree! Y la realidad suele ser el muerto al hoyo y el vivo al bollo; allá nos espere muchos años; todo se acabó, ya ha dejado de sufrir; no hay más vida que ésta, hay que gozarla a tope; muerto el perro se acabó la rabia; el muerto al pozo y el vivo al gozo...
La ficción, el consuelo: la dedicatoria del futbolero ofreciendo su gol al pariente difunto y dirigiendo el dedo a lo alto; el "allí donde estés" con que se refiere uno al deudo común...; "tía Concha, tú que me miras desde del cielo"... Convicciones inducidas o frases hechas.
3) La duda real. ¿Y si, a la hora de resucitar con mi ser querido, él está en el cielo y yo en el infierno? Encima de este tormento de morírseme, el añadido de estar separados... ¿O no es una posibilidad que puede llenar de inquietud a esa "bell'alma innamorata" de la ópera de Donizetti “Lucia di Lammermoor”?
4) Quienes están convencidos de realidades escatológicas, viven, sienten, gozan y hacen méritos con esa perspectiva. El que está convencido de que ese "otro mundo" es una entelequia, un camelo, un sueño, una aspiración, un mero deseo, una compensación de éste tan cruel, se compadece de gentes, aun con juicio y criterio, siguen consolándose con cuentos.
5) La lógica: ¿éramos algo un año antes de nacer? ¿Pues por qué SÍ un año después de morir? Nada seremos. Materia que se transforma. Así de simple. Y de sublime. Todo esto ya lo decía Epicuro y era la reflexión de Sócrates en el “Fedón”.
6) Para quien cree, no presuponer un mundo futuro es una locura, torna vana la fe, todo se llena de sinsentido. Piensan y dicen que "los otros", los incrédulos, viven en la desesperación, en la angustia, en el vacío, en la nada. ¿No conocen a personas cercanas que no piensan lo mismo? ¿Y creen que están desesperadas?
7) El cielo exige resurrección. De nuevo la mente recalentada no puede dejar de pensar en el cuándo, cómo y por qué. Cada respuesta es un apagón de la luz mental. Eso de la resurrección de la carne es lo más inconcreto de la doctrina teológica. Ni siquiera Pablo de Tarso supo decir cómo.
¿Sirve de algo decirles que no es así?
Muchos pensamos que ese cielo, esa vida eterna, es un placebo más con que las religiones, ¡todas!, contentan las ansias de eternidad del hombre, aspiración que no es sino la sublimación del mero instinto de conservación. La creencia crea una realidad que se desvanece a poco que se piense en ella.
Pensar esto resulta extraño a la conciencia occidental, quizá hasta ofensivo, más para quien ha hecho vida de tal esperanza y con toda una historia milenaria hablando del cielo. Pero deben caer en la cuenta de que hay gente, mucha gente, la inmensa mayoría, que no se cree --y si no lo creen, no existe-- todo ese tinglado de cielos, infiernos, resurrecciones y demás "novísimos" de que hablan. Una cosa son los tópicos verbales y otra la realidad.
Ahora bien, si de lo que se trata es de celebrar "El día de los antepasados"... nada que objetar. Yo tengo una foto de mis padres delante de mi escritorio y, ora por aquello ora por lo otro, siempre "les resucito" con lo que me enseñaron y con momentos alegres de nuestras vidas.
La vida eterna está en lo que ellos nos legaron. ¿O no pretende eso quien vive en la tierra queriendo perdurar como sea? Ahí está el Valle de los Caídos para memoria inmortal de quien lo mandó, Su Excelencia el Generalísimo Don Francisco Franco Bahamonde. Así, con todas las letras. Pues eso no. En caso de elegir, prefiero la inmortalidad de Miguel de Cervantes o de García Lorca.
Créanlo, porque así es, que despojándose de todo eso, la persona asume mayor responsabilidad respecto a su devenir vital, adquiere una conciencia mayor del valor de la vida, trata de llenar cada minuto del día sabiendo que "minuto ido, minuto perdido" [refrán sin copyright]. De nuevo: la eternidad no es sino la sublimación del instinto de supervivencia, el más fuerte de todos los seres vivos.
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- Otro Requiem famoso de audición obligada es el de Gabriel Faurè. Otro día hablaremos de él