Esperanza y cuidado en la fragilidad
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Humanizar. Lo deseamos todos. Lo sentimos, lo necesitamos. Especialmente en el campo de la asistencia sanitaria. Somos cada vez más los apasionados por conjugar este verbo al atender a los enfermos y familiares.
Una de las acepciones más espontáneas del concepto de humanizar, sobre todo en contextos de salud, es la de ofrecer un buen trato.
Buen trato evoca afabilidad, blandura, respeto, oportunidad, delicadeza, genuino interés.
Evoca lo contrario de trato malo o maltrato.
¡Qué desafío tan grande! En salud hay profesionales que se la pasan hablando de cuestiones de libranzas, lamentándose durante horas de cuestiones laborales, despellejando a compañeros y jefes. Sin horizonte, sin objetivo. Ni siquiera desahogarse, liberarse de un malestar. Generan malestar, chapapote del que inmediatamente son víctimas. Sin darse cuenta quizás, mientras proclaman un paraíso de buen trato deseado, no reconocen que maltratan, se maltratan, y siguen modelos relacionales que hacen daño, humillan, injurian.
La inmadurez humana, que en ocasiones se hace muy visible, unida a la creación de grupos cerrados, genera “sectas diabólicas”. Esto pasa también en el mundo de los profesionales de salud. Cuesta reconocerlo, pero es evidente. ¿Quién lo paga? ¿Alguien duda? Diremos que no, pero lo pagan los pacientes, sus familias, los compañeros y… ¡no nos olvidemos: uno mismo!
El buen trato, el que humaniza, el que suaviza, el que empodera, el que reconoce y respeta la diferencia, calladamente, genera sinfonía armónica, salud relacional. Nace de la compasión y genera autocompasión y bienestar, satisfacción.
¡Más corazón en los labios, además de en las manos!
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