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La vejez de Dios dentro de sus fieles

Interprétese como metáfora el que Dios envejece a la par que sus creyentes, puesto que Dios, como idea común compartida por quienes creen en él, lógicamente corre a la par de quienes sostienen la idea. Y entiéndase también que esta idea de la vejez de Dios se circunscribe a nuestro mundo occidental, que es donde nació este Dios omnipotente: los brotes de juventud se dan en pueblos y culturas muy alejados de occidente.

No sabría decir si la vejez de Dios se transmite a sus fieles o es al revés, que la vejez de los fieles se transmite a Dios, que es lo real. Pero en el pensamiento general que engloba crédulos y no crédulos, ¿es Dios el que va perdiendo fuerza y vigor –se hace viejo— a pesar de su condición atemporal o es lo contrario?

Después de todo lo dicho, me inclino por esta última consideración, que Dios se hace viejo porque la masa fiel que cumple sus preceptos y se guía por sus dictados es abrumadoramente vieja. Los fieles cristianos cada vez tienen más edad, longeva ella, y como consecuencia el Dios en el que confían, se hace también viejo.

No es que este Dios adorado esté presente en los humanos, es que los humanos son ese Dios. Es una derivación más de algo que no son capaces de admitir ni asimilar los fieles cristianos (una más de las innúmeras contradicciones del corpus de los credos, contradicciones jamás admitidas), a saber, que Dios es producto de sus necesidades más ocultas.

Dios se genera en las vivencias de quienes lo adoran, de sus sentimientos, de sus necesidades, incluso de sus elucubraciones; Dios es un producto de las penurias humanas; Dios viene a ser un trasunto de necesidades, deseos y frustraciones. Es decir, lo que en Psicología se llama proyección.

Un aparte: la proyección individual siempre es inconsciente, pero lo es más cuando se genera en la masa y es la masa la que la mantiene, como sucede en religión. El individuo pierde la noción de lo que proyecta, escudado en el “anonimato” que procura la colectividad creyente. Es su defensa ante aquellos que le quieren hacer evidente lo que él proyecta en Dios.

No es el proceso proyectivo una consecuencia de que la mente crédula sea retorcida, no. La credulidad ha existido desde los albores de la civilización. El hombre, en todas las religiones conocidas, ha hecho a sus dioses, a todos, a su imagen y semejanza, una imagen sublimada. Si el hombre es finito, el ansia de vivir crea un ser infinito; si el hombre no sabe nada, siempre puede crear a alguien que lo sepa todo, Dios; si el hombre es limitación, crea un personaje omnipotente que cuide de uno y todos tan felices. Y así con todos los atributos divinos.

También es un atributo la vejez de Dios, porque siempre ha sido viejo. Es su condición natural, perdón, divina, que así lo dicen sus incondicionales. Entre otras cosas porque en los viejos está la sabiduría y nadie puede negar que Dios es sabio en grado absoluto. Y su vejez lo es también en grado absoluto, porque dicen que Dios ha existido desde siempre. Es eterno. Esto sí que nos resulta descaradamente difícil de entender, que no tenga un principio generador ni, menos, un fin asociado a la humanidad. La desaparición de la humanidad es cosa científicamente está demostrada. ¿Quién lo adorará cuando esto suceda?

Pero está visto que en plazos más breves Dios se muere. Ese Dios viejo tiene los días contados, precisamente también porque vive dentro de sus viejos prosélitos. Y como se muere, está callado, no dice nada, está en silencio, deja hacer a este mundo que se hace a sí mismo, incluso sonríe con los nietos, esos nietos que se alejan de él, que producen su propia vida, que se recrean con sus vivencias ajenas a los dictados del abuelo Dios.

Dios se ha tornado silencioso por viejo. No se dan cuenta los fieles, papagayos de consignas, pero sí los papas de nuestros días, que han caído en la cuenta de por dónde van los tiros del “silencio de Dios” de que tantas veces se han lamentado.

De la gerontocrática Iglesia católica –y protestante y ortodoxa— está surgiendo un Dios nuevo, un Dios que ya está buscando un asilo de ancianos digno de su condición y rango. Si es que no lo han recluido ya.

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