Humanizar desde la fragilidad
Belleza, enfermedad y muerte
La belleza que humaniza
La belleza no empieza en el espejo, sino en el cuidado. También de uno mismo, pero particularmente de los frágiles.
Reivindicamos con frecuencia la necesidad de cuidar al cuidador. Es más que legítimo. El cuidador familiar o profesional ha de tratarse con compasión, aprender a integrar sus cicatrices, a estar presente y ausente, regulando el grado de implicación emocional con las personas a las que atiende.
El cuidador ha de sintonizar con las lágrimas y la angustia, el duelo y el sufrimiento, pero también ha de disfrutar de las carcajadas y de la soltura de la lengua y del cuerpo que producen salud y bienestar, para un equilibrio mental y una prevención oportuna del síndrome del burnout. La insuficiente consideración del papel de los cuidadores en nuestro momento histórico está silenciando un problema mayor que se nos avecina. No será la única solución la robótica. Porque lo húmedo sigue teniendo su atractivo y su poder que humaniza. Lo necesitamos.
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