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La dignidad de Pérez Pueyo en Torreciudad

El sustento literario de un credo.

La Biblia, libro de ruta necesario para quienes necesitan nutrir su fe, se convierte a la vez en argumento existencial de quien se siente parte de una comunidad, a la vez que viene a ser confirmación de la esencia y existencia del propio Dios. En el nivel más bajo de asimilación, es la Biblia fuente de frases tópicas aprendidas a las que recurren en tiempo de necesidad. Se sirven de tópicos bíblicos de su libro de cabecera o de ruta, para sostenerse y pretender fundamentar su posición.

Su posición defensiva es comprensible, pero la Biblia no deja de ser un maremágnum de ideas, sentencias y relatos susceptibles de una necesaria interpretación. Nada es meridiano en la Biblia. También para ellos debería haber llegado el momento de asumir lo que significa “ponerse en el lugar del otro”, detenerse en “qué puede decir el experto con argumentos, explicaciones o análisis que se le aporta”. Difícilmente encontraremos entre el pueblo fieles que caigan en la cuenta de varias premisas que cualquier estudioso sabe porque así lo han dicho los entendidos (científicos):

  1. Preciso es tener claro qué es la Biblia para ponerla en su lugar: un conjunto de libros (tal significa “biblia” en griego) arracimados entre otros por Esdras, fruto del cacumen humano, muchos de gran belleza literaria… pero nada más. Deberá admitir que hay “otros” que nunca admitirán que dichos libros sean “revelación” de Dios. Fundar la argumentación en algo que no es base común, no sirve.
  2. El oponente al crédulo, digamos la persona racional, ve la Biblia como un monumento literario más. Y tal postura, por otra parte, da mayor consistencia al estudio profundo de la misma, estudio histórico, literario, exegético, etc. que no es óbice alguno para que el fiel cristiano siga creyendo lo que cree.
  3. La Biblia está llena de contradicciones, de errores de bulto, de barbaridades que dejarían al “revelador” en bastante mal lugar.

Cuando en este blog o en alguna conversación de esas de sobremesa aparecen hechos,frases o escenas bíblicas aberrantes, invariablemente dicen los convencidos de la “palabra de Dios” que todo eso hay que interpretarlo, que no se puede tomar al pie de la letra, que eso quiere decir… ¡a veces lo contrario! (la mayor contradicción del Evangelio es el Estado Vaticano). ¿Se ponen en el pensamiento del opositor? ¿No se dan cuenta de que por la misma razón cualquier otro pasaje bíblico o argumento evangélico que es claro para ellos, con otra interpretación pierde todo su valor? ¿Por qué unas cosas hay que interpretarlas “simbólica o alegóricamente” y otras “al pie de la letra”?

Vemos que todos los domingos se lee una lectura del Antiguo Testamento. Eso sí, se escogen cuidadosamente los textos para no tener que afrontar las “consecuencias” de otras lecturas. Se quiere olvidar que el A.T. está plagado de mandamientos aberrantes y hasta rayanos en la crueldad. De ahí que la pregunta tenga su lógica: ¿tiene vigencia todavía en el cristianismo el A.T.? Dirán que en algunas cosas sí y en otras no.

Sorprende el argumento de ciertos crédulos de que el N.T. vino a abolir o a completar o a sustituir el A.T. y de todo ello hay testimonios. Y, añade el crédulo, si fue abolido a la llegada del Mesías, no se puede tomar como prueba contra el cristiano. No, amigo crédulo, el A.T. no puede ser abolido por dos razones: una porque, según sus palabras, es “revelación de Dios”, y Dios no puede ser sujeto de mensajes temporales, y, por otra, porque muchas de las afirmaciones y leyes son asumibles por la humanidad. ¿Por qué lo son? No hay otra razón que aquella que olvida el creyente: que esas leyes son más humanas de lo que a él le parecen. No robar, no matar, cuidar a los padres, etc.

Y si el asunto versa sobre hechos del N.T. se nos quiere convencer de que Dios ha intervenido en la Historia, algo que es consustancial al credo católico. O, en otras palabras, que el Hijo de Dios ha nacido en el tiempo y que Jesucristo salvó a la Humanidad cuando murió por nosotros en tales fechas concretas. No pueden admitir que la consistencia histórica de Jesucristo es nula y que no existen pruebas de su paso por la tierra. No aduzcan autores que sí lo corroboran: Josefo, Suetonio, Plinio, Tácito… Y, por supuesto, que nadie, ni siquiera a la vista de los libros del N.T., puede decir que es serio lo de que Jesucristo se considerara Dios y 2ª persona de la Trinidad.

También comparan el legado que queda de Sócrates o Platón frente al legado que queda de Jesús. ¿Han caído en la cuenta de lo que piensa y arguye el otro? ¿No les entra la duda cuando los estudiosos dicen, primero, que el pasaje de Josefo es minúsculo en proporción a su magna obra y, segundo, que es claramente una interpolación posterior? ¿Y de Tácito, Suetonio y demás, no leen que estos autores sólo hablan de “seguidores de un tal Cristo”? Ni siquiera saben su nombre verdadero, Jesús. (Amén de que Cristos, ungidos de Dios, mesías y similares, los hubo a patadas en ese tiempo y en todos los tiempos).  

Respecto al “legado” posterior a la Biblia, la Iglesia, mejor sería no hablar: no se sabe todavía suficientemente lo que el cristianismo oficializado destruyó del mundo clásico; tampoco se habla del erial artístico sobre el que erigió sus basílicas; no se juzga en toda su complejidad el poder temporal y político que adquirió.

En fin, piensen los creyentes, asimismo, en el objeto, en el testimonio sujeto a realidad y en la presunción de veracidad que recae sobre unos hechos históricos y otros.

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