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Una paciente dice “me duelen los brazos, las piernas, la espalda”, y un profesional sanitario le responde con ironía, minimizando su malestar. Este ejemplo, utilizado por Francesc Borrell, ilustra lo que denominamos dispatía.
Mientras que la empatía terapéutica consiste en el arte de captar con precisión el mundo del otro —sus significados, sentimientos y valores— y devolver comprensión sin juicio, la dispatía aparece cuando emociones negativas invaden al profesional y deterioran la relación.
El concepto de empatía, relativamente reciente en psicología, remite al “sentir dentro” (em-patheia), a una identificación profunda con la experiencia ajena. En el ámbito clínico, esta capacidad no es solo una disposición afectiva, sino una competencia relacional esencial.
Junto a ella, se ha propuesto la ecpatía, entendida como la capacidad de regular la implicación emocional, evitando tanto la fusión como la frialdad. Esta regulación es clave para sostener una relación de ayuda sana.
Frente a estas, la dispatía —del griego dus (dificultad) y pathos (sufrimiento)— describe un estado en el que emociones negativas distorsionan la percepción del otro, generando respuestas que dañan la relación asistencial.
La dispatía se expresa en formas concretas: juicios, descalificaciones, burla o sospecha de intenciones. Aunque a veces sutiles, estas actitudes erosionan la confianza y afectan a la dignidad del paciente.
En su forma más extrema, la dispatía puede derivar en cinismo, entendido como una distancia emocional sostenida basada en la burla. El profesional, expuesto continuamente al sufrimiento, puede desarrollar mecanismos defensivos que, sin una adecuada formación ética y emocional, desembocan en deshumanización del cuidado.
Este riesgo se amplifica cuando tales actitudes se normalizan en equipos o liderazgos, generando una cultura relacional donde el sufrimiento es minimizado o despreciado. Se trata de una catástrofe silenciosa en términos humanizadores.
Como recordaba Mahatma Gandhi, la comprensión del otro exige ponerse en su lugar. Sin embargo, la extensión del término empatía no garantiza su práctica real. Humanizar el cuidado sigue siendo un desafío pendiente, que exige vigilancia ética, formación emocional y compromiso con la dignidad del otro.
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